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Viejos paradigmas y nuevas exclusiones de la `propiedad´ intelectual
Redimensionado el Día del Libro y del Derecho de Autor
Por: Rafael Carreño
Fecha de publicación: 12/05/08
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En general, las celebraciones nos ayudan a poner un hito en el calendario y focalizan la atención de los medios en un evento que toda la sociedad o un grupo de particulares desea resaltar. Esto es positivo para asuntos que vagamente nos preocupan, como en el caso del medio ambiente o para asuntos que nos preocupan todos los días, pero que pueden superar nuestra capacidad de lucha, como en el caso de la guerra o la pobreza la ubicuidad de dichos problemas ha hecho que la urgencia se disuelva en esa especie de olvido denominado cotidianeidad.

En fin, la conmemoración de un día dedicado a un tema específico nos recuerda aquello que es esencial. Es para hacer cierto énfasis que celebramos las fechas patrias, los aniversarios de las instituciones y otras efemérides de mayor o menor relevancia. A pesar de las buenas intenciones, y de lo bien organizado de los eventos, la forma de difundir estos encuentros suele reflejar ciertos matices de nuestro bagaje cultural. En ese marco podemos reflexionar en cuanto a la reciente `celebración´ del `Día del Libro´ y el `Día del Derecho de Autor´, fecha que muchos organismos editoriales del mundo coordinan todos los años durante la última semana de abril.

ORIGEN DEL DÍA DEL LIBRO

Para empezar revisemos brevemente el origen de este evento. Se argumenta que el 23 de abril de 1616 coincidieron en su cita con la historia tres escritores resaltantes que expiraban simultáneamente en tres sitios distintos:

El español Miguel de Cervantes Saavedra, conocido por la primera novela moderna, el Quijote, que nunca ha dejado de imprimirse. El peruano Inca Garcilaso de la Vega, mestizo tanto en lo biológico como en lo espiritual quien hoy día los latinoamericanos deberían conocer más. Y el inglés William Shakespeare cuya obra como 'bardo de Avon' influenció las letras y las tablas (1). Sin embargo, ninguno de ellos murió realmente en esa fecha: Cervantes pasó a mejor vida un día antes y fue enterrado el 23; Garcilaso pudo haber fallecido uno o dos días antes del 23 y Shakespeare murió en esa fecha pero del calendario juliano, correspondiendo a otro día según el calendario gregoriano vigente actualmente. Sea cual sea el momento exacto poco importa, lo que llama la atención es que se trata de fechas vinculadas a decesos en vez de apogeos creativos. Extrañamente se los recuerda por su trágica partida y no por las efemérides de sus principales escritos.

Bajo dicho referente biográfico, en 1995 esa particular fecha sirvió como hito a la Conferencia General de la UNESCO para declarar el "Día mundial del libro y los derechos de autor", a propuesta de la Unión Internacional de Editores - UTE (2), es decir, se trató de una fúnebre propuesta emitida desde la industria cultural. Este detalle relativo a quienes impulsaron la propuesta es importante ya que a lo largo de la historia hemos visto a los editores y a otros conglomerados empresariales enalteciendo a los creadores. En esa iniciativa puede haber algo de culpa mezclada con interés económico. Probablemente se desee también mantener el mito del literato abnegado que con el que se distrae a la opinión pública del real provecho del sector privado. Lo que es obvio es que incluso en el tercer milenio pocos están llamando a celebrar el día del lector y su evocación resulta un tanto indirecta.

LIBROS: ¿OMNIPRESENTES?

Habiéndose festejado en décadas pasadas tantas celebraciones similares a las del `día del Libro' y del 'Derecho de Autor' debemos reconocer que el nivel de nuestra población más humilde no avanzó mucho en el acceso a una masificación de la lectura y más bien aumentó el analfabetismo y la exclusión lectora durante gobiernos conocidos como democráticos. Específicamente el analfabetismo de Guatemala sigue siendo alto, llegando al 27,5% (3), aspecto más bien vinculado a la miseria. Paradójicamente, al mismo tiempo, se imprimían obras editadas de manera cada vez más exquisita y refinada. Se llenaban de pared a pared algunas estanterías elegantes repletas con portadas brillantes y papel fino, precisamente en las mismas urbanizaciones más acaudaladas donde la juventud realmente prefería dedicarle sus momentos de ocio a la emergente Internet y a la absorbente televisión por suscripción.

Es decir, entre el sector poblacional donde se disponía de la mayor accesibilidad a la literatura las nuevas generaciones han estado alejándose masiva y voluntariamente de la lectura. Pero en las librerías – a juzgar por la profusa calidad de materiales, los contenidos especializados y las imágenes policromas – a un observador calificable como `culto´ le hubiera parecido obvio que nuestra época había alcanzado un elevado nivel nunca visto. Con cierta actitud positivista muchos habrían podido declarar superada aquella especie de fase de oscurantismo.

A pesar de ello, si dejábamos de mirar las librerías para observar entre la multitud, percibíamos que los libros también estaban quedando cada vez más lejos de quienes más los necesitaban, quienes habrían podido conquistar un modo de vida más digno recurriendo a conocimientos liberadores. Pero este alejamiento se ha fundamentado en restricciones directas o indirectas que hicieron de este objeto literario un bien inaccesible para muchos. Eso era evidente en el pasado, cuando la posesión de libros era censurada (recordemos el inquisidor film `El nombre de la rosa´, escrito por Umberto Eco y dirigido por Jean-Jacques Annaud) y ello también se ha visualizado como un futuro apocalíptico (recordemos el distópico film `Farenheit 451´, escrito por Ray Bradbury y dirigido por Francois Truffaud). Pero más allá de la proyección histórica, incluso en un país como Venezuela, bendecido por la riqueza petrolera, más de una vez encontrábamos viviendas precarias donde uno de los signos más notables de la pobreza se manifestaba en la ausencia de buenos libros, o para ser más exactos, en la simple ausencia de cualquier libro. Se suponía que la gente debía de alcanzar sus aspiraciones intelectuales como pudiera, y si no podían lograrlo se les achacaba la culpa a ellos mismos, sin criticar para nada el sistema en el cual se desenvolvían.

DERROTAMOS EL ANALFABETISMO

Aquella ilusión de progreso editorial de otras décadas cambió con el surgimiento del movimiento progresista que hoy está avanzando en Venezuela y que está permitiendo a muchos recorrer un sendero que antes parecía ajeno. La gestión cultural hoy camina haciendo equilibrio entre cierto pragmatismo y el idealismo necesario, debido a que hace pocos años despertamos ante las escandalosas estadísticas de un extendido analfabetismo, que ingenuamente creíamos haber superado, pero que se escondía en cada calle y en cada ciudad de este país petrolero. El neoliberalismo nos había ocultado un legado de más de millón y medio de coterráneos que sólo encontraban en el papel mensajes cifrados, personas que afortunadamente hoy saben leer y escribir debido a que se dejaron de lado los viejos programas mitigadores que repetidamente habían demostrado su eficiente potencial para el fracaso.

Concretamente, a finales del siglo pasado, la distribución de 'libros' parecía una privilegiada solución materialista ante un problema cognoscitivo, centrándose principalmente en ese escaso objeto que estaba circunscrito dentro de un mercado prohibitivo. Se afirmaba que hacían falta más libros mientras se pasaba por alto que lo que verdaderamente requeríamos era de contar con más ciudadanos que se consideraran lectores. Además la visión postmoderna nos había debilitado la esperanza de tener una población intelectualmente activa, mientras se nos repetía que `los venezolanos no acostumbran a leer´ y otras menudencias por el estilo matizadas de auto-subestimación. Por supuesto que aquella solución meramente comercial no iba a resultar – la opción fundamentada en la distribución del libros se limitaba a un simple fenómeno de compra/venta – pero se continuaba con esa táctica porque ello iba a beneficiar a unos pocos.

Mientras unos cuantos seguían leyendo lo más novedoso de la literatura, otros que antes no podían siquiera entender un titular de la prensa comenzaban a disfrutar de la autoestima, al poder entender por si mismos la realidad sin necesitar intermediarios. Ese programa de alfabetización se denominó 'Misión Robinson' y aunque nos hayamos acostumbrado a su trascendencia aún constituye un milagro colectivo que continúa sorprendiéndonos. Derrotar el analfabetismo fue una meta que inicialmente tuvo un carácter cuantitativo, pero luego el reto cualitativo pasó a ser el convertir a esos nuevos ciudadanos en lectores regulares, por lo que el reto continúa y tanto en misiones como en gestiones de otro tipo seguirán haciendo falta buenos y muchos libros.

Una medida de lo acertado de las experiencias de este tipo se halla en las estadísticas relacionadas con las metas del milenio, que en Venezuela se están cumpliendo a un ritmo que sorprende a los analistas de otras latitudes, precisamente al ser declarados por la UNESCO como territorio libre de analfabetismo. La moraleja que antes parecía inverosímil es que trabajando fuera del esquema rígido del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional se puede avanzar eficientemente. Incluso en el área cultural. Derrotamos el analfabetismo porque nos ocupamos de personas – pensamos en José, Juana, Pedrito o María – en vez de preocuparnos por los libros. Así de simple.

POLÍTICAS EDITORIALES

Desde la época de nuestros abuelos el interior del país aún mantenía gran parte de su identidad cultural dependiendo primariamente de una valiosa tradición oral, situación de oralidad que no es de lamentar, pero que resultaba insuficiente. Mientras tanto, antes del presente gobierno, la infraestructura vinculada al libro se reducía a un conjunto de grandes librerías que mayoritariamente se concentraban en Caracas. Esta red de imprentas y librerías privadas se caracterizaba por constituir iniciativas particulares que se sostenían en gran medida de la venta de textos escolares, dependiendo de la anual renovación de libros que siempre necesitan nuestros escolares y liceístas. Eso era lo que se podía cubrir.

La red de distribución administrada por el gobierno todavía era un sueño, los fondos editoriales eran un archipiélago disperso y el trabajo en red era algo que como leitmotiv se reiteraba como tarea a implementar. Hasta que realmente se hizo y hoy continúa creciendo gracias a la gestión que ha venido manteniendo el Centro Nacional del Libro (CENAL) con sus librerías y ferias esparcidas a lo largo del territorio. Es decir, el plan incluye mucho más allá de lo que antes solo tomaba en cuenta a Caracas. Lo mismo ocurría en décadas pasadas con las bibliotecas públicas, que formaban una red heterogénea y dispersa, contando con una diversidad de prioridades dependientes del compromiso de los funcionarios de turno, aspecto que ha mejorado con la gestión de la Biblioteca Nacional que sigue trabajando con una visión liberadora para dejar de ser un mero depósito de creatividad literaria. Otro buen augurio está girando en las rotativas de la Imprenta de la Cultura, que alivia la carencia de medios de producción para muchos de los escritores ignorados por el mercado.

Es la difícil situación lo que motivó la socialización de la lectura como fenómeno de emancipación y lo que ha desembocado en la democratización de los procesos intelectuales de diversos modos. Es decir, el libro es una herramienta que forma parte de un movimiento más relevante, el libro no es el movimiento en sí mismo. Esto que hoy parece obvio fue acallado durante las décadas para favorecer las ventas. Esto implica un cambio de paradigmas que todavía deben ser incorporados ya que las políticas públicas que hoy se adoptan son diferentes de aquellas fórmulas aplicadas sin éxito sustancial, durante generaciones. Se requiere de una concientización permanente de los cuadros dirigenciales bajo la luz de esta otra lógica, aspecto que debe llevarnos a una reflexión en torno a la pertinencia del derecho de autor. Es por ello que lo que hoy se realiza puede parecer absurdo dependiendo de si el análisis se ventila a la luz de viejos o nuevos paradigmas.

En este sentido, había que dejar de depender solamente de la simple compra de libros a los empresarios – como principal mecanismo – y mantener esa opción mercantil como un elemento complementario para poder adoptar como prioridad la incidencia directa dentro del escenario cultural, favoreciendo nuevas relaciones fundamentadas en nuevas perspectivas. Obviamente, no se trata de proscribir la actividad editorial privada – la cual seguirá existiendo y cumpliendo sus funciones – sino que ya era oportuno y urgente tener una alternativa endógena y solidaria en concordancia con las políticas públicas. Es así que se ha venido trabajando en el sistema escolar (implementación de las bibliotecas de aula), en librerías populares (libros valiosos a precios accesibles), en las bibliotecas públicas (ofreciendo una diversidad que obras mas acorde a nuestra realidad) y en la calle (regalando millones de ejemplares del Quijote, Los miserables, la denominada biblioteca familiar y otros títulos relevantes).

EL INICIO DE UNA MANIPULACIÓN

Por otro lado hay que notar que junto con el 'día del libro' se ha estado celebrando el 'día del derecho de autor', ya que ambos asuntos siempre han estado vinculados tras la invención de la imprenta. La historia del derecho de autor que se conoce comúnmente suele estar bien adornada de florituras y lugares comunes que sugieren que se trató de una justa reivindicación a los meritorios individuos. Pero algunos investigadores europeos han profundizado en los verdaderos orígenes de un legado lleno de viejos intereses ocultos y prolongadas tensiones económicas. Recordemos aquí algunos detalles poco conocidos de esa historia, ocurrida antes del establecimiento del sistema internacional de derechos de autor o del 'copyright', cuando en el siglo XVI existió lo que se conoció en Inglaterra como el 'privilegio de la compañía papelera'.

Tal como lo refleja la etimología del vocablo, el 'privilegio' constituía una 'ley-privada' que era aplicada desde un gremio poderoso del sector cultural que, con el aval de unos reyes que inicialmente estaban poco interesados en el asunto comercial, llegó a imponer contra la propia realeza unos precios exagerados. Evidentemente en aquel momento los siervos que carecían de derechos, por ser casi esclavos, ni siquiera soñaban con poseer un libro, mucho menos soñaban con ser autores. Además muchas de las grandes ciudades apenas tendrían cerca del uno por ciento de población alfabetizada por lo que la ganancia debía alcanzarse con la venta de unos pocos ejemplares. Las ganancias al mayor todavía eran un remoto deseo y el mercado se concentraba en la punta de la pirámide poblacional. La especulación en el comercio de libros la efectuaban los primeros fabricantes, prácticamente estafando a los aristócratas, situación que llegó a tal punto que la corona había decidido decretar la eliminación del monopolio de estos papeleros-editores, quienes entonces se preocuparon porque a esa emergente clase media inversionista se les iba a terminar la ventaja.

La solución que concibieron aquellos mismos papeleros que controlaban el mercado fue proponer a la monarquía que el orden jurídico pasara a beneficiar a los autores, es decir que el derecho iba a ser ejercido por uno de los sectores que ya trabajaban sometidos bajo la sombra de los propios editores y quienes en esa época tenían la misma categoría que cualquier artesano encuadernador o que un simple librero. Por supuesto, hoy la historia recuerda a diversos escritores notables de la época, pero esos notables sólo tenían derechos por razones ajenas a la literatura, es decir por jugar algún rol como cortesanos o tal vez por tener algún tipo de estatus económico, título monárquico o poder religioso. Es decir, el escritor humilde siguió teniendo la misma carencia de derechos que un zapatero o albañil que pertenecía a la plebe. Hay que notar que ese aparente logro de los autores – que entonces parecían dominar la legislación autoral – no ocurrió gracias a protestas significativas de parte de aquellos amanuenses y redactores mayoritariamente anónimos, ya que el escritor laico constituía un engranaje más de la cadena de explotación laboral y era tratado casi con la misma baja jerarquía que el personal técnico.

Es decir que, cuando en 1709 se emitió en Inglaterra el histórico Estatuto de la Reina Ana – la primera norma autoral que idealmente iría a poner un freno a la especulación de los libreros – no se trataba verdaderamente de una generosa medida de la corona a favor de los escritores, sino que ello fue una estrategia concertada durante las tensiones entre el poder monárquico y la emergente burguesía para poder mantener el comercio de libros dentro del marco de la exclusividad. El sistema restrictivo fue un poco menos obvio, pero no cambió sustancialmente. Si hubiera habido un cambio radical los escritores premodernos hubieran podido hacer fortuna en aquel entonces, pero todavía hoy eso es una vana aspiración para la mayoría.

UNIVERSALIZACIÓN DE LA INJUSTICIA

Es debido a lo anterior que sería falso suponer que el actual sistema de derechos de autor se ha distorsionado `últimamente´ para beneficiar exageradamente a los editores… más bien, una afirmación más acertada sería decir que desde su inicio el sistema `siempre´ funcionó de esa manera, a favor de unos pocos y en perjuicio de muchos, ya sean autores o lectores. Sea cual sea el enfoque que se adopte – es decir, ya sea que se confíe en la tesis de la reciente tergiversación del sistema, o se adopte la tesis de la continuidad de una vieja injusticia – el resultado es que actualmente el derecho humano de las personas naturales que están en los extremos del fenómeno cultural, como son los escritores y los lectores, está siendo restringido o disfrutado por las personas jurídicas intermediarias, como son las corporaciones que dominan los recursos financieros y los medios de reproducción y distribución masiva. Aquel que posee los libros al por mayor, es decir el gran productor, inversor o vendedor, se adueña tanto del proceso creativo previo así como del proceso de aprendizaje subsiguiente que pudiera beneficiar a los lectores.

El sistema de derecho de autor o copyright que conocemos sigue siendo un relicto de aquellas injustas relaciones económicas casi feudales – que luego se ampliaron entre las naciones de corte imperial – que finalmente pasaron a nuestras tierras en la dinámica colonial. Esta lógica de mercado fue concebida por países con una alta productividad intelectual, precisamente desde el continente europeo donde primero adoptaron la imprenta – a mayor escala que el resto del planeta – para poder obtener recursos de los países periféricos que progresivamente se fueron independizando en lo que hoy conocemos como tercer mundo.

EL MISMO MITO EN EL CASO DE VENEZUELA

Lo paradójico es que tras la independencia de los países latinoamericanos generalmente se adoptaron los modelos de derecho de autor o copyright que fueron establecidos a favor de los grandes centros de masificación de la cultura, quienes obviamente intermediaron a favor de su cultura occidental en desmedro de la nuestra. Es decir, en vez de reconocer las carencias educativas locales – ya que hace uno o dos siglos se requería elevar rápidamente el conocimiento de una población devastada por las guerras emancipadoras – – asumimos la ideología del poderoso que nos mantenía en el rol de ser consumidores pasivos de libros, mientras nos encausábamos como perdedores en la competencia del mercado mundial. Es decir, lo que se ganó militarmente derramando sangre patriota contra las armas peninsulares, se perdió bajo los monopolios de la incipiente industria cultural, sometidos ante el poderío editorial que mantuvo ininterrumpida la transculturización. Esto quedó avalado por medio de la adopción de doctrinas jurídicas ajenas en materia de propiedad intelectual.

Por ejemplo, la primera ley que regula los derechos de los autores en Venezuela, emitida en 1839 durante el gobierno de José Antonio Páez (4) reflejaba muchas de las conveniencias de la cultura europea. Desde entonces no se tenía muy en claro cómo promover legalmente la universalización de la educación pública dentro de un sistema signado por la exclusividad. Es por ello que si hoy todavía estuviera en funcionamiento aquella vieja Casa Guipuzcoana – esa especie de aduana que antaño servía para canalizar hacia España las ganancias que producían nuestros antepasados – seguramente una de sus habitaciones se hubiera dedicado para controlar el intercambio bibliográfico bajo la visión ajena de la mal llamada 'propiedad' intelectual y su herramienta de exclusión denominada `derecho de autor´ o `copyright´. Hoy día el espíritu de la vieja Casa Guipuzcoana revive en los alegatos de antipiratería que evocan las vetustas manipulaciones, donde el infractor suele ser mestizo y el probo suele ser caucásico.

No es casual que nuestra población, que durante la independencia tenía escaso acceso a la educación, todavía tenga un escaso nivel cultural y que todavía seamos económicamente dependientes: esa situación de desventaja no es casual, mas bien es garantizada por los tratados internacionales que hemos suscrito en relación a este tema. A parte de los pocos escritores famosos y bien cotizados, la mayoría de los autores comunes – en vez de 'un beneficio económico real' – lo que disfrutan es apenas 'la esperanza de un posible beneficio' que generalmente queda en manos de los intermediarios. Es por ello que el título de las leyes autorales vigentes en Latinoamérica debería ser `Ley de los viejos privilegios de los intermediarios que se escudan tras los autores´.

A pesar de lo restrictivo de los acuerdos en materia de derecho de autor, como el influyente Convenio de Berna (5), muchas organizaciones que culturalmente dependen de la creatividad dominada por los países del norte celebran la apropiación del intelecto como si ello fuera un fenómeno adecuado. Basta con recordar que el 98% de las películas que se proyectan en los cines de Latinoamérica provienen de un solo país. Adivinen cual… Pocos son los organismos como el Servicio Autónomo de la Propiedad Intelectual (SAPI), que en estas fechas decidió desarrollar una jornada de reflexión y crítica al sistema internacional monopólico – en vez de `celebrar´ el `día de la propiedad intelectual´ – fecha que también coincide con el final del mes de abril.

CELEBRACIONES SURREALES

La descontextualizada celebración del `día del derecho de autor´ refleja un sentido leguleyo que es difícil de asimilar, ya que el `derecho de autor´ es una simple figura jurídico-administrativa. Sería casi lo mismo que nos aprestáramos a celebrar el `día de la licitación´, la `semana del traspaso´, el `mes del préstamo´ o el `año del contrato´. Hemos estado ofreciendo loas a elementos abstractos restringidos por una visión materialista concebida por abogados o inversores. Todavía hay quienes creen que la palabra `autor´ parece darle un toque humanista al derecho de autor, pero si escudriñamos en el tema percibimos que esos creadores siguen siendo unos simples explotados, que para ver sus obras publicadas deben ceder sus derechos fundamentales a una empresa debido al desigual poder de negociación. Otro aspecto notable es que la convocatoria del día del derecho de autor continúa signada por la iniciativa de los empresarios que obtienen los beneficios del ámbito artístico, recreativo, musical, audiovisual o informático.

El día del derecho de autor carece de pertinencia porque la cultura se ha visto como una forma de 'propiedad' – tal como si fuera un carro o un terreno – esa propiedad suele ser considerada buena para los pocos inversores que terminan actuando abusivamente como `titulares´ de los textos generados por otros. Es así que un banquero puede terminar disfrutando de los derechos de autor sin haber escrito una línea y es por ello que el derecho se ha dividido en facultades morales y facultades patrimoniales, para poder justificar una expropiación más digerible. En ese ámbito cultural también resultan siendo defensores de la propiedad aquellos creadores que engañados por la aparente neutralidad de las leyes aspiran a beneficiarse del sistema, hasta que la experiencia les ofrece un desengaño. Mientras la atención se concentra en pocos individuos o personalidades que excepcionalmente se encuentran en la cúspide de la fama, muchos suelen olvidar las necesidades económicas de esos miles de creadores casi desconocidos cuyas obras no llegan a manos del público.

¿Porqué no dejar que los mismos autores festejen 'el día de los autores' a sus anchas? en vez montar la parodia de subvencionar con recursos de las cámaras editoriales la celebración que deberían poder pagar los mismos creadores. Todo ello se hace para rendir homenaje a la figura jurídica del 'derecho de autor' en vez de celebrar al propio autor o autora. ¿Acaso algunos documentos registrados irán a salir de los archivos a brindar alrededor de una mesa? Un expediente de derecho de autor, un formulario de solicitud de trámite o un papel que contenga una licencia no tienen ni manos con las que levantar una copa. Esta incongruencia nos ofrece la pista: el homenaje debe haber sido inspirado por decisión de abogados y bufetes legales.

Otra paradoja está en olvidar que los autores son relevantes en la medida de que su mensaje llega a la sociedad que necesita, disfruta y admira su genio. Celebrar el día del autor sin que la audiencia que recibe sus mensajes o su propuesta estética asuma un rol protagónico refleja la fragmentación de un proceso que valora la privatización de contenidos vendibles, sin importar si esos contenidos efectivamente fecundan algún nuevo pensamiento entre los ciudadanos de su época. Poco haremos a favor de Cervantes, Gracilazo o Shakespeare si reactivamos el dominio privado, al conceder derechos a traductores y adaptadores, cuando los huesos de los verdaderos autores ya deben haberse convertido en polvo. El mensaje de estos verdaderos talentos debe seguir llegando a más ojos que jamás pudieron leerlos, pero igualmente debemos favorecer que muchos nuevos autores se difundan más ampliamente con subvenciones públicas que viabilicen el sustento de los creadores. Estimular el ingreso de las obras en el dominio público permitirá educar e inspirar libremente a José, Juana, Pedrito o María, aunque a estos nombres sólo los conozcan en casa de su familia.

LA CONCIENCIA COMO ALTERNATIVA

A fin de mitigar los malentendidos un grupo de voluntarios apoyados por el SAPI acaba de publicar la traducción y edición de una obra relevante para cualquier interesado en estos temas, se trata del Dossier Copia/Sur (6), un expediente escrito en 2006 por un conjunto plurinacional de activistas reunidos en el Copysouth Research Group. La obra de 200 páginas puede descargarse gratuitamente desde Internet y puede distribuirse sin restricciones si se hace sin fines de lucro, demostrando que otra difusión es posible dentro de la solidaria estrategia del copyleft. Sin embargo, es primordial que reflexiones como esas no solo lleguen a los ojos de los intelectuales más críticos, sino que sean concientizados los grupos de base que pueden servir como multiplicadores del mensaje de la equidad intelectual. Es por ello que ese libro ha sido escrito sin mayores tecnicismos, esperando que el ciudadano promedio pueda asimilar su contenido por medio de ejemplos y casos reales.

Para reorientar el cambio en la socialización del aprendizaje y de otros fenómenos intangibles se debe recuperar el tiempo perdido durante largas generaciones, para despertar colectivamente viendo que todavía existen viejas cadenas – y que las seguirá habiendo – mientras se convoque a celebrar el 'día del libro' en vez de celebrar el 'día de la lectura', en vez del `día de la literatura' o más bien el 'día del lector o del escritor'. Este cambio sería significativo para retomar la visión humanista que debe guiar nuestros objetivos. Celebrar el día del libro tendría el mismo valor que celebrar el día del zapato o el día de la silla, simples objetos que pueden ser importantes, pero cuya celebración fetichista sólo interesa a los fabricantes respectivos porque ayuda a facilitar la tarea de los publicistas.

Por otro lado, aquel que verdaderamente desee pasar un día leyendo un libro en particular debería recordar cuál es el auténtico `best-seller´, si se me permite el extranjerismo, me refiero al librito azul que todos conocemos como Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (7), que ha sido la obra de autoría compartida que más se ha distribuido en el país en apenas 10 años. Su lectura en Latinoamérica también puede favorecer la comprensión de la democratización cultural y la integración regional que fortalecería el libre acceso a las artes y las letras. Un artículo importante para desmontar la 'excluyente-exclusividad' del derecho de autor está en el capítulo de los derechos económicos, donde el artículo 113 establece que “no se permitirán monopolios”, aspecto que convierte en inconstitucional la esencia de la propiedad intelectual.

Finalmente, hay que superar más allá de este asunto casi anecdótico de revisar el apelativo o las fechas notables que motivaron estas páginas. Aunque la identificación de estas celebraciones refleja matices ideológicos caducos, la energía invertida en conmemoraciones – del día del libro, el del derecho de autor o el de la propiedad intelectual – debería dedicarse a luchar en la solución de lo que debemos cambiar. En ese sentido debemos reconocer que lo prioritario es descolonizar las leyes en la materia para que las ideas salgan de los papeles hasta llegar a generar cambios cotidianos en la calle. Sin nuevas leyes no podremos voltear la desventaja legalizada que el sistema competitivo ha construido intencional y sutilmente para mantener a los más débiles donde siempre han estado – abajo – pero será muy difícil lograrlo si en la vida real la opinión pública no se deslastra de las leyendas color rosa que a lo largo de siglos han transmitido los defensores de un derecho de autor que puede y suele ser expropiado por las corporaciones.

Obviamente, la lectura nos hará libres.

Una verdad más ética también.

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(1) http://es.wikipedia.org/ 

(2) Día del libro y del derecho de autor http://www.universia.edu.pe/noticias/principales/destacada.php?id=31953 

(3) Analfabetismo oscurece al día del libro: http://www.protocolo.com.mx/articulos.php?id_sec=11&id_art=2127 

(4) Ley del 19 de abril de 1839, que asegura la propiedad de las producciones literarias. Emitida por el Senado y la Cámara de Representantes de la República de Venezuela, reunidos en Congreso.

(5) Convenio de Berna para la protección de Obras Literarias y Artísticas, acuerdo administrado por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual y firmado desde 1886 por 163 países: http://www.wipo.int/treaties/es/ip/berne/ 

(6) El dossier copia/sur, problemas económicos, políticos e ideológicos del copyright (derecho de autor) en el sur global: http://www.kent.ac.uk/law/copysouth/es/index.html 

(7) Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. 1999: http://www.constitucion.ve/documentos/ConstitucionRBV1999-ES.pdf Disponible también en inglés, francés, italiano, árabe y wayuunaiki: http://www.constitucion.ve/02_otros_idiomas.html

 

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Rafael Carreño


La propiedad intelectual debe ser redefinida
Enrique Dans/www.enriquedans.com
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