En Argentina también se consigue. La reciente
tragedia que enlutó a familias de trabajadores bolivianos
reducidos a servidumbre en un taller de costura “clandestino”,
puso en evidencia que, lejos de tratarse de una situación
de excepción, este “modo de producción”
en la industria textil y de confección, constituye un sistema
de “capitalismo salvaje” impulsado por las grandes marcas
en todo el mundo, donde máquinas de última generación
y trabajo “esclavo” conviven en los “talleres
del sudor”.
En aras de obtener la máxima ganancia, el capitalismo global
contemporáneo “vuelve a las fuentes”, reproduciendo
las condiciones de impiadosa explotación de la primera revolución
industrial de comienzos del siglo XIX que fueran tan crudamente
descripta en la literatura clásica. Entonces, los “proletarios”,
campesinos despojados de sus tierras y expulsados hacia las grandes
ciudades, solo contaban con su “prole” y con su fuerza
de trabajo, “libres” para venderla en el mercado por
mendrugos... o morirse de hambre. Hoy, son nuevamente campesinos
inmigrados de países vecinos, quienes, con su prole y carentes
hasta de documentos, se hacinan en “talleres del sudor”
en condiciones de servidumbre. “Ver las condiciones de trabajo
y de vida en los talleres “truchos” de aquí de
Flores es como leer a Engels... casi doscientos años después”,
señala Gustavo Vera, del Centro Comunitario “La Alameda”
y vocero de la Unión de Trabajadores Costureros.
La explotación textil y de indumentaria como modo de producción
globalizado contemporáneo, comenzó en el Sudeste Asiático,
se extendió por África, y se continuó en México
y Centro América, favorecida por las políticas y tratados
de libre comercio y protección de inversiones, exenciones
impositivas, libre giro de ganancias, desregulación laboral,
desmantelamiento de los controles estatales, alta corrupción.
La producción se fragmenta y se desterritorializa, el capital
se va mudando y se relocaliza en aquellos países y regiones
que les ofrecen mejores “condiciones y garantías para
su inversión”, esto es, menores costos laborales, menores
controles y restricciones ambientales, mayor tasa de explotación
de los seres humanos y la naturaleza. En este contexto, las grandes
empresas crearon una estrategia a fin de minimizar sus propios riesgos,
que consiste en “externalizar” la producción,
“el hardware”, contratando a otras empresas y trabajadores
en distintas partes del mundo que se ocupan de producir sus productos.
De esta manera, la gran empresa reduce sus operaciones reservando
para su propio control las fases “soft” del negocio,
con mayor poder y valor agregado, como son el diseño de productos
y marcas, el dominio de las tecnologías y “know how”,
la logística, el marketing, el crédito y el manejo
financiero. Como muy bien lo describe la canadiense Naomi Klein
en su libro “No Logo”, todo esto se sintetiza en el
control de “la marca”, del “logo” (Nike,
Levis, Gap, etcétera). Este panorama afecta seriamente las
condiciones de los trabajadores, sobre todo al interior del sector
de la confección, donde la producción se basa en la
utilización de mano de obra intensiva, puesto que ninguna
máquina pudo superar el trabajo humano en las tareas de terminación
de las prendas. Paradojas del capitalismo globalizado donde conviven
maquinarias de última generación con el trabajo esclavo.
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La
Unión de Trabajadores Costureros denuncia las condiciones
de trabajo en los talleres de costura clandestinos. |
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En Argentina, las grandes marcas trabajan con numerosos talleres
clandestinos y operan de forma descentralizada, ocultando de esta
manera las condiciones de trabajo esclavo y su propia responsabilidad.
La investigación “El sector textil y de indumentaria
desde la perspectiva de género”, que completó
en marzo último la Fundación El Otro, con el apoyo
de la ONG Oxfam de Holanda, destaca tres modalidades ilegales de
actividad que tienen lugar en la Argentina: los talleres próximos
a la esclavitud, cuyas víctimas son principalmente personas
de origen boliviano y paraguayo; el trabajo a domicilio, donde mujeres
pasan de 12 a 16 horas diarias ante la máquina de coser y
deben correr con los gastos de insumos; y los pequeños talleres,
cuyos empleados cobran en negro entre 1,50 y 2 pesos la hora.
El Centro Comunitario de la Alameda, la Unión de Costureros
y la Cooperativa de Trabajo 20 de Diciembre se encuentran actualmente
preparando un informe que contiene una lista de 120 talleres denunciados
por sus propios costureros, de los cuales se ha identificado su
vinculación a más de cuarenta marcas, algunas de menor
importancia, otras de falsificación de marcas y otras más
conocidas, como Lacar y Montagne, que ya fueron denunciadas penalmente
por la Defensoría del Pueblo en octubre pasado por presunción
de servidumbre y trata en sus talleres textiles. Según informó
a S.C. Gustavo Vera, existen otros informes concurrentes, realizados
en los hospitales Santojani y Muñiz que dan cuenta que un
80% de los casos de tuberculosis tratados en esos establecimientos
corresponden a trabajadores costureros bolivianos, quienes laboran
bajo condiciones de hacinamiento, en las que se inhala polvo continuamente,
y un gran número padece también de anemias severas.
También indica que, cuando fueron allanados simultáneamente
los talleres “truchos” que trabajaban para Lacar y Montagne,
uno de los talleristas tenía 80 máquinas y nadie pudo
explicar cómo obtuvo una rentabilidad tan extraordinaria
que le permitiera multiplicar por ocho sus maquinarias. “Una
de las hipótesis que tenemos es que varios de estos talleres
son testaferros de “las marcas”, y cuando estalla algún
problema judicial salta el testaferro, pero “el logo”
queda impune.
Cuando existe una presunción de servidumbre o trata, un juzgado
tiene la obligación legal de hacer un allanamiento simultáneo,
tanto a la marca como al taller, ya que ambos son solidariamente
responsables. Las autoridades de policía que tienen poder
de aplicación para inspeccionar estos talleres son el Ministerio
del Interior y el Ministerio de Trabajo. Sin embargo, Vera asegura
que este sistema no funciona como debería. La policía
no le toma la denuncia por “carecer de documentos” y
el Consulado de Bolivia, donde son derivados, los impulsa a desistir
de la acción legal. Hay patrones que no solamente pagan a
la policía para no tomar las denuncias, sino que lo realizan
delante de los costureros, transformándolos en testigos para
que les comenten a sus pares que el Estado está con ellos,
que son impunes a la ley. “Una acción de terrorismo
de Estado”, denuncia Vera, y agrega: “La víctima
de trata es una persona que está privada de sus derechos
humanos, a la que la sociedad debe darle una reparación”.
Un proyecto de ley, impulsado por el Centro Comunitario La Alameda,
propone que se faculte al Gobierno de la Ciudad de Bs. As. para
confiscar maquinarias de talleres clausurados, y entregarlas a las
víctimas, a fin de que éstas las trabajen en forma
de cooperativas en galpones habilitados a ese efecto, funcionando
como proveedores del Estado, y recibiendo la necesaria capacitación
y transferencia de tecnologías. Un verdadero reto al estado,
un desafío que también convoca al INTI.
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“Camas
calientes” |
Así se conoce en el interior del sector
a los talleres que emplean a trabajadores que, por lo general,
son inmigrantes de los países limítrofes, principalmente
de Bolivia. Las familias viven en el mismo lugar donde trabajan,
por lo cual las jornadas laborales se extienden hasta 16 horas
diarias. El taller permanece cerrado y no les es permitido
salir. Con un estilo propio de la época colonial, el
propietario de estos talleres retiene el salario de los trabajadores
porque los provee de comida y alojamiento. Las condiciones
habitacionales son terribles, una pieza por familia con algunas
camas o colchones para todos, que se alternan en el uso: cuando
uno se levanta a retomar su turno de trabajo, otro trabajador
cae rendido en su lugar.
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Costureras:
una mayoría en desventaja |
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“Taller de costura”, Fernando
Botero
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La
confección de prendas tiene un claro predominio
laboral femenino. La participación de las mujeres
en este rubro fue in crescendo del 52,4% en 1935 al
79,2% en 1985; algunas estadísticas recientes
indican que en ciertos lugares del país, la
cifra alcanzaría hasta el 90%.
Las condiciones laborales de las mujeres que realizan
trabajos de confección en sus domicilios son
las más precarias e informales dentro del sector
de la indumentaria. A pesar de que en Argentina rige
la Ley 12.713 de Trabajo a Domicilio, según
la cual la responsabilidad de empresarios, talleristas
y contratistas incluye el pago de salarios y beneficios
sociales, las mujeres no obtienen ninguno de estos
beneficios.
El contrato de trabajo es informal y no hay documentación
que lo acredite. |
La entrega
de material por parte del contratista varía
según el caso, pero en general se entregan
las piezas cortadas y las mujeres se encargan de unirlas
y hacer el terminado de las prendas.
Los plazos de entrega exigidos se traducen en jornadas
de trabajo de entre 12 y 16 hs. En todos los casos,
el trabajo domiciliario se realiza con “pago
a destajo”, es decir, por pieza realizada. A
modo de ejemplo, en marzo pasado, se llegó
a ofrecer apenas diez centavos por confeccionar un
pantalón, lo cual hace alrededor de un peso
la hora. Al cobro de sumas irrisorias y pésimas
condiciones de salubridad, debe sumarse que las mujeres
corren con los gastos de insumos tales como hilo,
agujas y reparación de máquinas, lo
que reduce aún más el importe percibido
por su trabajo.
Fuente: “El
sector textil y de indumentaria desde la perspectiva
de género”
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Autores: Equipo de Comunicación del
INTI integrado por Pablo Bergel (Director), Carmen Canteros, Liliana
Cánaves, Marcos Guido y Cristina Jiménez.
Contacto: comunicacion@inti.gov.ar |
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