Según el Acuerdo de Londres, los países
que tengan el inglés, el francés o el alemán como lengua oficial no
requerirán que se traduzca la descripción completa de una patente al
idioma utilizado mas comúnmente por los mismos. El inglés, el francés y
el alemán son, además, los tres idiomas oficiales de la Oficina Europea
de Patentes, con sede en Munich. Este cambio tiene como objetivo
reducir los costes administrativos y financieros para los solicitantes
de patente, pero también es motivo de preocupaciones.
El
acuerdo, que se firmo en el año 2000, entrará en vigor cuando ocho
países, incluidos Gran Bretaña, Francia y Alemania, lo hayan ratificado.
Hasta
ahora, Francia no lo había ratificado, pero, el 9 de octubre, el Senado
francés decidió aprobar el acuerdo, dando de esta forma luz verde para
su entrada en vigor en la primera mitad del año 2008.
A esta
ratificación le precedió un enardecido debate sobre la propiedad
intelectual en la Asamblea Nacional francesa. Los partidos de la
oposición manifestaron sus temores de que haya una avalancha de
patentes y de que las grandes empresas opten por proteger las fórmulas
o procedimientos específicos que se emplean durante la fabricación más
que los productos finales.
Según algunos políticos, esto podría tener consecuencias nefastas para la pequeña empresa puesto que le impediría utilizar la
información que esté protegida por una patente.
“El
reto para Francia es impedir que las patentes se conviertan en
productos de supermercado”, declaró Alan Claeys, un miembro socialista
de la Asamblea Nacional. “Una patente sirve para proteger una técnica
innovadora cuyos términos están explícitamente descritos. El peligro
hoy en día es que se tiende cada vez mas (en campos como el del
software) a patentar el conocimiento y no la innovación. Si esta
tendencia sigue su curso, dará lugar a una serie de patentes injustas a
largo plazo que jugarán en contra de nuestros laboratorios y de la
pequeña y mediana empresa.
No obstante, Jean-Pierre Jouyet, el
Secretario de Estado de Asuntos Europeos, sostuvo que el acuerdo “no
desfavorecerá en manera alguna a la pequeña y la mediana empresa”.
Alrededor
del 90% de las empresas francesas, declaró el Sr. Jouyet, registran sus
patentes en el Instituto Nacional de la Propiedad Intelectual y 50% de
las mismas solicita la aplicación de la patente en toda Europa. Una vez
que el acuerdo entre en vigor, estas empresas continuarán a registrar
las patentes a nivel nacional y, al mismo tiempo, se beneficiarán de
unos costes reducidos para hacer valer las patentes en otros países
europeos.
“Con la ratificación de este acuerdo, nos estamos
adaptando mejor a la globalización a través de Europa”, declaró. En su
opinión, el acuerdo es positivo para la lengua francesa.
“El
hecho de que Francia se negase a ratificar el acuerdo llevaría a los
otros 13 países a negociar entre ellos una estructura que privilegiaría
el inglés”, añadió. “Nuestro objetivo es facilitar el registro de
patentes, las invenciones de nuestras empresas deben ser conocidas en
otros países”.
Los partidarios del acuerdo lo consideran como
un ingrediente esencial en los esfuerzos para reformar el sistema de
patentes europeo que se estableció en la década de los 70.
Este
sistema exigía que las aplicaciones de patentes otorgadas por la
Oficina Europea de Patentes fueran traducidas a 22 idiomas.
Se
han mencionado estos requisitos tan costosos como la razón por la que
los investigadores en Europa se muestran mas reticentes a solicitar una
patente que sus homólogos estadounidenses.
Proton Europe, una
red de académicos especializada en la tecnología, calcula que entre el
30% y el 50% de todas las invenciones de este continente tienen su
origen en las universidades. Paradójicamente, las patentes registradas
por las universidades constituyen menos del 3% de todas las patentes
registradas en la Oficina Europea de Patentes.
En un estudio
llevado a cabo por Proton Europe se observo que había mas de 10000
solicitudes de patentes prioritarias realizadas por las universidades
estadounidenses en el año 2005. La cifra correspondiente a las
universidades europeas para el mismo año era del orden de 2000.
Y
esto a pesar del hecho de que los 2,8 millardos de euros proporcionados
por el sector empresarial para la investigación en las universidades
europeas era una cifra mucho mayor que la del apoyo a las universidades
que se proporcionó en Estados Unidos.
“Aquí, en Europa, tenemos
un sistema de patentes muy diferente del que existe en Estados Unidos”,
declaró Gilles Capart, presidente de un grupo de trabajo sobre la
política de patentes en Proton Europe. “Ya es hora de que resolvamos
ese problema.
No podemos permitirnos el no hacerlo, puesto
que sabemos que esta causando un déficit en la economía del
conocimiento de Europa en comparación con la de Estados Unidos”.
Capart
reconoce que la aplicación de patentes (que es, en su origen, un
concepto del sector privado) a los descubrimientos realizados por
estudiantes va contra la filosofía de base sobre la que se fundamenta
la educación superior en Europa. Desde que Friedrich von Humboldt creó
la Universidad de Berlín en 1810, la libertad académica ha sido uno de
los preceptos principales profesados por los educadores de todo el
continente.
“Se consideran las patentes como la malversación de
un bien publico”, añadió Capart. “Sin embargo, una de las misiones de
las universidades es compartir el conocimiento. Una manera de hacerlo
es a través de las publicaciones, y una patente es una publicación que
protege la inversión”.
El Trinity College de Dublín decidió en
2003 que el hecho de aceptar dinero del sector empresarial para llevar
a cabo una investigación estaría sujeto a que se registrasen las
patentes para las invenciones que se derivasen de la misma.
“No
hay ninguna señal de que nuestro espíritu intelectual se haya visto
afectado”, declaró Eoin O’Neill, el director de los Servicios de
Innovación de dicha universidad irlandesa.
El grupo de presión
de los trabajadores de BusinessEurope ha acogido con alegría la
aceptación por parte de Francia del Acuerdo de Londres, con el
argumento de que los costes de traducción constituyen un promedio de
30-40% de los costes totales de la presentación de una patente europea.
El acuerdo reduciría estos costes a la mitad.
“Necesitamos un
sistema de mercado rentable”, declaró Ernest-Antoine Seilliére, el
presidente de la organización. “El Acuerdo de Londres reducirá los
costes de las patentes en Europa. Este paso adelante servirá también
como impluso positivo para otras mejoras en el sistema europeo de
patentes”
No obstante, los que se oponen a los esfuerzos para
aplicar un reglamento estricto para la propiedad intelectual en lo que
respecta al software opinan que la entrada en vigor del acuerdo será un
paso hacia atrás.
Benjamin Henrion, de la Fundación para una
Infraestructura de Información Libre, predijo que, para las empresas
Chinas, será mas fácil hacer valer sus patentes en Europa si las
presentan en inglés.
“Un 30% de las patentes que solicita la
industria china son patentes para software”, añadió. “Si reducimos las
barreras, este porcentaje crecerá. Me sorprendería mucho lo contrario”.
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