La legislación en materia de
derechos de autor, basada en un modelo desarrollado en y para Europa,
hace más de un siglo, -y que se ha ido reforzando-, se exportó al resto
del mundo bajo el dominio colonial, o como condicionamiento de los
acuerdos comerciales. Tales leyes resultan a
menudo contradictorias con las culturas no-europeas y son netamente
perjudiciales para los países del Sur.
Sobre este tema, ALAI entrevistó al estadounidense Alan Story, catedrático de Kent Law School (Reino Unido), quien ha venido investigando esta problemática y su impacto en el Sur. Actualmente está realizando un estudio en América Latina.
Story considera que la Convención de Berna -que es
la principal convención internacional sobre derechos de autor, adoptada
inicialmente en 1886 como acuerdo comercial entre una docena de países
europeos-, es inapropiada para los países del Sur. Cita
el ejemplo de China, que el año pasado compró los derechos para
traducir al chino y distribuir en el país 10.000 libros producidos en
Reino Unido y EE.UU. "¿Cuántos libros fueron comprados a China por los EE.UU. y el Reino Unido? -pregunta el investidagor-. De
hecho, 40; la mayoría de los cuales eran manuales de negocios; pero ni
un solo libro de literatura china fue comprado en los EE.UU. y el Reino
Unido". Así, el argumento de promover un
comercio más libre en propiedad intelectual, en la práctica significa
más bien un tráfico unidireccional. "El libro más vendido en China hoy es Harry Potter; y las películas en cartelera en Quito son las de Hollywood ", agrega.
Story cuestiona que a estos países se les exige que
cada vez más refuercen y apliquen con mayor rigor las restricciones y
barreras de propiedad intelectual o de los derechos de autor: "¿Es para el beneficio de los pueblos de Ecuador o Zambia? No.
Es para proteger la propiedad intelectual o los derechos de autor sobre
todo de las grandes corporaciones transnacionales, como Microsoft,
Random House Books, Sony Music, etcétera. No hay interés en libre
comercio. Si lo hubiera, EE.UU. y Reino Unido estarían comprando toda clase de libros de la literatura china ", afirma.
Al respecto, el investigador estadounidense se refiere a lo dicho por un funcionario del gobierno de su país, citado en The Copy/South Dossier
(una publicación que ha editado recientemente:
https://www.kent.ac.uk/law/copysouth/Documents/CSdossier.pdf): "un
objetivo central de la política exterior en la era de la información
debe ser ganar la batalla de los flujos de información mundiales,
dominando las ondas radioeléctricas, así como Gran Bretaña otrora
gobernó los mares". Story denuncia que no solo
quieren captar mercados nuevos con niveles más altos de protección de
la propiedad intelectual, sino que a la vez quieren cobrar por hacerlo.
México registra el triste record mundial de tener
la mayor duración de los derechos de autor: 100 años después de la
muerte del autor. Significa que una canción o
un libro producido hoy, cuyo autor muera dentro de 60 años, tendría que
esperar hasta el año 2167, antes de pasar al dominio público. Una
ley como ésta no fue adoptada para proteger a los autores mexicanos (si
bien unos pocos podrían sacarle provecho), argumenta Story, sino "para
otorgar plazos de protección cada vez más largos a las producciones
importadas de EE.UU.". La lógica sería más
protección para más mercados: "refuercen sus estándares de protección,
encarcelen a más piratas, para que podamos tener un mayor flujo
unidireccional de mercancías culturales o educativas", es el mensaje.
La convención de Berna exige proteger los derechos de autores internacionalmente. Pretende
motivar la producción intelectual y cultural, mediante un monopolio
temporal, y así contribuir al interés general, asegurando que estas
producciones pasen a la postre al dominio público. Pero
en la práctica, Story ha constatado que apenas unas pocas
superestrellas sacan beneficio de la protección de los derechos de
autor, mientras que la mayoría, en América Latina, no pueden vivir de
sus ganancias. "Hay algunos que escriben guiones de telenovelas, pero incluso los mejores autores venezolanos deben tener otro tipo de empleo. Entonces, si este sistema fuera tan bueno para los autores, ¿cómo explicar que solo existe un puñado?"
Story agrega, por otro lado, que "este sistema, que en realidad no
ayuda ni a músicos ni a artistas, tampoco nos da producciones de buena
calidad. Se producen en cadena bienes culturales para la venta, de la misma manera que se producen botellas de coca cola o automóviles. No se pregunta si va a enriquecer el conocimiento vigente; ni se valora si hay una nueva idea de un autor existente. Más bien, la primera pregunta es: ¿se venderá? Y de hecho, para los músicos de América Latina, la pregunta no es: ¿se venderá en Quito? Sino, ¿se venderá en Nueva York, Londres, Barcelona? Hecho
que obliga incluso a los artistas a cambiar la manera en que se
presentan, con lo cual pierden su atractivo particular -digamos de la
música ecuatoriana-, para convertirse en un producto mucho más
homogeneizado que podrá efectivamente tener éxito en Nueva York.
Un problema adicional de la prolongación de los
derechos de autor es que una gama amplia de producciones que podrían
dar grandes beneficios en el dominio público -por ejemplo libros cuya
edición se ha agotado, o valiosas creaciones culturales que han caído
en el olvido- siguen siendo inaccesibles, debido al problema de dar con
el o la dueño/a de los derechos.
Insensibilidad cultural
La membresía de la Organización Mundial
del Comercio (OMC) estipula como condición que se debe firmar el
acuerdo TRIPS (sobre Propiedad Intelectual Relacionada con el
Comercio), que se ha modelado a partir de una visión cultural
occidental. "En Occidente, los derechos de autor parten del concepto de
que las expresiones culturales tienen un solo autor, que existe una
persona que ha escrito algo", indica Story. "Podría ser un pequeño
grupo, pero es gente identificable. Ahora bien,
para los indígenas, la idea de tener un solo autor de un cuento popular
o de una canción no cabe, así que de hecho el conjunto de expresiones
indígenas no tiene lugar en el sistema de derechos de autor". Un
segundo concepto es que "no se puede registrar derechos de autor de una
producción, a menos que se haya 'fijado', o sea, que esté registrada
mediante la escritura o algún tipo de proceso mecánico de grabación. Así
que en las sociedades indígenas con una fuerte tradición oral, las
obras no se pueden proteger mediante los derechos de autor. Tampoco creo que se deba hacerlo, porque es un sistema que no les dará ventajas. Entonces este es un ejemplo perfecto", concluye.
Asimismo, entidades como la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual
-OMPI- no aprecian que en muchas partes del mundo exista una tradición
de compartir, que es mucho más fuerte que en Europa Occidental y EE.UU.
"Los africanos, por ejemplo, tienen una tradición de compartir información y conocimiento. Se ve como algo bueno. En China, la idea de que alguien sea dueño de una historia simplemente no cabe. De hecho, la manera de apreciar el trabajo de un autor era copiarlo todo. Eso sería una infracción al derecho de autor en Occidente".
Otro aspecto donde el régimen de propiedad
intelectual es perjudicial para el Sur, es que no atiende a las
necesidades del desarrollo de estos países. "Por
ejemplo, hay grandes necesidades de programas de educación o de acceso
a la información básica sobre cuidados de salud; pero estamos
encontrando que las barreras que se están levantando golpean
particularmente duro a los países que pretenden educar a su población",
denuncia Story.
Cita el ejemplo de las bibliotecas públicas en
Colombia que están comenzando a cobrar a los visitantes un 10% del
precio del libro por cada préstamo. "Si cuesta $10, entonces se cobra $1 por prestar ese libro. Esto
significa convertir a una biblioteca pública, -que puede ser realmente
valiosa, y se necesita más de ellas en América latina-, en una especie
de tienda de videos o de planta de alquiler de libros. Si se es un
colombiano rico, $1 no es demasiado. Pero si se es hijo de una madre
soltera con tres niños, y le gusta leer y quiere indagar sobre el mundo
y aprender cómo podemos superar la pobreza y sanar enfermedades,
entonces $1 por un libro es una verdadera barrera para el acceso. Esto es algo que se relaciona directamente con el sistema de derechos de autor".
Otro ejemplo que cita Story es que, bajo las leyes
de derechos de autor, la única persona que tiene acceso para reproducir
una obra es el tenedor de los derechos de autor -quién rara vez es el
autor original-. Las personas no videntes, que
necesitan de libros en un formato especial, como el Braille o en audio,
o las personas mayores que requieren de una impresión en letra más
grande, encaran dificultades particulares. Cambiar el formato no se permite sin la autorización del dueño de los derechos. "En
Reino Unido, el Instituto Nacional Real para los Ciegos (RNIB por sus
siglas en inglés) ha convencido a algunas editoriales que le permitan
producir una colección de libros de texto básicos, en Braille. Bajo
este acuerdo, se editó una gama limitada de libros, -sobre economía o
cómo aprender español- que ahora permanecen almacenados en algún disco
duro en el Reino Unido. El costo para producir un libro en Braille es algo así como 10 veces el precio de venta del libro impreso. Entonces,
un país como Ghana (donde hay muchos de estudiantes de habla inglés) no
puede permitirse -y hacerlo sería un desperdicio- producir el mismo
libro en Braille que se reprodujo en Gran Bretaña a $200 cada ejemplar.
¿Entonces, por qué no podría el RNIB enviar una
copia de estos libros en Braille a través del Internet, de modo que los
estudiantes no videntes de Ghana pudieran leerlos? Pues, los derechos de autor no lo permiten. El acuerdo estipula que solamente los estudiantes ciegos en Reino Unido pueden leer estos libros, no se los puede exportar. Y yo podría seguir dando múltiples ejemplos de ese tipo de trato inhumano e ineficiente".
Story lamenta que, a pesar del discurso sobre la era de compartir
información, el propio Internet se está convirtiendo en un "sistema de
peajes" que son cobrados a los usuarios. Si
bien existe mucha información compartida libremente en Internet, de
hecho, buena parte del contenido más valioso no está visible, sino
encerrado en bases de datos cuyo acceso exige un fuerte desembolso.
"Lo maravilloso de las ideas y expresiones intelectuales es que pueden ser compartidas. Yo puedo sentarme en esta silla, y quizás alguna otra persona podría sentarse en mi regazo. Se puede compartir una cama, pero no con millares de gentes. Sin
embargo, las ideas y las expresiones pueden ser compartidas entre
decenas de miles o millones de personas, sin perjudicarnos mutuamente. Es
como un foco: todos podemos disfrutar de su luz y el hecho de que lo
estoy utilizando no impide que cualquier otra persona lo haga también. Pero
lo que hacen los derechos de autor es crear una escasez artificial e
impide compartir esta información, aún cuando hace mucha falta",
concluye.
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