Entre el 9 y 12 de noviembre se reunieron en Oaxaca 500 científicos de
varios países, sobre todo europeos y norteamericanos, en la conferencia
Diversitas: integrar la ciencia de la biodiversidad para el bienestar
humano. Un título más apropiado hubiera sido "Integrando la ciencia de
la biodiversidad para su posterior privatización", ya que ésta es la
agenda oculta en este tipo de actos, aunque muchos participantes y
hasta algunos de los organizadores no se dan cuenta, por ingenuidad
política.
La sede fue apropiada, pues Oaxaca representa una zona de alta
diversidad biológica, que conteniendo un tercio de la diversidad
florística del megadiverso México, y a la vez una gran diversidad
cultural representada por 16 grupos étnicos que domesticaron el maíz y
la calabaza, cultivados bajo complejos sistemas de manejo de suelo y
agua. Y es precisamente en Oaxaca donde la agrobiodiversidad del maíz
está amenazada por la contaminación transgénica.
Sin embargo, la conferencia ignoró totalmente los riesgos que
representa la introducción de cultivos transgénicos en centros de
origen de especies cultivadas, como es México, para el maíz. Para colmo
el principal orador de la conferencia fue el doctor Peter Raven,
director del Jardín Botánico de Missouri, quien es acérrimo defensor de
los transgénicos. En un reciente artículo de una prestigiosa revista
académica,
Raven consideró que la contaminación transgénica no representa ningún
peligro para la agricultura indígena ni para los mexicanos. No tuvo
vergüenza en decir que lo que se necesita es mayor capacitación
científica en el sur para que éste se beneficie de los avances de la
ciencia occidental, incluyendo mayores esfuerzos que expliquen a los
campesinos las supuestas ventajas agronómicas de los transgénicos. Esta
posición neocolonialista es un insulto a la capacidad endógena de los
pueblos. La biotecnología no consiste tanto en cambiar una semilla por
otra, sino más bien en el remplazo de un paradigma de conocimiento
indígena-etnoecológico por otro controlado por poderosos intereses
protegidos por derechos intelectuales de propiedad cuyo objetivo final
es controlar la base genética de la agricultura nacional y destruir los
sistemas alimentarios locales.
No era necesario asistir a la conferencia para enterarse de que la
mayoría de la biodiversidad remanente en el planeta está en los países
del sur, en regiones bajo control indígena y campesino. De hecho, donde
se encuentran más especies biológicas o variedades de cultivos son las
zonas más remotas, donde los grupos étnicos han preservado la
biodiversidad ajenos a toda racionalidad capitalista. Pero es
precisamente en estas zonas, ahora sujetas a la "modernización"
agrícola, la explotación forestal comercial y el ecoturismo, donde más
se pierde biodiversidad, ya que la penetración del capital tergiversa
la propiedad colectiva del territorio y la gestión comunitaria de los
recursos naturales.
La creciente erosión de esta biodiversidad y conocimiento
tradicional plantea a la sociedad un desafío que según Diversitas
consiste en preservar y utilizar la biodiversidad para el bienestar
humano, aclarando, eso sí que la conservación tiene que "ser
compatible" con el modelo económico imperante (aunque ignore que éste
es precisamente la causa principal de su desaparición). Varias sesiones
trataron sobre el monitoreo de la biodiversidad, los servicios
ambientales que ésta provee, y su valoración económica.
Cabe preguntarse entonces cómo es que la valoración económica de la
biodiversidad ayudará a las comunidades a preservarla, si
históricamente los factores económicos no han sido determinantes en las
estrategias indígenas de conservación de miles de especies. Lo único
que esta valoración hará es sentar las bases para su posterior
privatización, mediante las patentes sobre la vida y la biopiratería,
los impuestos sobre los manantiales y fuentes de agua, el ecoturismo y
otras transacciones económicas que benefician a los poderosos que
controlan el mercado globalizado o tienen acceso favorable a él.
Algunos conferencistas argumentaban que las comunidades se
beneficiarían si fueran recompensadas por los servicios ecológicos que
emergen de la biodiversidad que manejan. Pero esos servicios, como por
ejemplo la captura de carbono o la preservación de plantas
anticancerígenas, no son, necesariamente, de interés para las
comunidades, sino que lo son para científicos de países vacíos de
biodiversidad, con altos niveles de consumo y responsables por la
emisiones que están cambiando el clima o cuya población sufre altos
índices de cáncer a consecuencia de sus dietas y estilos de vida. Al
pasar al terreno del mercado y la monetarización los "servicios" que la
madre naturaleza antes proveía gratis a la humanidad, se abren las
puertas para su apropiación con fines privados y comerciales, y la
consecuente exclusión de los pobres de los beneficios.
*Miguel Altieri es agroecólogo chileno y profesor de la Universidad de California en Berkeley