En general,
las celebraciones nos ayudan a poner un hito en el calendario y focalizan
la atención de los medios en un evento que toda la sociedad o un grupo
de particulares desea resaltar. Esto es positivo para asuntos que vagamente
nos preocupan, como en el caso del medio ambiente o para asuntos que
nos preocupan todos los días, pero que pueden superar nuestra capacidad
de lucha, como en el caso de la guerra o la pobreza la ubicuidad de
dichos problemas ha hecho que la urgencia se disuelva en esa especie
de olvido denominado cotidianeidad.
En fin, la
conmemoración de un día dedicado a un tema específico nos recuerda
aquello que es esencial. Es para hacer cierto énfasis que celebramos
las fechas patrias, los aniversarios de las instituciones y otras efemérides
de mayor o menor relevancia. A pesar de las buenas intenciones, y de
lo bien organizado de los eventos, la forma de difundir estos encuentros
suele reflejar ciertos matices de nuestro bagaje cultural. En ese marco
podemos reflexionar en cuanto a la reciente `celebración´ del `Día
del Libro´ y el `Día del Derecho de Autor´, fecha que muchos organismos
editoriales del mundo coordinan todos los años durante la última semana
de abril.
ORIGEN DEL
DÍA DEL LIBRO
Para empezar
revisemos brevemente el origen de este evento. Se argumenta que el 23
de abril de 1616 coincidieron en su cita con la historia tres escritores
resaltantes que expiraban simultáneamente en tres sitios distintos:
El español
Miguel de Cervantes Saavedra, conocido por la primera novela moderna,
el Quijote, que nunca ha dejado de imprimirse. El peruano Inca Garcilaso
de la Vega, mestizo tanto en lo biológico como en lo espiritual quien
hoy día los latinoamericanos deberían conocer más. Y el inglés William
Shakespeare cuya obra como 'bardo de Avon' influenció las letras y
las tablas (1). Sin embargo, ninguno de ellos murió realmente en esa
fecha: Cervantes pasó a mejor vida un día antes y fue enterrado el
23; Garcilaso pudo haber fallecido uno o dos días antes del 23 y Shakespeare
murió en esa fecha pero del calendario juliano, correspondiendo a otro
día según el calendario gregoriano vigente actualmente. Sea cual sea
el momento exacto poco importa, lo que llama la atención es que se
trata de fechas vinculadas a decesos en vez de apogeos creativos. Extrañamente
se los recuerda por su trágica partida y no por las efemérides de
sus principales escritos.
Bajo dicho
referente biográfico, en 1995 esa particular fecha sirvió como hito
a la Conferencia General de la UNESCO para declarar el "Día mundial
del libro y los derechos de autor", a propuesta de la Unión Internacional
de Editores - UTE (2), es decir, se trató de una fúnebre propuesta
emitida desde la industria cultural. Este detalle relativo a quienes
impulsaron la propuesta es importante ya que a lo largo de la historia
hemos visto a los editores y a otros conglomerados empresariales enalteciendo
a los creadores. En esa iniciativa puede haber algo de culpa mezclada
con interés económico. Probablemente se desee también mantener el
mito del literato abnegado que con el que se distrae a la opinión pública
del real provecho del sector privado. Lo que es obvio es que incluso
en el tercer milenio pocos están llamando a celebrar el día del lector
y su evocación resulta un tanto indirecta.
LIBROS:
¿OMNIPRESENTES?
Habiéndose
festejado en décadas pasadas tantas celebraciones similares a las del
`día del Libro' y del 'Derecho de Autor' debemos reconocer que el nivel
de nuestra población más humilde no avanzó mucho en el acceso a una
masificación de la lectura y más bien aumentó el analfabetismo y
la exclusión lectora durante gobiernos conocidos como democráticos.
Específicamente el analfabetismo de Guatemala sigue siendo alto, llegando
al 27,5% (3), aspecto más bien vinculado a la miseria. Paradójicamente,
al mismo tiempo, se imprimían obras editadas de manera cada vez más
exquisita y refinada. Se llenaban de pared a pared algunas estanterías
elegantes repletas con portadas brillantes y papel fino, precisamente
en las mismas urbanizaciones más acaudaladas donde la juventud realmente
prefería dedicarle sus momentos de ocio a la emergente Internet y a
la absorbente televisión por suscripción.
Es decir, entre
el sector poblacional donde se disponía de la mayor accesibilidad a
la literatura las nuevas generaciones han estado alejándose masiva
y voluntariamente de la lectura. Pero en las librerías – a juzgar
por la profusa calidad de materiales, los contenidos especializados
y las imágenes policromas – a un observador calificable como `culto´
le hubiera parecido obvio que nuestra época había alcanzado un elevado
nivel nunca visto. Con cierta actitud positivista muchos habrían podido
declarar superada aquella especie de fase de oscurantismo.
A pesar de
ello, si dejábamos de mirar las librerías para observar entre la multitud,
percibíamos que los libros también estaban quedando cada vez más
lejos de quienes más los necesitaban, quienes habrían podido conquistar
un modo de vida más digno recurriendo a conocimientos liberadores.
Pero este alejamiento se ha fundamentado en restricciones directas o
indirectas que hicieron de este objeto literario un bien inaccesible
para muchos. Eso era evidente en el pasado, cuando la posesión de libros
era censurada (recordemos el inquisidor film `El nombre de la rosa´,
escrito por Umberto Eco y dirigido por Jean-Jacques Annaud) y ello también
se ha visualizado como un futuro apocalíptico (recordemos el distópico
film `Farenheit 451´, escrito por Ray Bradbury y dirigido por Francois
Truffaud). Pero más allá de la proyección histórica, incluso en
un país como Venezuela, bendecido por la riqueza petrolera, más de
una vez encontrábamos viviendas precarias donde uno de los signos más
notables de la pobreza se manifestaba en la ausencia de buenos libros,
o para ser más exactos, en la simple ausencia de cualquier libro. Se
suponía que la gente debía de alcanzar sus aspiraciones intelectuales
como pudiera, y si no podían lograrlo se les achacaba la culpa a ellos
mismos, sin criticar para nada el sistema en el cual se desenvolvían.
DERROTAMOS
EL ANALFABETISMO
Aquella ilusión
de progreso editorial de otras décadas cambió con el surgimiento del
movimiento progresista que hoy está avanzando en Venezuela y que está
permitiendo a muchos recorrer un sendero que antes parecía ajeno. La
gestión cultural hoy camina haciendo equilibrio entre cierto pragmatismo
y el idealismo necesario, debido a que hace pocos años despertamos
ante las escandalosas estadísticas de un extendido analfabetismo, que
ingenuamente creíamos haber superado, pero que se escondía en cada
calle y en cada ciudad de este país petrolero. El neoliberalismo nos
había ocultado un legado de más de millón y medio de coterráneos
que sólo encontraban en el papel mensajes cifrados, personas que afortunadamente
hoy saben leer y escribir debido a que se dejaron de lado los viejos
programas mitigadores que repetidamente habían demostrado su eficiente
potencial para el fracaso.
Concretamente,
a finales del siglo pasado, la distribución de 'libros' parecía una
privilegiada solución materialista ante un problema cognoscitivo, centrándose
principalmente en ese escaso objeto que estaba circunscrito dentro de
un mercado prohibitivo. Se afirmaba que hacían falta más libros mientras
se pasaba por alto que lo que verdaderamente requeríamos era de contar
con más ciudadanos que se consideraran lectores. Además la visión
postmoderna nos había debilitado la esperanza de tener una población
intelectualmente activa, mientras se nos repetía que `los venezolanos
no acostumbran a leer´ y otras menudencias por el estilo matizadas
de auto-subestimación. Por supuesto que aquella solución meramente
comercial no iba a resultar – la opción fundamentada en la distribución
del libros se limitaba a un simple fenómeno de compra/venta – pero
se continuaba con esa táctica porque ello iba a beneficiar a unos pocos.
Mientras unos
cuantos seguían leyendo lo más novedoso de la literatura, otros que
antes no podían siquiera entender un titular de la prensa comenzaban
a disfrutar de la autoestima, al poder entender por si mismos la realidad
sin necesitar intermediarios. Ese programa de alfabetización se denominó
'Misión Robinson' y aunque nos hayamos acostumbrado a su trascendencia
aún constituye un milagro colectivo que continúa sorprendiéndonos.
Derrotar el analfabetismo fue una meta que inicialmente tuvo un carácter
cuantitativo, pero luego el reto cualitativo pasó a ser el convertir
a esos nuevos ciudadanos en lectores regulares, por lo que el reto continúa
y tanto en misiones como en gestiones de otro tipo seguirán haciendo
falta buenos y muchos libros.
Una medida
de lo acertado de las experiencias de este tipo se halla en las estadísticas
relacionadas con las metas del milenio, que en Venezuela se están cumpliendo
a un ritmo que sorprende a los analistas de otras latitudes, precisamente
al ser declarados por la UNESCO como territorio libre de analfabetismo.
La moraleja que antes parecía inverosímil es que trabajando fuera
del esquema rígido del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional
se puede avanzar eficientemente. Incluso en el área cultural. Derrotamos
el analfabetismo porque nos ocupamos de personas – pensamos en José,
Juana, Pedrito o María – en vez de preocuparnos por los libros. Así
de simple.
POLÍTICAS
EDITORIALES
Desde la época
de nuestros abuelos el interior del país aún mantenía gran parte
de su identidad cultural dependiendo primariamente de una valiosa tradición
oral, situación de oralidad que no es de lamentar, pero que resultaba
insuficiente. Mientras tanto, antes del presente gobierno, la infraestructura
vinculada al libro se reducía a un conjunto de grandes librerías que
mayoritariamente se concentraban en Caracas. Esta red de imprentas y
librerías privadas se caracterizaba por constituir iniciativas particulares
que se sostenían en gran medida de la venta de textos escolares,
dependiendo de la anual renovación de libros que siempre necesitan
nuestros escolares y liceístas. Eso era lo que se podía cubrir.
La red de distribución
administrada por el gobierno todavía era un sueño, los fondos editoriales
eran un archipiélago disperso y el trabajo en red era algo que como
leitmotiv se reiteraba como tarea a implementar. Hasta que realmente
se hizo y hoy continúa creciendo gracias a la gestión que ha venido
manteniendo el Centro Nacional del Libro (CENAL) con sus librerías
y ferias esparcidas a lo largo del territorio. Es decir, el plan incluye
mucho más allá de lo que antes solo tomaba en cuenta a Caracas. Lo
mismo ocurría en décadas pasadas con las bibliotecas públicas, que
formaban una red heterogénea y dispersa, contando con una diversidad
de prioridades dependientes del compromiso de los funcionarios de turno,
aspecto que ha mejorado con la gestión de la Biblioteca Nacional que
sigue trabajando con una visión liberadora para dejar de ser un mero
depósito de creatividad literaria. Otro buen augurio está girando
en las rotativas de la Imprenta de la Cultura, que alivia la carencia
de medios de producción para muchos de los escritores ignorados por
el mercado.
Es la difícil
situación lo que motivó la socialización de la lectura como fenómeno
de emancipación y lo que ha desembocado en la democratización de los
procesos intelectuales de diversos modos. Es decir, el libro es una
herramienta que forma parte de un movimiento más relevante, el libro
no es el movimiento en sí mismo. Esto que hoy parece obvio fue acallado
durante las décadas para favorecer las ventas. Esto implica un cambio
de paradigmas que todavía deben ser incorporados ya que las políticas
públicas que hoy se adoptan son diferentes de aquellas fórmulas aplicadas
sin éxito sustancial, durante generaciones. Se requiere de una concientización
permanente de los cuadros dirigenciales bajo la luz de esta otra lógica,
aspecto que debe llevarnos a una reflexión en torno a la pertinencia
del derecho de autor. Es por ello que lo que hoy se realiza puede parecer
absurdo dependiendo de si el análisis se ventila a la luz de viejos
o nuevos paradigmas.
En este sentido,
había que dejar de depender solamente de la simple compra de libros
a los empresarios – como principal mecanismo – y mantener esa opción
mercantil como un elemento complementario para poder adoptar como prioridad
la incidencia directa dentro del escenario cultural, favoreciendo nuevas
relaciones fundamentadas en nuevas perspectivas. Obviamente, no se trata
de proscribir la actividad editorial privada – la cual seguirá existiendo
y cumpliendo sus funciones – sino que ya era oportuno y urgente tener
una alternativa endógena y solidaria en concordancia con las políticas
públicas. Es así que se ha venido trabajando en el sistema escolar
(implementación de las bibliotecas de aula), en librerías populares
(libros valiosos a precios accesibles), en las bibliotecas públicas
(ofreciendo una diversidad que obras mas acorde a nuestra realidad)
y en la calle (regalando millones de ejemplares del Quijote, Los miserables,
la denominada biblioteca familiar y otros títulos relevantes).
EL INICIO
DE UNA MANIPULACIÓN
Por otro lado
hay que notar que junto con el 'día del libro' se ha estado celebrando
el 'día del derecho de autor', ya que ambos asuntos siempre han estado
vinculados tras la invención de la imprenta. La historia del derecho
de autor que se conoce comúnmente suele estar bien adornada de florituras
y lugares comunes que sugieren que se trató de una justa reivindicación
a los meritorios individuos. Pero algunos investigadores europeos han
profundizado en los verdaderos orígenes de un legado lleno de viejos
intereses ocultos y prolongadas tensiones económicas. Recordemos aquí
algunos detalles poco conocidos de esa historia, ocurrida antes del
establecimiento del sistema internacional de derechos de autor o del
'copyright', cuando en el siglo XVI existió lo que se conoció en Inglaterra
como el 'privilegio de la compañía papelera'.
Tal como lo
refleja la etimología del vocablo, el 'privilegio' constituía una
'ley-privada' que era aplicada desde un gremio poderoso del sector cultural
que, con el aval de unos reyes que inicialmente estaban poco interesados
en el asunto comercial, llegó a imponer contra la propia realeza unos
precios exagerados. Evidentemente en aquel momento los siervos que carecían
de derechos, por ser casi esclavos, ni siquiera soñaban con poseer
un libro, mucho menos soñaban con ser autores. Además muchas de las
grandes ciudades apenas tendrían cerca del uno por ciento de población
alfabetizada por lo que la ganancia debía alcanzarse con la venta de
unos pocos ejemplares. Las ganancias al mayor todavía eran un remoto
deseo y el mercado se concentraba en la punta de la pirámide poblacional.
La especulación en el comercio de libros la efectuaban los primeros
fabricantes, prácticamente estafando a los aristócratas, situación
que llegó a tal punto que la corona había decidido decretar la eliminación
del monopolio de estos papeleros-editores, quienes entonces se preocuparon
porque a esa emergente clase media inversionista se les iba a terminar
la ventaja.
La solución
que concibieron aquellos mismos papeleros que controlaban el mercado
fue proponer a la monarquía que el orden jurídico pasara a beneficiar
a los autores, es decir que el derecho iba a ser ejercido por uno de
los sectores que ya trabajaban sometidos bajo la sombra de los propios
editores y quienes en esa época tenían la misma categoría que cualquier
artesano encuadernador o que un simple librero. Por supuesto, hoy la
historia recuerda a diversos escritores notables de la época, pero
esos notables sólo tenían derechos por razones ajenas a la literatura,
es decir por jugar algún rol como cortesanos o tal vez por tener algún
tipo de estatus económico, título monárquico o poder religioso. Es
decir, el escritor humilde siguió teniendo la misma carencia de derechos
que un zapatero o albañil que pertenecía a la plebe. Hay que notar
que ese aparente logro de los autores – que entonces parecían dominar
la legislación autoral – no ocurrió gracias a protestas significativas
de parte de aquellos amanuenses y redactores mayoritariamente anónimos,
ya que el escritor laico constituía un engranaje más de la cadena
de explotación laboral y era tratado casi con la misma baja jerarquía
que el personal técnico.
Es decir que,
cuando en 1709 se emitió en Inglaterra el histórico Estatuto de la
Reina Ana – la primera norma autoral que idealmente iría a poner
un freno a la especulación de los libreros – no se trataba verdaderamente
de una generosa medida de la corona a favor de los escritores, sino
que ello fue una estrategia concertada durante las tensiones entre el
poder monárquico y la emergente burguesía para poder mantener el comercio
de libros dentro del marco de la exclusividad. El sistema restrictivo
fue un poco menos obvio, pero no cambió sustancialmente. Si hubiera
habido un cambio radical los escritores premodernos hubieran podido
hacer fortuna en aquel entonces, pero todavía hoy eso es una vana aspiración
para la mayoría.
UNIVERSALIZACIÓN
DE LA INJUSTICIA
Es debido a
lo anterior que sería falso suponer que el actual sistema de derechos
de autor se ha distorsionado `últimamente´ para beneficiar
exageradamente a los editores… más bien, una afirmación más acertada
sería decir que desde su inicio el sistema `siempre´ funcionó
de esa manera, a favor de unos pocos y en perjuicio de muchos, ya sean
autores o lectores. Sea cual sea el enfoque que se adopte – es decir,
ya sea que se confíe en la tesis de la reciente tergiversación del
sistema, o se adopte la tesis de la continuidad de una vieja injusticia
– el resultado es que actualmente el derecho humano de las personas
naturales que están en los extremos del fenómeno cultural, como son
los escritores y los lectores, está siendo restringido o disfrutado
por las personas jurídicas intermediarias, como son las corporaciones
que dominan los recursos financieros y los medios de reproducción y
distribución masiva. Aquel que posee los libros al por mayor, es decir
el gran productor, inversor o vendedor, se adueña tanto del proceso
creativo previo así como del proceso de aprendizaje subsiguiente que
pudiera beneficiar a los lectores.
El sistema
de derecho de autor o copyright que conocemos sigue siendo un relicto
de aquellas injustas relaciones económicas casi feudales – que luego
se ampliaron entre las naciones de corte imperial – que finalmente
pasaron a nuestras tierras en la dinámica colonial. Esta lógica de
mercado fue concebida por países con una alta productividad intelectual,
precisamente desde el continente europeo donde primero adoptaron la
imprenta – a mayor escala que el resto del planeta – para poder
obtener recursos de los países periféricos que progresivamente se
fueron independizando en lo que hoy conocemos como tercer mundo.
EL MISMO
MITO EN EL CASO DE VENEZUELA
Lo paradójico
es que tras la independencia de los países latinoamericanos generalmente
se adoptaron los modelos de derecho de autor o copyright que fueron
establecidos a favor de los grandes centros de masificación de la cultura,
quienes obviamente intermediaron a favor de su cultura occidental en
desmedro de la nuestra. Es decir, en vez de reconocer las carencias
educativas locales – ya que hace uno o dos siglos se requería elevar
rápidamente el conocimiento de una población devastada por las guerras
emancipadoras – – asumimos la ideología del poderoso que nos mantenía
en el rol de ser consumidores pasivos de libros, mientras nos encausábamos
como perdedores en la competencia del mercado mundial. Es decir, lo
que se ganó militarmente derramando sangre patriota contra las armas
peninsulares, se perdió bajo los monopolios de la incipiente industria
cultural, sometidos ante el poderío editorial que mantuvo ininterrumpida
la transculturización. Esto quedó avalado por medio de la adopción
de doctrinas jurídicas ajenas en materia de propiedad intelectual.
Por ejemplo,
la primera ley que regula los derechos de los autores en Venezuela,
emitida en 1839 durante el gobierno de José Antonio Páez (4) reflejaba
muchas de las conveniencias de la cultura europea. Desde entonces no
se tenía muy en claro cómo promover legalmente la universalización
de la educación pública dentro de un sistema signado por la exclusividad.
Es por ello que si hoy todavía estuviera en funcionamiento aquella
vieja Casa Guipuzcoana – esa especie de aduana que antaño servía
para canalizar hacia España las ganancias que producían nuestros antepasados
– seguramente una de sus habitaciones se hubiera dedicado para controlar
el intercambio bibliográfico bajo la visión ajena de la mal llamada
'propiedad' intelectual y su herramienta de exclusión denominada `derecho
de autor´ o `copyright´. Hoy día el espíritu de la vieja Casa Guipuzcoana
revive en los alegatos de antipiratería que evocan las vetustas manipulaciones,
donde el infractor suele ser mestizo y el probo suele ser caucásico.
No es casual
que nuestra población, que durante la independencia tenía escaso acceso
a la educación, todavía tenga un escaso nivel cultural y que todavía
seamos económicamente dependientes: esa situación de desventaja no
es casual, mas bien es garantizada por los tratados internacionales
que hemos suscrito en relación a este tema. A parte de los pocos escritores
famosos y bien cotizados, la mayoría de los autores comunes – en
vez de 'un beneficio económico real' – lo que disfrutan es
apenas 'la esperanza de un posible beneficio' que generalmente queda
en manos de los intermediarios. Es por ello que el título de las leyes
autorales vigentes en Latinoamérica debería ser `Ley de los viejos
privilegios de los intermediarios que se escudan tras los autores´.
A pesar de
lo restrictivo de los acuerdos en materia de derecho de autor, como
el influyente Convenio de Berna (5), muchas organizaciones que culturalmente
dependen de la creatividad dominada por los países del norte celebran
la apropiación del intelecto como si ello fuera un fenómeno adecuado.
Basta con recordar que el 98% de las películas que se proyectan en
los cines de Latinoamérica provienen de un solo país. Adivinen cual…
Pocos son los organismos como el Servicio Autónomo de la Propiedad
Intelectual (SAPI), que en estas fechas decidió desarrollar una jornada
de reflexión y crítica al sistema internacional monopólico – en
vez de `celebrar´ el `día de la propiedad intelectual´ – fecha
que también coincide con el final del mes de abril.
CELEBRACIONES
SURREALES
La descontextualizada
celebración del `día del derecho de autor´ refleja un sentido leguleyo
que es difícil de asimilar, ya que el `derecho de autor´ es una simple
figura jurídico-administrativa. Sería casi lo mismo que nos aprestáramos
a celebrar el `día de la licitación´, la `semana del traspaso´,
el `mes del préstamo´ o el `año del contrato´. Hemos estado ofreciendo
loas a elementos abstractos restringidos por una visión materialista
concebida por abogados o inversores. Todavía hay quienes creen que
la palabra `autor´ parece darle un toque humanista al derecho de autor,
pero si escudriñamos en el tema percibimos que esos creadores siguen
siendo unos simples explotados, que para ver sus obras publicadas deben
ceder sus derechos fundamentales a una empresa debido al desigual poder
de negociación. Otro aspecto notable es que la convocatoria del día
del derecho de autor continúa signada por la iniciativa de los empresarios
que obtienen los beneficios del ámbito artístico, recreativo, musical,
audiovisual o informático.
El día del
derecho de autor carece de pertinencia porque la cultura se ha visto
como una forma de 'propiedad' – tal como si fuera un carro o un terreno
– esa propiedad suele ser considerada buena para los pocos inversores
que terminan actuando abusivamente como `titulares´ de los textos generados
por otros. Es así que un banquero puede terminar disfrutando de los
derechos de autor sin haber escrito una línea y es por ello que el
derecho se ha dividido en facultades morales y facultades patrimoniales,
para poder justificar una expropiación más digerible. En ese ámbito
cultural también resultan siendo defensores de la propiedad aquellos
creadores que engañados por la aparente neutralidad de las leyes aspiran
a beneficiarse del sistema, hasta que la experiencia les ofrece un desengaño.
Mientras la atención se concentra en pocos individuos o personalidades
que excepcionalmente se encuentran en la cúspide de la fama, muchos
suelen olvidar las necesidades económicas de esos miles de creadores
casi desconocidos cuyas obras no llegan a manos del público.
¿Porqué no
dejar que los mismos autores festejen 'el día de los autores' a sus
anchas? en vez montar la parodia de subvencionar con recursos de las
cámaras editoriales la celebración que deberían poder pagar los mismos
creadores. Todo ello se hace para rendir homenaje a la figura jurídica
del 'derecho de autor' en vez de celebrar al propio autor o autora.
¿Acaso algunos documentos registrados irán a salir de los archivos
a brindar alrededor de una mesa? Un expediente de derecho de autor,
un formulario de solicitud de trámite o un papel que contenga una licencia
no tienen ni manos con las que levantar una copa. Esta incongruencia
nos ofrece la pista: el homenaje debe haber sido inspirado por decisión
de abogados y bufetes legales.
Otra paradoja
está en olvidar que los autores son relevantes en la medida de que
su mensaje llega a la sociedad que necesita, disfruta y admira su genio.
Celebrar el día del autor sin que la audiencia que recibe sus mensajes
o su propuesta estética asuma un rol protagónico refleja la fragmentación
de un proceso que valora la privatización de contenidos vendibles,
sin importar si esos contenidos efectivamente fecundan algún nuevo
pensamiento entre los ciudadanos de su época. Poco haremos a favor
de Cervantes, Gracilazo o Shakespeare si reactivamos el dominio privado,
al conceder derechos a traductores y adaptadores, cuando los huesos
de los verdaderos autores ya deben haberse convertido en polvo. El mensaje
de estos verdaderos talentos debe seguir llegando a más ojos que jamás
pudieron leerlos, pero igualmente debemos favorecer que muchos nuevos
autores se difundan más ampliamente con subvenciones públicas que
viabilicen el sustento de los creadores. Estimular el ingreso de las
obras en el dominio público permitirá educar e inspirar libremente
a José, Juana, Pedrito o María, aunque a estos nombres sólo los conozcan
en casa de su familia.
LA CONCIENCIA
COMO ALTERNATIVA
A fin de mitigar
los malentendidos un grupo de voluntarios apoyados por el SAPI acaba
de publicar la traducción y edición de una obra relevante para cualquier
interesado en estos temas, se trata del Dossier Copia/Sur (6), un expediente
escrito en 2006 por un conjunto plurinacional de activistas reunidos
en el Copysouth Research Group. La obra de 200 páginas puede descargarse
gratuitamente desde Internet y puede distribuirse sin restricciones
si se hace sin fines de lucro, demostrando que otra difusión es posible
dentro de la solidaria estrategia del copyleft. Sin embargo, es primordial
que reflexiones como esas no solo lleguen a los ojos de los intelectuales
más críticos, sino que sean concientizados los grupos de base que
pueden servir como multiplicadores del mensaje de la equidad intelectual.
Es por ello que ese libro ha sido escrito sin mayores tecnicismos, esperando
que el ciudadano promedio pueda asimilar su contenido por medio de ejemplos
y casos reales.
Para reorientar
el cambio en la socialización del aprendizaje y de otros fenómenos
intangibles se debe recuperar el tiempo perdido durante largas generaciones,
para despertar colectivamente viendo que todavía existen viejas cadenas
– y que las seguirá habiendo – mientras se convoque a celebrar
el 'día del libro' en vez de celebrar el 'día de la lectura', en vez
del `día de la literatura' o más bien el 'día del lector o del escritor'.
Este cambio sería significativo para retomar la visión humanista que
debe guiar nuestros objetivos. Celebrar el día del libro tendría el
mismo valor que celebrar el día del zapato o el día de la silla, simples
objetos que pueden ser importantes, pero cuya celebración fetichista
sólo interesa a los fabricantes respectivos porque ayuda a facilitar
la tarea de los publicistas.
Por otro lado,
aquel que verdaderamente desee pasar un día leyendo un libro en particular
debería recordar cuál es el auténtico `best-seller´, si se me permite
el extranjerismo, me refiero al librito azul que todos conocemos como
Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (7), que ha
sido la obra de autoría compartida que más se ha distribuido en el
país en apenas 10 años. Su lectura en Latinoamérica también puede
favorecer la comprensión de la democratización cultural y la integración
regional que fortalecería el libre acceso a las artes y las letras.
Un artículo importante para desmontar la 'excluyente-exclusividad'
del derecho de autor está en el capítulo de los derechos económicos,
donde el artículo 113 establece que “no se permitirán monopolios”,
aspecto que convierte en inconstitucional la esencia de la propiedad
intelectual.
Finalmente,
hay que superar más allá de este asunto casi anecdótico de revisar
el apelativo o las fechas notables que motivaron estas páginas. Aunque
la identificación de estas celebraciones refleja matices ideológicos
caducos, la energía invertida en conmemoraciones – del día del libro,
el del derecho de autor o el de la propiedad intelectual – debería
dedicarse a luchar en la solución de lo que debemos cambiar. En ese
sentido debemos reconocer que lo prioritario es descolonizar las leyes
en la materia para que las ideas salgan de los papeles hasta llegar
a generar cambios cotidianos en la calle. Sin nuevas leyes no podremos
voltear la desventaja legalizada que el sistema competitivo ha construido
intencional y sutilmente para mantener a los más débiles donde siempre
han estado – abajo – pero será muy difícil lograrlo si en la vida
real la opinión pública no se deslastra de las leyendas color rosa
que a lo largo de siglos han transmitido los defensores de un derecho
de autor que puede y suele ser expropiado por las corporaciones.
Obviamente,
la lectura nos hará libres.
Una verdad
más ética también.
-------------------------------------
(1) http://es.wikipedia.org/
(2) Día del libro y del derecho
de autor http://www.universia.edu.pe/noticias/principales/destacada.php?id=31953
(3) Analfabetismo oscurece
al día del libro: http://www.protocolo.com.mx/articulos.php?id_sec=11&id_art=2127
(4) Ley del 19 de abril de
1839, que asegura la propiedad de las producciones literarias. Emitida
por el Senado y la Cámara de Representantes de la República de Venezuela,
reunidos en Congreso.
(5) Convenio de Berna para
la protección de Obras Literarias y Artísticas, acuerdo administrado
por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual y firmado desde
1886 por 163 países: http://www.wipo.int/treaties/es/ip/berne/
(6) El dossier copia/sur, problemas
económicos, políticos e ideológicos del copyright (derecho de autor)
en el sur global: http://www.kent.ac.uk/law/copysouth/es/index.html
(7) Constitución de la República
Bolivariana de Venezuela. 1999: http://www.constitucion.ve/documentos/ConstitucionRBV1999-ES.pdf Disponible también en
inglés, francés, italiano, árabe y wayuunaiki: http://www.constitucion.ve/02_otros_idiomas.html
rcarrenoforos@yahoo.es