Un niño ciego de 9 años, llamado Joe Engressia, descubrió en 1957,
por simple casualidad, que podía emitir silbidos a 2.600 hercios,
idénticos a los de las señales telefónicas. Ese niño, considerado hoy
una leyenda, el precursor de todo el movimiento
hacker,
reverenciado por su habilidad para manipular las líneas y llamar a
cualquier lugar sin pagar un duro, murió por causas naturales el 8 de
agosto en la ciudad norteamericana de Minneápolis. Su carnet de
identidad aseguraba que había cumplido 58 años, pero él llevaba tiempo
con la edad petrificada.
Un buen día, cuando rondaba los 40, Joe Silbidos Engressia
miró hacia atrás y, al rememorar los abusos sexuales que había sufrido
durante sus años en una escuela para invidentes, se dio cuenta de que
no había tenido ninguna infancia y que ya era hora de que empezara a
tener una, así que hizo dos cosas: se rebautizó como Joybubbles
(Burbujas Alegres) y proclamó que en adelante tendría 5 años. Para
siempre.
Por entonces, Joybubbles ya había aparcado su rol como agitador del
sistema telefónico, ya era rara la vez que silbaba a 2.600 hercios, un
don que le había permitido, por ejemplo, dar la vuelta al mundo
saltando de una centralita a otra, de una ciudad a otra, de un país a
otro, de un continente a otro, para acabar llamando al teléfono que
tenía al lado y responderse a sí mismo, comprobando cuánto tiempo
tardaba su voz en recorrer la Tierra. Por esta extraordinaria aptitud,
el cofundador de la casa Apple, Steve Wozniak, dijo en sus memorias que
había sido una de sus más tempranas influencias.
Durante los últimos días, internet ha estado repleta de tributos a
esta especie de Peter Pan. "Nunca pensé que pudiera fallecer. Las
leyendas siempre parecen inmortales", ha dejado escrito en un foro un
usuario que responde al sobrenombre de Xcalibur. Como con otros
fenómenos de la contracultura, el mito del ahora fallecido surgió a
raíz de su persecución. De no haber sido detenido, es probable que
Joybubbles se hubiera pasado la vida silbando en la oscuridad, para
unos cuantos amigos de la Universidad de South Florida, a quienes
cobraba un dólar por cada llamada.
En 1969, este protohacker fue pillado por la compañía
telefónica Bell --creada por el padre del invento, Graham Bell--, y
entonces todo cambió. La prensa publicó su historia y Joybubbles
comenzó a recibir llamadas extrañas. Llamadas de niños de Los Angeles
que también sabían cómo manipular las líneas, llamadas de otro grupo
californiano --formado por invidentes, como él-- que emitían
frecuencias a 2.600 hercios por medio de silbatos que regalaban unos
cereales muy populares en la época, llamadas de Seattle, de
Massachusetts, de Nueva York... Muchos no se conocían entre sí. La
prestigiosa revista Esquire, en un extenso reportaje, retrató en 1971 al ahora fallecido como el "catalizador" de este fenómeno, llamado phreaking, una mezcla de las palabras phone (teléfono) y freak (fanático).
Desentrañar el sistema
La diferencia entre la mayor parte de los miembros de esta
subcultura y Joybubbles, según su amigo Mark J. Cuccia, consistía en
que este "nunca trató de robar a la compañía telefónica o dañar las
líneas. Lo único que pretendía, a través de sus asombrosas habilidades,
era saber cómo funcionaba el sistema". Todos aquellos que lo conocieron
aseguran que no tenía ninguna malicia, que era como un niño
superdotado. No es extraño, por tanto, que decidiera volver a la
infancia en 1988, eligiera tener 5 años hasta el día de su muerte y
fundara la Iglesia de la Eterna Niñez --cuyo nombre lo dice todo--, de
la que era pastor.
Ayer, cuando uno llamaba a su número teléfonico, disponible a través
de la red, tras seis tonos todavía se disparaba un mensaje que, en la
característica voz del pionero de los
hackers --aguda y, cómo
no, de tono pretendidamente aniñado--, decía esto: "Hola, soy
Joybubbles. Puedes dejar un mensaje de hasta ocho minutos. Gracias por
llamar y que Dios te bendiga". Por primera vez en décadas, no había
nadie que recogiera su tan amado auricular.