Hace cinco o seis mil
años y hasta unas pocas decenas de años atrás, comprar, vender, tener
esclavos o muchas mujeres no era un problema moral o de conciencia,
sino de producción, de poder mantenerlos, alimentarlos, transportarlos.
O en todo caso hacerlos trabajar hasta su agotamiento y extinción,
disponiendo de los suficientes para poder sustituir a los ya inútiles.
Esa es una sensibilidad, un modo de expresarnos, sentirnos y concebirnos
a nosotros mismos, a la humanidad, a la vida.
El desarrollo de sofisticadas
tecnologías es una cosa maravillosa. A cierto punto nos permite exportar
e importar a todos los pobres como mano de obra ávida de alimentos
y sueños de bienestar y felicidad. O adherir a los TLC para vender
o alquilar esa mano de obra barata disponible, para importar capitales
ávidos de ganancia.
Si las tecnologías siguen
evolucionando, pronto podremos elegir si deseamos expatriar a todos
los pobres a otro planeta o en su defecto irnos los que vivimos de sus
necesidades, ignorancia y trabajo. De todos modos podemos controlarlos
a distancia con poderosos y sugestivos medios de comunicación, y siempre
encontraremos entre ellos algunos dispuestos a ser capataces por unos
espejitos de colores que los hagan sentir superiores al resto.
De ese modo hemos modificado
todo el paisaje de nuestro mundo varias veces para en el fondo no cambiar
nada realmente significativo, porque tras todas las cambiantes apariencias
continúa la misma esclavitud de hace miles de años. Solo hemos sofisticado
los medios de sugestión y represión, pero logrando una muy pobre
movilidad respecto a aquella sensibilidad.
Sin embargo, no todo
es blanco o negro, porque en el corazón de la humanidad habita el inmortal
impulso de la libertad. Es paradójicamente ese deseo de ser libre,
(de las necesidades de nuestro cuerpo dependiente de su entorno natural
por ejemplo, y del trabajo, del esfuerzo necesario a satisfacerlas),
lo que nos impulsa a buscar modos de desplazar ese esfuerzo a otros
y concebir tecnologías que ahorran energía.
Por eso cíclicamente
rebrotan movimientos libertarios, con la particularidad de que a diferencia
de las luchas palaciegas entre deseos de poder de los que mandan, suceden
simultáneamente en todas partes del planeta, con lo cual testimonian
que es el corazón humano su fuente. Vivimos uno de esos ciclos en que
una nueva sensibilidad irrumpe desde lo profundo.
Para la inercia y el
escepticismo de los hábitos y creencias imperantes, esa irrupción
siempre resulta inesperada y difícil de creer, tanto para los que dominan
como para los dominados. Y es que en principio, si bien todos experimentamos,
sentimos esa nueva o emergente sensibilidad, cada uno la interpreta
según la continuidad de sus propios hábitos e intereses.
Por eso los cambios realmente
significativos, los que afectan a toda la humanidad sin distinciones
de clases ni de sexos, son muy difíciles de discernir. Porque proviniendo
de lo profundo y esencial, trascienden las diferencias geográficas,
climáticas, las distancias, las diferencias socioeconómicas y culturales
que la historia humana va tejiendo en sus intentos de libertad creciente
de elección.
En estos tiempos y sensibilidades
tan particulares y a flor de piel, los casilleros de realidad, los hábitos
y creencias que nos llevan a decir que “así son las cosas y todo
el resto solo son ingenuos e irrealizables sueños y utopías”, comienzan
a mostrarse como lo que realmente son. Tendencias, inercia grabada en
memoria por la repetición de conductas en una dirección.
Toda inercia, toda tendencia,
todo tropismo tiene una carga acumulada en una dirección, que nos impulsa
y hace más fácil y posible la repetición que el cambio. Pero no por
ello es “la realidad” ni el modo en que inevitablemente suceden
las cosas. Simplemente la inercia acumulada de los hábitos y creencias
ejercitadas como formas de vida, exige conciencia y voluntad sostenida
para superar su resistencia.
No es un problema moral,
de ser bueno o malo, sino de disponer de la energía íntima necesaria
a que esas intenciones y deseos de cambio no se queden a nivel de sueños
o ideologías, sino que tengan la suficiente fuerza y permanencia para
convertirse en conductas que se abran camino hacia el mundo, transformando
el paisaje cotidiano.
Nada de lo que decimos
es ajeno a nuestra experiencia de vida. Hablamos durante un siglo de
derechas e izquierdas, (que al igual que la libertad, tuvieron diferentes
contenidos y significados a lo largo de nuestra historia, según las
circunstancias opresivas que nos tocara enfrentar y resolver).
Pero pese a todas las
ideologías de que disponemos, y que ingenuamente por hábito y repetición
hemos llegado a considerar con categoría de realidad, hoy que las circunstancias
habituales comienzan a cambiar, los de supuesta izquierda saltan alegremente
la cerca para llamarse de centro derecha, pues resulta más conveniente
para mantener los privilegios ganados en tal ejercicio.
Mientras que en la reciente
Cumbre en Tegucigalpa, en que Honduras adhería al Alba, el presidente
Zelaya, de trayectoria política en partidos conservadores, inició
el acto con la canción del Ché Guevara y dijo con buen humor, que
si su declaración de desplazar su gobierno al “centro izquierda”
preocupaba y le parecía peligroso a algunos o muchos, pues que le quitaran
lo del centro.
Entonces, ¿dónde quedan
los casilleros estáticos de la realidad y el consabido “así son
las cosas”? ¿Donde quedan los buenos y los malos, los indios y los
vaqueros o los nazis opresores y los yanquis liberadores de Hollywood?
Quedan atrás, como hábitos y creencias ya desbordados por una nueva
intensidad y sensibilidad.
Como una instancia sicológica
y una etapa histórica de difusa vitalidad ya superada. Ahora
la nueva vitalidad, la mayor disponibilidad energética, el entusiasmo
que se comienza a percibir por todas partes, desborda esas creencias
estáticas y da una nueva movilidad a todos esos contenidos, resultando
cada vez más imprevisible lo que cada persona y sociedad hará.
¿O no es cada vez más
evidente que pese a sus recursos de todo tipo, últimamente nada les
sale como esperaban a los que se creían eternos dominadores por derecho
divino o lo que fuere? Nuestra historia es un silencioso testimonio
de la inmortal libertad que mora en nuestros corazones. No es que nuestra
libertad se parezca a la alegoría del ave fénix, ni que tal alegoría
sea solo una ingenua y romántica expresión de deseo.
Sino que es la representación
de hechos humanos que renacen una y otra vez sin fin, en los momentos
y lugares más inesperados. Hechos que han construido nuestra historia
y son su sólido fundamento. Sin el poderoso impulso libertario cual
motor y dirección de todo humano intento, no habría historia, evolución
ni revolución posible de ningún tipo.
Pero insistimos en creer
que nuestro afán de dominio, (que no es sino expresión de nuestros
temores y carencias y un uso limitado, ignorante y distorsionado de
nuestra libertad de elegir, que termina negando la libertad de otros),
“es el modo en que las cosas son”. Y por eso nos estrellamos una
y otra vez contra las mismas conflictivas circunstancias.
En esencia todo lo dicho,
no difiere de lo que experimentamos cuando luego de construir toda una
vida desde un particular interés, cuando sentimos que ya todo tiene
un orden y nada cambiará, resulta que nos enamoramos.
Entonces todo ese interés
y dirección de vida pasa a segundo lugar, lo lanzamos por la borda
en pos de una sensibilidad más profunda, intensa y abarcante. La rutina
de vida construida esforzadamente, se convierte de repente en cárcel
que imposibilita la aventura de vida. Eso por supuesto resulta inesperado,
ilógico, irracional, locura pura para la inercia de los hábitos
y creencias desarrollados.
Pero es plena y promisoria
vitalidad, alegría y libertad de aquella cárcel para la verdadera
sensibilidad del ser humano. ¿No está llena de ello nuestra vida,
nuestra historia? ¿Es acaso diferente de lo que sucede a grandes números
y amplios ciclos, por acumulaciones de hábitos y creencias colectivas
heredadas de generación en generación?
¿Y entonces por qué
insistimos en ver solo la cara rutinaria de la vida, el fantasma del
fracaso, de la muerte de la esperanza en lugar de lo inmortal, de lo
que renace una y otra vez sin fin? ¿Por qué seguimos insistiendo en
que solo son los temores e intereses materiales lo que impulsa al ser
humano? Cuando si tenemos historia, ciencia y civilización, es por
el sacrificio generoso, hasta de la vida, de muchos.
Cada nueva instancia
histórica, cada ciclo libertario requiere de y se inicia con un poderoso
impulso vital. Solo esa intensidad vital, energética, permite desbordar,
dejar atrás y caer en cuenta en tal proceso experimental, de las viejas
creencias y hábitos, de la condición cultural y económica en que
estaba atrapada la pobre vitalidad y la difusa conciencia.
Y si es el poderoso impulso
vital el que posibilita abrir una nueva instancia y es la difusa vitalidad
la que lo termina, ha de ser porque esa energía se va invirtiendo en
y grabando cual hábitos y/o modelos culturales y económicos, que terminan
imponiéndose y sugestionando a la inicialmente entusiasta conciencia.
Por lo cual es el desánimo, el cansancio íntimo y la pasividad de
la conciencia, que termina tratando al mundo, a si misma y a los demás
como cosas económicas, la resultante final.
Para quien vive en las
olas superficiales de estas recurrentes mareas vitales e históricas,
el entusiasmo y movilidad o el escepticismo y cosificación estática
de cada momento histórico, se le impone con visos de inamovible realidad.
“Así son las cosas”, cantamos a coro.
Pero inesperadamente
cambia dramáticamente el escenario local y mundial, y terminamos estrellándonos
contra esas creencias que resultan totalmente inadecuadas por inoperantes
para las nuevas condiciones. En tales circunstancias de nada nos servirá
repetir lo que hasta entonces dio resultado.
Así viene sucediendo
en los últimos diez años en Venezuela. Los medios de comunicación
repiten cual letanía la vieja cantaleta, pero el creciente abismo entre
lo que dicen y la nueva dirección de hechos que se abre camino, solo
sirve para que más y más gente vaya despertando del tal hechizo.
Abriendo sus adormilados
y viejos ojos a las nuevas relaciones que se van estableciendo, despertando
de su ensueño en el tiempo que ahora corre hacia atrás, hacia el cierre
de una instancia agotada. Comienzan entonces a “ver” el viejo modelo
o paradigma cultural que hipnotizaba su conciencia, del mismo modo como
ahora ven un perro o una flor, y por tanto pueden comenzar a relacionarse
con todo ello e irlo cambiando.
Todas las argucias gracias
a las cuales se mantenía el modelo hegemónico solo sirven en estos
momentos para reimpulsar la voluntad libertaria, para multiplicarla
y contagiarla por todo el planeta, impidiendo que se duerma en sus ensueños
e ideologías. Exigiéndole continua atención a la relación con su
entorno y creatividad para enfrentar y superar las resistencias y retos
que este actualiza ante sus intentos.
Es justamente por esa
acelerada e intensa exigencia dinámica del proceso revolucionario,
que toda ideología se convierte en ingenua presunción que es necesario
ajustar y recrear a cada paso. Porque nada nuevo puede ser previamente
conocido, de otro modo no sería nuevo. Nada nuevo es meramente intelectual,
requiere una mayor vitalidad, una nueva sensibilidad emocional, una
conciencia despierta, activa, capaz de reconocer los viejos hábitos
que la impresionan y atrapan. Para en consecuencia ir cambiando direcciones
de conducta e irlas experimentando. Solo dentro de esa totalidad que
se va alineando en la misma dirección, es viable que lo nuevo venga
a ser, se haga plenamente real, experimentable para todos.
Eso es lo que hemos venido
experimentando en estos diez años de proceso revolucionario bolivariano.
No sabíamos realmente adónde íbamos. O no íbamos adónde creíamos
ir. Son las reacciones y resistencias que van actualizando nuestras
intenciones de cambio, las que van marcando la pauta, dirección y exigencias
que nuestras respuestas han de superar.
Son nuestros propios
hechos los que van afirmando una dirección u otra y nos permiten experimentarla.
Si no hubiésemos salido a la calle sin premeditar las consecuencias
en el golpe de estado virtual o en el sabotaje petrolero, ya no tendríamos
revolución. Si no hubiésemos compartido generosa e inteligentemente
nuestro petróleo para ayudar a nuestros pueblos vecinos y hermanos,
ya se nos hubiese declarado Estado forajido o país inviable.
Si no hubiésemos puesto
la democracia participativa y protagónica, la paz, el respeto a la
constitucionalidad y las leyes por encima de todo, en el mejor de los
casos seríamos solo otro Estado represor con las cárceles llenas de
presos políticos sometidos a tortura o expatriación. ¿Puede llamársele
a eso realmente una revolución liberadora, justa e igualitaria?
¿O es una vez más un
enorme esfuerzo por cambiarlo todo que no cambia nada, y solo pone en
evidencia para los que puedan y quieran verla la misma vieja sensibilidad,
o más bien insensibilidad, ahora que podemos compararla con una nueva,
naciente?
Si no hubiésemos confiado
en nuestra sensibilidad y fuerzas, pese a las resistencias por vencer,
que no solo no se terminan sino que pareciera que se agigantaran,
¿en qué podríamos habernos apoyado para vencer, empezando por nuestro
propio escepticismo?
Terminemos entonces como
buenos aprendices de brujo, con la cara opuesta de la que comenzamos,
cerrando así el círculo mágico. Como yo lo siento y veo, nuestra
historia la escribió el impulso, la fuerza libertaria que mora en y
es el corazón de lo humano.
El mundo en que vivimos
lo construyó nuestro intento libertario. Interpretamos de muchos modos
ese deseo de libertad, según las circunstancias que experimentamos
como opresoras. Y por tanto muy variado fue el camino del intento
y sus frutos.
Pero en tal camino cíclico,
que despierta y se va durmiendo entre sueños y hábitos para volver
a despertar, hay momentos muy particulares. Al igual que en circunstancias
en que la muerte ronda, la conciencia de una persona se vuelve sumamente
intensa y alerta, y sus respuestas poderosas e inesperadas, sucede con
la muerte de una época, modelo o instancia colectiva.
Y es en tales momentos,
que la fuerza libertaria brota inesperadamente desde lo profundo como
incontenible huracán. Así sentí que sucedía en Tegucigalpa en comparación
con las tímidas declaraciones habituales de los mandatarios. Y esa
fuerza acrecentada templa cual fuego la conciencia, haciéndola cristalina
y capaz de reconocer crecientemente, los acertados y erróneos usos
y frutos de esa libertad de elegir como vivir.
Tal vez el reconocimiento
que hoy necesitamos, sea caer en cuenta de que cuando intentando nuestra
libertad de algún estímulo que sentimos opresivo, limitamos, reprimimos
la libertad ajena, nos estamos inevitablemente encadenando a la dependencia
que generamos. ¿O no está encadenado y es dependiente en los hechos
el amo de sus esclavos, el sabio de los ignorantes y el carcelero de
sus presos, pese a que estén de diferentes lados de las rejas?
¿Por qué controlan
y reprimen los dominadores a los dominados si no son dependientes de
ellos? ¿Pueden llamarse realmente libres entonces en esas condiciones?
¿O estaremos hablando solamente de una libertad relativa, circunstancial,
que implica continuo conflicto y recurrente violencia? ¿Habrá una
forma de liberarnos que no implique esclavitud ni dependencia de nadie,
que no genere nuevas esclavitudes?
Esa creo que es la respuesta
que habrá de dar la libertad en su camino creciente. En la superficie
y entre las olas de las mareas ascendentes y descendentes, no sabemos
realmente si avanzamos o retrocedemos. La relatividad de todo esfuerzo,
parece la inevitable y contradictoria paradoja a que vive sujeto todo
intento.
Sin embargo desde lo
profundo, desde el corazón de la historia y de cada conciencia, vuelve
a brotar una y otra vez la fuerza de vida, la fe, el entusiasmo, la
alegría. Tal vez, ya que lo nuevo nos es y siempre nos será desconocido,
nunca tendremos otro piso firme que pisar, en que apoyarnos, que ese
mismo amor a la libertad.
Que esa misma fuerza
y fe en la trascendencia de la vida, a la forma que se va dando a si
misma según las circunstancias de cada momento. Forma que al paso siguiente,
al cambiar las circunstancias ya se convierte en algo conocido, rutinario,
limitante para las emociones expansivas, generosas, libertarias y creativas.
Los hábitos, (que no
son sino apego a los objetos del conocimiento, temor a perderlos, miedo
y resistencia a lo desconocido que convierte la vida en prevención
del fantasmal futuro, renuencia a todo lo por ser, a todo cambio), parecen
ser entonces el enemigo a vencer.
Y la generosidad, el
dar, compartir, soltar, regalar todo lo que vamos creando, pese a que
sea la misma locura para nuestros hábitos, es el verdadero ejercicio
liberador, la verdadera manifestación de amor. Porque afirma la creatividad,
el verbo creador, por encima del apego y dependencia de lo creado.
La indisoluble fuerza
vinculante entre cada acto y su objeto es la misma. Pero es la actitud
de la conciencia la que hace que la experimente como liberadora o esclavizadora,
como generosidad creadora o egoísmo parasitador.
Podemos llamar entonces
generosidad, a la sintonía y fidelidad con la intensa vitalidad que
brota del corazón. Y temor, egoísta apego, a la mirada que hipnotizada
con lo que agotado muere, se resiste y traiciona a lo que nace, a lo
que presiente en su intimidad. A lo que ha de ser.
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