El presidio, un gran negocio en Estados Unidos

Danilito empieza a cumplir su sentencia en una cárcel de Nueva York y descubre el criminal abandono médico, las torturas corporales y mentales, y el infame negocio de las prisiones que convierte al gobierno y la empresa privada en explotadores capitalistas y a los prisioneros, en esclavos.

Al centro, en el Río del Este –East River—, entre Queens y el Bronx, se halla Rikers Island, la cárcel más grande del mundo.

(Nota: recuerden que el tiempo histórico de la novela es de 1999 a 2002)

DANILO (CAPÍTULO 14: LAS MÁSCARAS DEL CRIMEN)

Rikers Island

Danilito entró en las sombras del presidio cuando ya se habían disipado las brumas del invierno. Como su condena es breve, se halla en Rikers Island, una isla fluvial de 410 acres de extensión, en el East River, entre Queens y el Bronx, en la que hay más de doce mil reclusos, en un 92% negros o hispanos, de los cuales más del 90% no se ha graduado de enseñanza media, y el 26% de las mujeres y el 16% de los hombres son HIV positivos.

Se le considera la cárcel más grande del mundo porque por ella pasan unos 150,000 reclusos todos los años, 17 cada hora del día y de la noche. Unos esperan juicio, otros son ya sentenciados y cumplen su tiempo allí; y aun otros, ya condenados, son enviados a otras prisiones de Nueva York.

Casi todos los que se quedan son los que cumplen breves sentencias, de un año o menos, condenados por midesmeanors, o delitos menores, no por felonies, delitos mayores.

Esta vez, el día extra en la condena de Danilito, que lo convierte en un felón, no ha sido en su perjuicio, pues lo han dejado allí a que cumpla los diez meses, en caso de que le concedan el quince por ciento de rebaja... si se porta bien.

Por éstas y otras acciones, el alcalde Rudolph Guiliani se ha convertido en el campeón de la ultraderecha, para la que los seres humanos son sólo aquéllos que tienen mucho dinero o están en vías de tenerlo. Es, además, un fiel devoto que va a misa todos los domingos para adorar a esa curiosa y formidable creación humana a la que llamamos Dios, no a aquel pobre Jesús que sólo tuvo el poder de su humildad y de su amor por los pobres, los enfermos, los débiles, los discriminados, o sea las víctimas de gentes como Guiliani.

En esa fosa promiscua que es el presidio, el jovencito que jamás le ha hecho daño a nadie, como no sea a sí mismo, que trabajaba casi setenta horas a la semana y cuyo único delito fue el de tratar de huir de un mundo de dura realidad a otro de suaves fantasías a través de la química, es tratado ahora no como si hubiera querido huir en solitaria paz, por un rato, de ese mundo, sino como si hubiera querido quedarse en él para romper sus leyes con violencia.

No vive Danilito sólo entre culpables, sino entre culpables pobres, ésos que no tenían dinero para pagarle a un abogado y tuvieron que aceptar un “defensor público” gratuito, asignado por la autoridad judicial, que, con suma rapidez, les propuso el “plea bargain” del fiscal para matar y salar el caso lo antes posible, o sea para facilitar su culpabilidad no para probar su inocencia, aunque las evidencias fuesen fabricadas o dudosas... o no existiesen.

El joven ha visto cómo los guardias tratan como animales a los presos, a pesar de que la gran mayoría no ha ido aún a juicio y es, por ello, inocente. Su fama, que trasciende las fronteras de este país, está bien ganada: se trata de una de las cárceles más crueles del mundo, en la que muchos guardias se ufanan de su sadismo y en que la atención médica es, prácticamente, nula, pues los reclusos tienen que esperar un mes para ver a un médico y seis, a un especialista.

Más con pena que con miedo, el joven ha oído las historias de quienes han pagado con su vida tal crueldad.

La de Isidro Pacheco, quien murió el año pasado de una rotura en la aorta: cada vez que iba a la clínica del penal quejándose de fuertes dolores en el pecho, le daban aspirinas; así lo tuvieron varios meses, sin ver a un especialista, al cabo de los cuales falleció.

La de Rafael Nieves, que tenía SIDA y un grave problema en el hígado; le daban medicinas para el SIDA que dañan al hígado, a pesar de que había otras que combatían la enfermedad sin afectar el órgano, y murió unos días después de Pacheco.

La de Benjamín de Jesús, enfermo también del corazón, a quien sólo se le daba aspirinas; tuvo que esperar cuatro meses para que lo viera un especialista; la noche antes de la cita, murió de un infarto.

La de Hiram Sepúlveda, enfermo del hígado y el bazo, que vomitaba sangre; murió unas semanas después de llegar a la prisión, en septiembre del propio año 1998, sin que le hubieran dado ninguna atención médica.

Pacheco y de Jesús estaban cumpliendo un año de condena. Nieves y Sepúlveda esperaban juicio, o sea eran inocentes aún, pero si hubieran sido hallados culpables, el primero habría sido condenado a tres años y el segundo, a cinco. Los médicos fueron más eficientes y crueles que los jueces y los verdugos, pues no sólo los condenaron a muerte, sino que, además, los ejecutaron lentamente. Guiliani les agradeció, en privado, la profilaxis, pues exterminaron, para él, a cuatro ratas, cuatro pobres.

El joven escucha muchas otras historias macabras de esa cárcel y de muchas otras del país, contadas por presos reincidentes que han hecho tiempo en otros Estados. De los doce presos que murieron por falta de atención médica en Rikers Island en los dos años previos a su llegada, ocho eran hispanos y cuatro, negros, o sea el 100%. No hubo entre ellos ni un solo estadounidense blanco, a pesar de que éstos conformaban el 8% de los 300,000 reclusos que pasaron por allí en esos dos años, o sea unos 24,000. Menos del 10% de los médicos, enfermeros y empleados de la clínica del penal son negros o hispanos –a pesar de que éstos son el 92% del total de reclusos— algo que debe ser más causal que casual.

Aunque más de las dos terceras partes de los 150 mil reclusos anuales esperan juicio, o sea son inocentes hasta que se pruebe su culpabilidad, los tratan como si ya fuesen culpables de los peores crímenes, a pesar de que la gran mayoría está allí no por delitos violentos sino por uso o venta de drogas.

Una comisión que estudió los abusos en Rikers Island probó que, en esos dos años, los guardias habían perpetrado 1,500 asaltos contra los presos, muchos de los cuales tenían las manos atadas con esposas. El saldo fue de 300 heridos, de los cuales 36 tenían los oídos fracturados y 50, los huesos rotos.

El otro escándalo es el del Saint Barnabas Hospital, en el Bronx. En estos últimos tres años, el gobierno de la ciudad le ha asignado 342 millones de dólares para atender a los miles de presos que necesitan sus servicios. La atención ha sido aun peor que en la clínica del penal. Ha habido varios muertos, por errores de los médicos o falta de asistencia. Para las afecciones coronarias recetan, como regla, aspirinas. En el hospital trabajan los peores médicos, inclusive varios que han perdido sus licencias en otros estados por negligencia médica. La corrupción es rampante. La fortuna asignada por la ciudad ha sido saqueada, en parte, por los propios funcionarios municipales, los directores del hospital y los médicos. A ninguno se le ha procesado.

En medio de todos estos conflictos de sangre y dinero, Guiliani ha recortado el presupuesto anual de Rikers Island en 31 millones de dólares. Han sido eliminados el equipo de empleados que atiende las quejas de los presos, el centro de atención a los drogadictos, las clases GED –nivel básico y medio— y reducidos los gastos de clínica, comida y calefacción.

LAS CÁRCELES PRIVADAS

Como los delitos violentos declinaron a partir de 1980, el gobierno federal y los gobiernos estatales han tenido que encontrar otros métodos no sólo para mantener las cárceles casi llenas, sino para llenarlas en su totalidad y fabricar otras, o sea... expandir el negocio. Por eso le declaran la guerra al consumo de drogas, que, en realidad, promueven no sólo a través del control directo de varias agencias federales, como la CIA y la DEA, sino por la brutal naturaleza del sistema. En ese año había unos trescientos mil presos en todo el país. Hoy, nueve años después, hay más de dos millones. El negocio ha prosperado.

Sentado en el patio de la prisión, en los tardíos crepúsculos del verano, escuchando los ríspidos chillidos de las gaviotas que se posan frente a él para que les dé comida, y observando a los oscuros cormorantes que vuelan sobre el penal y llegan hasta el Whitestone Bridge, Danilito oye, además, una historia aun más infame: la de las cárceles privadas.

A partir de aquel propio año 1980, inicio de “la Era de Reagan”, la etapa más criminal de la derecha ultra-capitalista, el sistema penal de Estados Unidos regresó a una práctica del Siglo XIX que había sido eliminada a principios de este siglo debido a la gran repulsa popular. Aparte de que ya, de por sí, es una infamia que un presidio sea dirigido y administrado por una empresa privada que, por su misma esencia, convierte la fuerza de trabajo del prisionero en una mercancía más, los efectos son aun peores que los de Rikers Island.

En las cárceles estatales o federales se explota el trabajo esclavo de los presos a través de compañías privadas, pero en las cárceles privadas tal explotación es la esencia y finalidad de las mismas. Su objetivo no es proteger a la sociedad de quienes la atacan, sino la ganancia. No responden a las probables víctimas del delito, sino a sus accionistas. Su finalidad no es evitar el crimen ni castigarlo ni rehabilitar al que lo comete, sino la producción, o sea la ganancia. El delito es su materia prima y el delincuente, su fuerza de trabajo. De ahí que el preso de las cárceles privadas suele estar en ellas hasta el final de su condena y a veces más allá. No hay probatoria –probation- ni casa media –halfway house- ni 15% de rebaja --por la ley nueva, el sentenciado tiene que cumplir el 85% de sus condenas--, ni salida temprana –early release--. El preso deja de ser humano no porque lo traten como a una bestia, sino porque la utilidad, o sea la bestia mayor, así lo requiere. En las cárceles tradicionales, la bestia es el guardia; en las cárceles privadas, la ganancia.

En las cárceles privadas, el preso percibe de un diez a un veinte por ciento de lo que gana el obrero ‘libre’ por el mismo trabajo, pero el producto de su trabajo se vende a precios de mercado y como, además, el costo de los insumos es mucho menor, la plusvalía es inmensa. De ahí que las ganancias de estas cárceles privadas sean mucho mayores que las de muchas otras empresas, convirtiéndolas en uno de los negocios más rentables del país.

Tal vez sea por eso que varias personas de renombre tienen acciones en esta industria, como el expresidente George H. W. Bush y su esposa Bárbara, el ex-asesor de Seguridad Nacional, Frank Carlucci, el ex-jefe de la CIA, William Casey; el precandidato presidencial Lamar Alexander, cuya esposa, Honey, vendió sus acciones de cinco mil dólares en ciento treinta mil, unos años después; los herederos del empresario Jorge Mas Canosa, fallecido hace casi dos años; así como poderosos monopolios, como American Express, AT&T y General Electric. Las tres compañías que dirigen el negocio del trabajo esclavo en las cárceles federales, estatales y, sobre todo, en las privadas, son: Corrections Corporation of America, CCA –cuyo accionista mayor es Bush y de la que Bárbara es la presidenta--, Wackenhut y Esmor.

Los precios de los artículos que los presos compran en las comisarías de estos penales –cigarros, artículos de aseo personal, comida, dulces, helados, etc.-- son más caros que en la calle, por lo que en pocos días el preso que realiza este trabajo esclavo le devuelve al penal, o sea a la compañía privada que lo dirige, lo que ha ganado.

Para que las cárceles privadas tengan una ganancia sostenida necesitan estar llenas en más de un 90% y como responden, no al público que dicen proteger del delito, sino a sus accionistas, reducen el gasto para aumentar la ganancia. Las consecuencias son terribles: muertes por falta de asistencia médica, maltratos graves, hambre, hacinamiento, falta de instrucción, exceso de trabajo, explotación, frío, enfermedades ... las mismas que existen en Rikers Island y en muchas otras cárceles del país, aunque no sean dirigidas por la empresa privada.

Danilito recibe toda esa información sin hacer el menor comentario; pero eso lo sensibiliza aun más. Así van pasando las semanas y los meses.

LOS MISMOS BANDIDOS

Los cuñados tuvieron que abandonarlo todo justo cuando pensaban que el jibariadero --simple operación de drogas a nivel de barrio y de cuadra-- del alto Manhattan se convertiría en el laboratorio de Antioquia, y las veloces cigarretas surcarían las aguas del Caribe repletas no de cosas sino de cosos --paquetes de cocaína de varios kilogramos cada uno--.

Ya no podrán comprarle ni venderle a los mismos de siempre porque casi todos viven en el área de Broadway, entre las calles 135 y 181. Ahora tienen que huir no sólo de los agentes de la DEA, el FBI y la policía de Nueva York, sino, además, de los espías disfrazados de delincuentes, que son más peligrosos porque a veces es muy difícil detectarlos, como le sucedió a Danilito.

Se fueron así, con la rapidez del relámpago, como los náufragos que abandonan la nave que se hunde. No sólo cambiaron de domicilio y actividades, sino, además, de nombres, usando las propias inscripciones de nacimiento de Puerto Rico que avalaría el amigo de Jairo, en el Registro Demográfico de Ponce. Ahora ya no serían cubanos, sino boricuas. En poco tiempo lograron sus nuevos papeles, menos el pasaporte que ni siquiera Jairo quiso sacar por tratarse de una gestión más riesgosa.

De tener que viajar a Colombia, lo haría a través de México: iría de Nueva York a México con sus nuevos papeles, pues para tal viaje no es necesario el pasaporte, y de México a Colombia con su pasaporte colombiano, vigente aún con su nombre real, Jairo Jaramillo, que se cambió ahora por el de Jairo Rivera.

Bob Green es ahora Tom Brown, nacido en Ponce de padres estadounidenses que trabajaban en el turismo. Guille no es ya Guilermo García, sino Wilfredo Fernández y ya no le dicen Guille, sino Wil. Natalia se llama Tamara; Rosa María, Gloria, y Nancy, o sea Gabriela, Marlene. Sólo Jairo y Jimmy siguen teniendo sus propios nombres de pila, nadie sabe por qué. En este relato, sin embargo, tendrán los nombres que han tenido hasta ahora para que no haya confusiones, empezando por las que se pueda crear este autor.

Éstas son las nuevas máscaras de los criminales que se han podido esconder en esa gran selva humana que es Nueva York, en que todo cambia de una cuadra a otra y en que nadie se conoce ni se reconoce.

Así como en Miami la misma gente se halla siempre en las mismas esquinas, y en las cafeterías se ven siempre a las mismas personas sentadas ante las mismas mesas que son atendidas por las mismas camareras que les traen las mismas comidas y se las sirven del mismo modo y a la misma hora, y los mismos viejos de las mismas panzas que fuman de la misma forma los mismos tabacos están parados siempre en los mismos sitios y a la misma hora hablando de los mismos temas con las mismas palabras; y el trazado uniforme de sus calles es, más que aburrido, agobiante; y el clima no tiene el estímulo de las estaciones, y en pleno día y en plena calle puede uno acostarse a dormir una siesta de diecisiete minutos en el centro de Flagler y Miami Avenue sin temor a ser arrollado; y la noche parece un extenso cementerio con semáforos en el que no se oye ni el zumbido de los mosquitos que vuelan sobre las tumbas ... Nueva York, por el contrario, es el sitio ideal para que un fugitivo se pierda en la confusa y vasta multitud, en el intrincado enjambre de calles y edificios en que el ser humano es sólo un soplo débil e inaudible de un huracán potente y estruendoso, un grano de arena del inmenso arenal.

Por eso las hijas de Danilo y sus esposos viven en Nueva York, para cubrir con el grueso manto cálido de la cosmópolis la fría desnudez escuálida del crimen. Si viviesen en Miami, sería como exhibirse en las vitrinas de una tienda de ropa del centro de la ciudad con un letrero que diga “I’m a criminal”.

LA VÍCTIMA MAYOR DEL DELITO

Con su fortuna muy cerca de la ruina, el bandido ha de vivir siempre con las maletas hechas, los ojos bien abiertos, el dinero al alcance de las manos y no en el banco ni adonde cueste mucho trabajo encontrarlo, y las piernas en la misma posición de arranque que, en espera del disparo, tienen los corredores de pista.

Es una vida de angustia no de alegría, en la que un solo paso mal dado puede costar todos los pasos, en que la libertad o la vida misma pueden perderse en un solo segundo inesperado, en que las viviendas no son hogares, sino trincheras que, tal vez, puedan mantenerse por un tiempo, pero de las que hay que estar dispuesto a huir cuando un enemigo más fuerte las asalta. Un árbol cuyas frágiles hojas pueden caerse todas de súbito a un mismo tiempo; y si el delito es como el que planean los cuñados, o sea el proceso que comienza en los cocales de Bolivia y Perú, sigue en el laboratorio de Antioquia y termina con la venta de la droga a nivel de cuadra en Nueva York y otras grandes ciudades, el peligro es inmenso, o sea existe a cada paso, en cada momento, con cada persona. Está en el que viaja, el que compra, el que vende, el que usa las químicas, el que transporta, el que navega, el que desembarca, el que maneja, el que “corta”, el que empaqueta, el que vende, el que cobra, el que paga, el que amenaza, el que confía, el que presta, el que espera, el que desespera. En todo está. Como involucra a tantas personas en tan diversas operaciones, el riesgo es enorme.

Si, por fortuna para los cuñados, todo ese proceso sale bien, el peligro no cesa porque, entonces, se halla en ellos mismos, en sus ambiciones, conflictos, desenfrenos, odios... en su mente, alterada por haberse rebelado contra las demás personas. Regresar de una vida de crimen en que se puede ganar diez mil dólares en una rápida operación de quince minutos a una vida de arduo trabajo en que, con suerte, se puede ganar lo mismo... en un año, es mucho más difícil que ir del empleo honrado al delito. La fortuna fácil es la más costosa, su valor no está en el precio de la mano de obra ni en el del talento, sino en el riesgo que corren la libertad, la familia, el honor, el futuro.

Aunque la ley no lo contemple así, el delincuente es la mayor víctima del delito. No existe el bandido sin conciencia como no existe el árbol sin raíz. Lo que existe es el bandido que quiere no estar consciente de que tiene conciencia. La conciencia existe porque la mente existe y éste es un fenómeno estrictamente químico. Así como no puede vivir quien no tenga cerebro, no puede vivir quien no tenga conciencia. Es una cuestión material, no etérea ni espiritual. La conciencia depende de las neuronas, no de la moral ni los sentimientos. En el delito, la conciencia es el policía que arresta, el carcelero que encierra, el magistrado que señala la fianza, el fiancista que la paga, el fiscal que acusa, el testigo que atestigua, el abogado que defiende, el jurado que decide, el juez que sentencia y el presidio que castiga y, como trágico corolario, el expediente criminal, que no desaparece nunca y elimina la posibilidad de que quien lo tenga pueda conseguir un empleo honesto o un préstamo en un banco o una licencia para una profesión, oficio o pequeño negocio o muchas otras cosas. Aunque la sentencia haya sido sólo de un año y un día, el castigo es para toda la vida: una cadena perpetua sin derecho a parole, o libertad provisional.

Jimmy es, también, una víctima mayor, pues el pobre niño, que a sus siete años comienza ya a razonar, no entiende, sin embargo, nada de esto. Ha perdido de pronto su colegio, sus compañeritos de aula, sus amiguitos del barrio y a la señora Aida a quien quiere como a una abuela amorosa. Trata de entender, pero no puede, por qué sus padres y tíos, y él mismo, tienen nombres distintos y por qué no puede hablar de su colegio de Manhattan, sino de otro en Puerto Rico que nunca conoció. El niño tiene una gran confusión. Para no cometer ningún error y que no lo castiguen, ya casi ni habla. Se ha refugiado en ese mutismo precoz en que se esconden los niños cuando sufren un trauma. Antes reía y hablaba todo el tiempo, ahora siempre está callado y triste, como si tuviese una gran angustia que no puede expresar.

Todo el dinero que los cuñados tenían para mantener el jibariadero han sido empleados en sobrevivir estos meses en que no han podido operar. Entonces, poco a poco, se han ido recuperando y han hecho nuevos contactos.

Un amigo de Jairo que lava dinero de la mafia en su negocio de giros monetarios les prestó treinta mil dólares: es el mismo que planeaba asociarse con ellos en el laboratorio de Antioquia invirtiendo medio millón de dólares y sirvió de garantía para la fianza de Danilito. Compraron, entonces, tres buenos automóviles de uso y comenzaron a viajar a la Florida para adquirir varios “cosos” acabados de llegar en las cigarretas, y los vendían, por fracciones, en varias ciudades del nordeste rico y frío, adonde la droga no es sólo un recurso para disimular la ignorancia y enfrentarse a la feroz competencia, sino, además, para entibiarse en invierno, cuando nieva y cuando no nieva. A fines de enero había sido la fuga, pero ya en junio la crisis ha pasado. Están ganando, otra vez, mucho dinero, más que si fueran médicos o abogados.

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Carlos Rivero Collado


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