Dentro de la correspondencia
que recibo comentando los artículos que voy escribiendo, (la mayoría
amables, sinceros, de buen tono, y otros pocos no tanto), se mantienen
ciertas temáticas casi fijas. Por ejemplo el deseo de comprender como
relaciono los hechos y saco consecuencias, por qué mi continuo optimismo
al respecto.
Escuchando por un rato
los discursos en la Cumbre “Emergencia
y Soberanía Alimentaria” en Managua, Nicaragua, donde se reunían
los países de Centroamérica y Sudamérica para discutir sobre la emergencia
alimentaria y un posible plan agrícola regional, se me ocurrió que
eran un buen escenario para dar respuesta a esas inquietudes.
Aprovechando para responder
a otra pregunta frecuente, aclaro que llamo ideología, a todo sistema
o superestructura intelectual incapaz, inoperante para transformar las
limitaciones, insatisfacciones, sufrimientos experimentados en la cotidianeidad.
En otras palabras, a las declamaciones que no se expresan en hechos,
que son contradichas por nuestras conductas.
Como correlato histórico
de las aventuras de nuestro pensamiento, les cuento que durante mucho
tiempo hemos intentado compararnos favorable o negativamente con la
escala zoológica, primos o familia lejana de los monos, etc. Tal vez
impulsados por nuestro innato deseo de libertad, intentando escapar
del dogmatismo religioso imperante hasta el medioevo.
En todo caso yo creo
que lo más cercano que podemos decir como resultado de todo ese esfuerzo
del pensamiento, es que somos “bichos raros”. Extrañas aves que
vuelan en el tiempo y con sus aleteos van poniendo en evidencia, que
por uno u otro motivo se sienten crecientemente extraños a su medio
ambiente, buscando por ende identidad y dirección.
Estas curiosas búsquedas
e intentos cual antecedente y trasfondo anímico o existencial de nuestro
pensamiento, no pueden desecharse livianamente a la hora de analizar
los circunstancias críticas en las que hoy nos encontramos, los abismos
entre nuestras ideologías y discursos y los resultantes hechos. Porque
una cultura que cree que el mundo es una ilusión y por ende quema los
cuerpos de sus muertos, es muy diferente a otra que se compromete con
la historia, quiere traer el cielo a la tierra y teje en torno al trato
de sus cuerpos todo un ritual.
Si algo nos diferencia
del reino natural es nuestra temporalidad, nuestra historia, nuestra
acumulación de experiencia y conocimiento que ha posibilitado las revoluciones
económica y cultural poniéndonos ante las puertas de la sicológica.
Y una parte fundamental de esa organización social que heredamos e
interiorizamos al nacer, es pensamiento, conocimiento.
Cuando uno va a las raíces
de nuestro pensamiento, se da cuenta que en esencia las alternativas
entonces eran las mismas que hoy, aunque a veces no sea fácil reconocerlas
en medio de la complejidad de las superestructuras intelectuales desarrolladas.
Estábamos allí parados ante el paisaje natural, mientras nuestras
necesidades, o más explícitamente el dolor en nuestros estómagos
que hoy llamamos hambre, nos impulsaba a hacer algo al respecto. Ese
algo que hoy, especializadas las respuestas al entorno y organizadas
sus funciones socialmente, llamamos trabajo. Satisfacer las necesidades,
dar una respuesta adaptativa a las exigencias de nuestro cuerpo que
es función del ecosistema natural, implicaba ayer como hoy movimiento,
inversión de energía, esfuerzo, trabajo.
Y desde el mismo principio
se abrían como hoy dos alternativas económicas. Colaborar solidariamente
reduciendo tal esfuerzo, aprovechando al máximo la inversión de energía,
especializando y organizando funciones a medida que se ganaba en experiencia
y el resultante conocimiento. O intentarlo por cuenta propia, ya se
tratara de personas o de grupos, clanes, tribus, a los que ahora llamamos
naciones, países.
Satisfacer las necesidades
era obligatorio, de otro modo no estaríamos hoy escribiendo esto. Y
obviamente el esfuerzo experimentado, exigía a nuestra imaginación,
a nuestro pensamiento, encontrar modos más eficientes o expeditos de
satisfacer esas necesidades. ¿Qué mejor y más inmediato modo, sin
necesidad de tener que esperar que la ciencia evolucionara, que conseguir
que los demás lo hicieran por ti? Las explicaciones persuasorias fueron
variadas.
Dios creó al mundo así
y Su Voluntad es que sea de este modo. Dios creó a los reyes de sangre
azul y a los lacayos de sangre roja, ese es el orden que El desea se
respete. El mundo está dividido en vivos y tontos, todos los días
nace un tonto y es del primero que se lo encuentre.
Pero claro está la vida
no es estática, así que los tontos iban aprendiendo los trucos y también
querían ser vivos. Así fue como los reyes tuvieron que nombrar solemnemente
a los señores feudales y estos a los cortesanos. Pero la vida seguía
evolucionando de tonta a viva y amenazar con dioses coléricos y sus
castigos ya no resultaba suficiente. Se hicieron necesarios las policías
y ejércitos, que eran medio-tontos-vivos, porque ya exigían algún
tipo de pago sin llegar a reclamar la membresía nobiliaria y su vida
muelle.
De ese modo se puso límite
o equilibrio dinámico a la evolución de los tontos y sus pretensiones.
Pero seguimos evolucionando y llegó el cuento del Estado, que iba a
equilibrar las diferencias naturales con que los seres humanos nacían.
Ahora los tontos somos progresistas que aspiramos a un modo mejor de
vida y los vivos son conservadores del suyo.
Entre ellos fluye una
inestable clase llamada media, que intenta trepar la pirámide humana
escapando atemorizada del escalón inferior. Hoy ya no recordamos el
principio de la historia de nuestros pensamientos e intentos, todo está
muy desdibujado bajo miles de años de hábitos, creencias e ideologías
de todos los colores.
Tal vez los palos vinieron
primero y las explicaciones después, cuando los tontos aprendimos los
trucos y deseamos los mismos privilegios. Pero en todo caso no hay acción
sin pensamiento ni pensamiento que no conlleve acción, son estructurales,
y más allá de nuestro pensamiento lineal encadenado en causas y consecuencias
en el tiempo, los resultados son los mismos y están a la vista.
Más allá de bromas
y cuentos, toda conducta repetida en una dirección acumula inercia
en memoria y se convierte en un tropismo que mecánicamente tiende a
su concentración y aceleración. Ese es el tropismo que hoy estalla,
irrumpe en nuestros escenarios públicos ante nuestra sorprendida, incrédula
mirada.
Esas dos fuerzas o direcciones
de pensamiento-acción son las que aparentemente han jugado al tira
y afloja en toda nuestra historia, cual trasfondo de todas nuestras
entidades e instituciones, ya se trate de lo personal o privado, ya
de lo estatal o nacional.
Hoy la verdadera historia
de los pueblos comienza a destaparse y tras los reyes y líderes se
visibilizan y hacen audibles las multitudes que hicieron posible todo
ese tinglado. Hoy las alteraciones del clima y las hambrunas de un tercio
de la humanidad nos sacuden de nuestros sueños, recordándonos que
vivimos en un ecosistema y nuestro cuerpito es parte de el.
Así nos enteramos por
ejemplo, que el capitalismo norteamericano ha resuelto históricamente
sus épocas de crisis despidiendo a centenares de miles de trabajadores,
desviando los recursos del Estado hacia la empresa privada, recortando
los programas sociales. Aumentando los gastos militares y el recurso
de nuevas guerras. En otras palabras, este no es sino un momento de
mayor concentración del tropismo mecánico de acumulación y aceleración.
Las dos mismas direcciones
de acción se visten de discursos en la Cumbre “Emergencia
y Soberanía Alimentaria” en Managua, Nicaragua. Tenemos a la vista
una imagen de futuros posibles y cercanos con ciclones que arrasan países,
volcanes en erupción, hambrunas que amenazan con masacrar la humanidad,
intentos secesionistas planificados para enfrentar a hermanos
en Bolivia, Ecuador y Venezuela, devolviéndonos a la barbarie y la
prehistoria.
Pero
además tenemos que seguir escuchando eruditos discursos para disfrazar
las mismas bajas y confusas intenciones. Dicen algunos ilustres representantes,
afortunadamente cada vez menos, que
enfrentamos problemas complejos que no son de rápida y posible solución,
porque están sujetos a muchas variables azarosas.
Y es cierto y está muy
bien que haya problemas mayores que nos sobrepasan y no sabemos ciertamente
como van a evolucionar, como el del clima global por ejemplo. Pero no
es cierto ni está muy bien que por ello homologuemos esas variables
con tropismos históricos sociales, que se corresponden o son manifestación
de humanas intenciones. Que por tanto son inercias, direcciones de acción
que es de suponer que nuestras intenciones han de poder cambiar.
Tampoco está bien que
porque haya variables con efectos o alcances desconocidos nos quedemos
paralizados en lo que si podemos hacer o resolver de inmediato, a corto
plazo. Porque pese a la poderosa sugestión de nuestros hábitos y creencias
no vivimos en lejanos horizontes temporales, el dolor en los estómagos
es aquí y ahora que se experimenta y se puede resolver.
Y no podemos quedarnos
impávidos mientras hacemos cuentas de si eso es eficiente, sostenible.
No podemos permitir que lo imprevisible paralice lo que si podemos hacer
y corregir de las direcciones o intenciones que hasta estos eventos
nos han traído.
Hoy la movilidad de la
vida ha hecho que una vez más los actores, las vedet principales, los
elegidos, las sangres azules cambiaran. Reyes y presidentes solo son
representación de intereses corporativos. Bajo las diversas imágenes
a futuro que postergan el aquí ahora, la felicidad, el éxito, la libertad,
alcanzar el cielo, salvarse, etc., se desarrolla el mismo drama inicial.
Esta coyuntura histórica
hace emerger nuevamente ante nuestra conciencia el máximo valor que
yacía desapercibido bajo montañas de inoperantes complejidades intelectuales:
“la vida”. Sin la cual nada de lo demás es posible. Entonces la
pregunta y respuesta esencial hoy como ayer, como siempre, ha de ser,
¿qué dirección afirmaremos con nuestras acciones, la vida y lo que
la impulsa o aquello que la limita y dificulta?
Las complejidades que
alejan y postergan lo que si podemos hacer ahora, son las que nos han
conducido a estas circunstancias presentes, cada vez más lejos de lo
esencial y prioritario, desapercibiéndolo en la distancia de una mirada
focalizada en diferencias.
Interpretamos mal las
sensaciones e informaciones de la realidad, hicimos mal las cuentas,
el negocio resultó un fraude, un fracaso. Por eso estamos ante el mismo
principio una vez más y tenemos una nueva oportunidad de comprender,
de elegir.
Creímos que recibir
era más que dar y nos convertimos en temerosos y dependientes pedigüeños.
Convertimos a la vida en un acto de apropiación y defensa, porque así
como antes temimos no conseguir, ahora tememos perderlo. ¿O acaso los
ricos y famosos no son dependientes de sus esclavos y súbditos, no
temen perder lo conseguido y viven previniendo tales circunstancias?
¿Acaso no vive tan preso el que está dentro de la cárcel física
o sicológica como el que ha de cuidarlo?
Por mucho que lo disfracemos
y justifiquemos, antes o después nos encontraremos frente a los resultados
de nuestras acciones, y no otra cosa es el escenario global que hoy
nos toca presenciar y vivir. ¿Qué haremos cuando tengamos ante nosotros
alguno de los 1600 millones de seres humanos que hoy sufren de hambre
y caminan hacia su extinción?
Tal vez ante la inmediatez
de la vida y la muerte nos demos cuenta que pasear por el tiempo e inventar
miles de ideologías, disfrazarnos con diferentes imágenes de nosotros
mismos no nos da ninguna respuesta válida. Tal vez nos demos cuenta
que temiendo y escapando de la muerte perdimos también la vida convirtiéndola
en un mar de irrealizables sueños.
Escapar de la muerte
mediante sueños del mañana no afirmará la vida. De ese modo solo
matamos este momento, este presente, el único en que podemos decidir.
¿O es que somos capaces de decidir ayer o mañana? Y si no afirmamos
aquí y ahora la vida, ¿Cuándo y cómo esperamos crecer, ganar en
vida?
¿No son la felicidad,
la alegría, cualidades inherentes de la vida que nos trae a ser en
el mundo? ¿O es que acaso son entidades que andan flotando por el cielo
o cosas que fabricamos y se venden en el supermercado? ¿Serán tal
vez dones de dioses a los que hemos de complacer? ¿Dónde y como las
buscaremos y conseguiremos entonces?
Cuando estamos entonces
ante la vida y la muerte es el momento de decisión. Y no hay cuento
ni excusa que valga, o afirmas la vida o huyes mentalmente en tus sueños.
Con lo cual malgastas tu vida, te alejas de la fuente vital acercándote
a la muerte. Afirmar la vida con tus actos se experimenta como generosidad,
solidaridad, unidad, libertad, alegría, felicidad, paz.
Afirmar a la muerte como
contradicción, sufrimiento, traición a si mismo, violencia, dándole
cabida, alojándola y enraizándola en tu corazón y conciencia, en
tu cuerpo. Cuando tenemos la mirada del que desfallece en la nuestra,
todo el mundo desaparece y el tiempo, la historia se detiene. El pensamiento
se silencia. Es el sutil y frágil instante de la decisión.
Decisión que luego afirmas
o corriges con tus consiguientes actos multiplicándola, hasta que te
conviertes en aquello a lo que atiendes y haces. En ese delicado instante
se abren ante tu sensibilidad los abismos de aquello que muere, se disipa,
se aleja de la vida. Y lo que se acerca a ella y la multiplica, abriéndole
caminos al mundo en creativas y generosas acciones.
No es necesario llegar
a estos extremos, a estas acumulaciones de acciones en la dirección
equivocada para reconocer ese sutil y frágil instante. Pero en todo
caso aquí estamos, en medio de la Cumbre “Emergencia
y Soberanía Alimentaria”, escuchando discursos de quienes representan
nuestros complejos sueños y expectativas de futuro, mientras los segundos
resuenan, los niños mueren y la luz del hoy se convierte en ocaso,
camino de la oscuridad.
Algunos
de estos señores dicen que la situación es muy compleja y no tiene
simple ni inmediata solución, que los que sufren dolor en sus estómagos
se mueran y esperen hasta su próxima reencarnación a ver si tienen
la suerte de que ellos hayan tomado una decisión. Mientras tanto recortan
los impuestos a las elevadas ganancias y en consecuencia los presupuestos
sociales, reducen el personal en las empresas para proteger las ganancias
y dan prioridad a presupuestos bélicos para ayudar solidariamente a
que los que se van a morir lo hagan de una buena vez, y ya no haya que
pensar más al respecto.
Sin importar
como se vista la mona, esto se siente como un resentimiento visceral
y un deseo de venganza cual dirección de vida, tal vez por algo que
nos hicieron en algún momento o así creemos. Pero que se convirtió
en la atmósfera que equivocadamente afirmamos con nuestros actos, formas
de vida, y que hoy desapercibidamente respiramos, olor a sufrimiento,
a muerte. Escuchando estas disertaciones que se convertían en parte
del problema, en suma de obstáculos en lugar de soluciones, el presidente
Daniel Ortega dijo algo muy significativo. “Diagnósticos para la
enfermedad tenemos muchos, pero lo que necesitamos son remedios”.
Volviendo
a las raíces de nuestros pensamientos e intentos, yo diría que si
reconocemos que nos sentimos alienados y extraños en nuestro hábitat
y con nuestros congéneres, lo que corresponde no es soñar, inventar
futuros mundos mejores. Sino intentar acercarnos emocionalmente y en
consecuencia descubrir, caer en cuenta de que es lo que lo impide.
La respuesta
probablemente resulte ser que las acciones egoístas nos encierran en
nuestros sueños y solo alimentan y reproducen el sufrimiento de esa
alienación, postergando ad eternum la deseada paz y felicidad. Mientras
que los actos generosos y solidarios reestablecen esa cercanía sentida
como estar en casa y en familia, sin importar donde o con quién estemos.
Escucho
decir a cada vez más de nuestros representantes, con diferentes grados
de convicción y acción concreta, que tenemos todo lo necesario para
restablecer la soberanía alimentaria, que complementándonos continentalmente
podemos ir resolviendo estas circunstancias, y de paso este accionar
puede convertirse en nuestra segunda independencia.
Algunos
hasta dicen que podríamos ayudar a palear el hambre de otros lejanos
pueblos, incluyendo aquellos cuyos gobiernos hoy no hacen nada por palear
el nuestro. Yo agrego que de todos modos vamos camino del colapso del
ecosistema y la muerte, así que, ¿qué tenemos que perder intentando
en el tiempo que nos queda acciones sensibles, generosas y solidarias?
Sea como
sea, estemos o no todavía a tiempo, tengamos o no mañanas, este maravilloso
y siempre fresco instante es aún hoy como ayer, lo único necesario
para tomar una decisión de abrir las puertas al cambio. No se a uds.,
pero a mi me suena todo esto a un glorioso réquiem. “Morir afirmando
la vida que desperdiciamos viviendo”.
Claro
que este es un viejo e inmaduro espíritu de heroísmo. Pero si algo
he aprendido viviendo es que el buen humor también es inherente a la
vida, mientras que el sufrimiento y la depresión son sus peores enemigos,
pues solo nos alejan de ella postergando y paralizando lo que si podemos
hacer aquí y ahora.
Hemos
dado muchas vueltas en el horizonte temporal, imaginario. Hemos desarrollado
mucho nuestra capacidad intelectual. Pero a nivel de hechos y emociones
estamos aún gateando, en las mismas circunstancias iniciales. En el
mismo sutil y frágil instante de decisión presente entre la
vida y la muerte. Ayer murió y mañana puede no llegar a nacer, ¿qué
elegiremos hoy?
Hagamos
hoy lo que hemos de hacer y saboreemos sus frutos. De eso depende cualquier
posible mañana y no de los sueños que le superpongamos a las ineludibles
decisiones que hemos de tomar y los resultados que han de dar. En lo
que a decisiones de vida se refiere solo hay aquí y ahora. Un instante
que se puede ampliar o perder de vista para siempre.
Un contracanto
final en imágenes. Un mundo multicolor desparece bajo la gris monotonía
de las cenizas volcánicas. Deseo del alma por dentro, íntimo hambre
sin fin. Hambrunas crecientes por fuera, cual fruto en el mundo. ¿Soplará
esta vez con fuerza inigualable el huracán del corazón, despertando
miradas de sus afiebrados sueños de muerte?
michelbalivo@yahoo.com.ar

