La triste historia de un país sin nombre

Todo comenzó con la pregunta de mi hijo Sebastián aquella mañana de sus cinco años, cuando jugaba con su globo terráqueo: “mamá, ¿por qué Estados Unidos no tiene nombre?”.

La ausencia de un nombre para los Estados Unidos demuestra que desde el surgimiento de esa nación, América Latina ha sido objeto de su obsesión expansionista. La denominación "Estados Unidos", por lo tanto, no es un nombre en sí sino una condición que refleja la existencia de un Estado Federal. De este modo han existido a lo largo de la historia "Estados Unidos de Venezuela", "Estados Unidos de Colombia" o "Estados Unidos Mexicanos". Pero nuestros megalómanos vecinos del Norte decidieron llamarse nada menos que "Estados Unidos de América", adjudicándose el nombre todo el continente. De allí que el gentilicio “estadounidense” no exista en inglés y que se llamen a sí mismos “americans”. Para cualquier estadounidense “América” es solamente el país que habita. Otra expresión de esa invisibilización y desprecio al que han sometido a los habitantes del resto del continente es la denominación “latinos”, que mutila la americanidad compartida.

Ya desde el siglo XVII, cuando los primeros colonos comenzaban a poblar esa parte del continente, justificaron bajo preceptos religiosos el aniquilamiento de la población aborigen y la apropiación de aquellos territorios. Era el germen del llamado “Destino Manifiesto”, mito ancestral que le otorga un carácter divino a la desenfrenada codicia expansionista que, desde el siglo XIX a nuestros días, orienta su política exterior y sus valores diplomáticos.

Para 1823, las pretensiones de Rusia en la costa Noroeste del continente y las intenciones europeas de intervenir en América para recuperar sus antiguas colonias; dieron lugar a lo que conocemos como Doctrina Monroe. Declaración presentada ante el congreso por el presidente James Monroe, la cual sostenía que los Estados Unidos no consentirían ninguna intervención europea en el Sur de América, a la vez que se reservaban su posibilidad de injerencia.

Esta proclama, resumida en la frase “América para los americanos”, fue interpretada por muchos Suramericanos como una defensa de nuestras independencias y por ende fue recibida con beneplácito. Recordemos que por entonces Estados Unidos era un modelo de República que inspiraba el pensamiento de soñadores y luchadores en el mundo entero. Apenas unos años antes, en 1806, el mismo Francisco de Miranda, quien había luchado en la Independencia de aquella nación, solicitó apoyo a Thomas Jefferson para su Expedición Libertadora de los territorios de América del Sur. Intento infructuoso, no porque Estados Unidos fuese indiferente a la independencia de las provincias suramericanas, sino porque no le convenía apoyar un proyecto que no se limitaba a la independencia de estas provincias, sino que implicaba la creación de una gran nación suramericana que pudiera llegar a competir con ellos en poderío.

Sólo un hombre con la visión de Simón Bolívar podía advertir el engaño de aquel pensamiento velado con la falacia de la libertad. Inquietud expresada en su carta a Patricio Campbell en agosto de 1829, apenas 6 años después de la declaración de Monroe, de cuyo contenido resalta a modo de profecía su sentencia: “los Estados Unidos parecen destinados por la Providenciapara plagar la Américade miseria a nombre de la libertad”. El siglo XX demostraría que el Libertador tenía tanta razón que incluso se quedó corto. Y en lo que va de siglo XXI podríamos ampliar el alcance de su sentencia fatal a “…plagar el mundo de miseria a nombre de la libertad.”

Para mediados del siglo XIX el periodista John O’ Sullivan reforzaba aquel “dogma imperialista” con estas palabras: “El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado porla Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino”.

En 1904 Theodore Roosevelt introduce una enmienda a la ya vieja Doctrina Monroe (conocida como el “Corolario Roosevelt”) en la que establecía que si un país latinoamericano o caribeño ponía en peligro las propiedades o empresas estadounidenses, el gobierno de los Estados Unidos estaba en la obligación de intervenir en la política interna de dicho país con el fin de restablecer el patrimonio y los derechos de sus empresas.

Más de un siglo de subordinación y dependencia de nuestros pueblos ha sido el resultado de aquel “Destino Manifiesto”. Un mito que desde hace casi dos siglos intenta “naturalizar” la expansión estadounidense hacia Nuestra América. Por esta razón, desde el saboteo al Congreso de Panamá en 1826, esa nación ha sido la peor enemiga de la unidad latinoamericana, concebida por Miranda e impulsada por Bolívar. Y es que el Bolivarianismo es, a su vez, el enemigo histórico de la voracidad manifiesta del imperialismo estadounidense.

Hoy seguimos viviendo el devenir de una pugna que pasa de cien años, entre el mesianismo terrorista estadounidense y el Bolivarianismo que enarbolamos con orgullo. Mi hijo ya tiene 7 años y entiende que existe un país al que no le gusta respetar a otros y trata de robarse el nombre que es de todos. También sabe algo más importante que nunca tuve necesidad de explicárselo: que en este presente histórico el bolivarianismo también se llama chavismo.


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Lic. en Letras

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Catherine García Bazó


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