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A la justicia se la representa con los ojos vendados, porque ante la
Ley somos todos iguales, pero la enfermedad sí discrimina, y mucho,
entre quienes viven en países ricos o pobres.
Según
la Organización Mundial de la Salud (OMS), desde un punto de vista
geoeconómico hay tres tipos de enfermedades: las primeras inciden en
todos los continentes, como las cardiovasculares, las del segundo tipo,
también llamadas “enfermedades descuidadas”, afectan a países pobres y
ricos pero con más casos en los primeros -tuberculosis, por ejemplo-,
mientras que las del tercer tipo inciden casi exclusivamente en los
países pobres -como la malaria-, carecen de interés económico para las
transnacionales de la salud y son, por lo tanto, “enfermedades muy
descuidadas”.
Este descuido se ha acentuado en las últimas
décadas, en particular a partir de la inclusión de cláusulas de
propiedad intelectual en la Organización Mundial de Comercio y los
múltiples acuerdos bilaterales de libre comercio. La investigación
médica se ha trasladado de universidades y laboratorios subsidiados por
los Estados a empresas privadas con fines de lucro. Para motivar
inversiones millonarias en el desarrollo de nuevos medicamentos y
tecnologías, la propiedad intelectual garantiza a la empresa el
monopolio sobre su invención durante varios años. Este monopolio
permite imponer precios de venta muy superiores a los costos de
producción y así recuperar lo invertido en la investigación. El lucro
es una motivación poderosa y la cantidad de patentes sobre nuevos
medicamentos -o nuevos usos de medicamentos existentes, lo cual también
es patentable- crece año a año.
“Como organización médica que
somos, necesitamos de la innovación”, comentó Michel Lotrowska,
representante ante la OMS de la conocida organización Médicos sin
Fronteras. “Pero la innovación no tiene sentido si los nuevos productos
están fuera del alcance de quienes los necesitan”.
En el caso
de los medicamentos para el VIH-Sida, por ejemplo, el monopolio de la
propiedad intelectual permite a los laboratorios vender a mil dólares
dosis para un mes de tratamiento que pueden producirse por cien. Y esos
medicamentos existen porque el VIH- Sida es una enfermedad del primer
tipo. Para las del tercero, cuyas víctimas no van a poder pagar
tratamientos costosos, simplemente no existe la motivación para
investigar. Esta situación fue expuesta en mayo de 2006 en un informe a
la OMS de la Comisión sobre Derechos de Propiedad Intelectual,
Innovación y Salud Pública. De inmediato se creó un grupo de trabajo
intergubernamental sobre el tema, pero su primer año de trabajo no
produjo ningún acuerdo. Tras una acalorada discusión sobre este
fracaso, la directora general de la OMS, Margaret Chan, lo volvió a
convocar. La segunda reunión del grupo acaba de finalizar en Ginebra y
su resultado es un borrador con algunos acuerdos y una lista de
discrepancias sobre las que deberá resolver la Asamblea Mundial de la
Salud (los estados miembros de la OMS, representados generalmente por
sus ministros de Salud Pública) el año próximo.
Que la
Asamblea Mundial de la Salud haya puesto el tema en su agenda
“representa una oportunidad excelente de cambiar el paradigma y
desvincular el costo de la investigación y desarrollo del precio de las
medicinas”, consideró James Love, representante de Knowledge Economy
International, una ONG especializada en patentes, derechos de autor y
propiedad intelectual.
Sangeeta Shashikant, de la Red del
Tercer Mundo, dijo que la OMS, como principal institución mundial sobre
salud pública, “debe asumir el liderazgo en temas que son de salud
pública desde una perspectiva de salud pública, especialmente cuando
hay tensiones entre ésta y los intereses comerciales”. Y explicó cómo
en muchos países han sido los ministerios de Salud los que tomaron la
iniciativa de utilizar al máximo las cláusulas de excepción previstas
en la Organización Mundial de Comercio que permiten flexibilidad en la
protección de la propiedad intelectual cuando la salud de la población
está en juego.
Sin embargo, como explicó A.E. Ogwell,
representante de Kenya y miembro del Grupo de Trabajo, “cada vez que un
país trata de implementar estas medias y se dispone a importar
medicamentos genéricos, hay enormes resistencias en países poderosos
que obstaculizan a los africanos usar estas provisiones legales en
nuestro favor”.
En la reunión del grupo de trabajo, Estados
Unidos se opuso a todos los textos que describían al actual sistema de
incentivos para la investigación como inadecuado o insuficiente para
enfrentar las enfermedades de tipo dos y tres. El Grupo de Río
-integrado por catorce países latinoamericanos y caribeños- propuso el
principio de que “el derecho a la salud tiene precedencia sobre los
intereses comerciales”, pero Europa y Estados Unidos sugieren como
redacción alternativa que “los objetivos de salud pública y los
intereses comerciales deben ser apropiadamente balanceados y
coordinados”.
Hubo consenso en cuanto a fortalecer los
sistemas de información y vigilancia sanitarios y la capacidad
reguladora en los países en desarrollo, pero no lo hay sobre las
propuestas de hacer una lista de tecnologías esenciales para la
investigación y la producción local de medicamentos en el Sur o para
urgir a los gobiernos de los países miembros a mitigar el impacto
adverso sobre la salud de la migración de personal médico y de
enfermería hacia el Norte.
También quedó pendiente de
resolución el establecimiento de un fondo para financiar la
investigación y el desarrollo de las enfermedades de tipo 2 y 3, y no
hubo consenso siquiera en el establecimiento de una comisión que
estudiara alternativas para financiar, coordinar y priorizar esta
investigación.
En la sesión de clausura, Margaret Chan expresó
su compromiso personal y el de la OMS para “avanzar en temas sobre los
que estamos mandatados y en los que la organización está dispuesta a
hacer más”. En tono mucho más precavido, el canadiense Peter Oldham,
que presidió las negociaciones, expresó apenas esperanza de que en la
próxima sesión del grupo de trabajo, en abril de 2008, no se
revirtieran los avances logrados. Poco antes, Estados Unidos,
respaldado por la Unión Europea, había dicho, en abierta crítica al
secretariado de la OMS y al propio presidente de la sesión, que algunas
frases del documento final, señaladas como consenso, debían estar entre
corchetes (señal de desacuerdo en los documentos en negociación en las
Naciones Unidas).
El delegado brasileño comentó que “si bien
los avances son dolorosamente lentos, la OMS está más comprometida” y
que “hará falta mucho más esfuerzo para cambiar la cultura del
monopolio y la concentración del poder”.
Este artículo se basa en informes de Riaz K. Tayob, publicados en South-North Development Monitor (SUNS).
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