La convergencia de nuevas tecnologías como la genómica y la
nanotecnología promete avances que revolucionarían el sistema de
diagnóstico y tratamiento de muchas enfermedades que hoy son difíciles
o imposibles de curar para la medicina convencional. Pero más allá de
avances puntuales para quienes los pueden pagar lo que está fuera de
dudas es que estos enfoques cada vez más sofisticados y fragmentarios
están revolucionando la forma de hacer ganancias en el sector
farmacéutico. Por ejemplo, como herramientas para prolongar la patente
de medicamentos y por tanto su monopolio por parte de las empresas. Por
otra parte, la nanotecnología parece estar creando nuevos problemas de
salud, y paradójicamente, desvía fondos que deberían dedicarse a
problemas básicos de salubridad, prevención y atención primaria de la
salud, aspectos sobre los cuales se sabe con certeza que tienen un
impacto positivo amplio en la salud de la mayoría de las poblaciones.
Según documenta el reciente informe del Grupo ETC Medicina nanológica: aplicaciones médicas de la nanotecnología
(www.etcgroup.org), a mediados de 2006, estaban en etapa de pruebas
clínicas o en distribución comercial más de 130 fármacos y sistemas de
administración de medicamentos con base nanotecnológica, además de 125
dispositivos y reactivos de diagnóstico. Mientras que en 2005, el
mercado de la medicina habilitada nanotecnológicamente (incluyendo
fármacos, terapias y diagnósticos) fue de mil millones de dólares
estadunidenses, para 2010 alcanzaría 10 mil millones. La Fundación
Nacional de la Ciencia de Estados Unidos predice que la mitad del
mercado de productos farmacéuticos usará nanotecnología en el 2015.
Veamos
un ejemplo: en enero de 2005, la Administración de Fármacos y Alimentos
de Estados Unidos (FDA) aprobó el uso del medicamento Abraxene,
formulado nanotecnológicamente para el tratamiento de cáncer. Medios
especializados lo llamaron "un salto gigantesco para la
nanotecnología". Al día siguiente, las acciones de la compañía que lo
desarrolló, American Pharmaceutical Partners (ahora llamada Abraxis Bio
Science) subieron más de 50 por ciento y su presidente se convirtió ese
año en multimillonario.
El primero de octubre de 2006, Alex Berenson dio a conocer en el New York Times
otros aspectos de esta historia. Abraxene es una formulación
nanotecnológica del taxol (una sustancia activa del árbol del tejo, y
por cierto un caso de biopiratería), que ya se usaba contra el cáncer
de mama, bajo patente monopólica de Bristol-Myers Squibb. La patente
expiró en 2000 y se comenzó a comercializar la versión genérica del
taxol, llamada Paclitaxel, a 150 dólares por dosis. El Abraxene es
exactamente la misma sustancia, pero al administrarse en nanopartículas
cubiertas de albúmina, provoca mucho menos reacciones alérgicas en los
pacientes, lo que sin duda es deseable. Sin embargo, no tiene ningún
efecto en alargar la vida del paciente ni otras ventajas terapéuticas.
Quién realmente saca el mayor beneficio es la empresa, que cobra 4 mil
200 dólares por cada dosis de Abraxene (28 veces más que el genérico) y
logró además establecer un nuevo monopolio de patente. Si este es el
caso emblemático de la medicina nanotecnológica, queda claro adónde se
dirige.
Otras aplicaciones que están en comercialización o en
desarrollo son, por ejemplo, nano-sensores que circulan en el cuerpo
para detectar niveles de glucosa, colesterol u hormonas,
nano-proyectiles que hacen blanco en células cancerosas, nanopartículas
que van a un sitio específico del organismo para administrar con
precisión un medicamento, nano partículas de plata con alto poder
microbicida, armazones nanométricos donde se estimula el crecimiento de
tejido óseo y órganos humanos.
Pese a que estas aplicaciones
podrían ser útiles, todas ellas van acompañadas, no sólo de la lucha
por el monopolio y el afán de lucro de quienes las ponen el mercado,
sino también de las incertidumbres que presenta la introducción de
nanopartículas en el organismo.¿Dónde van las nanopartículas luego de
cumplir su función? La misma causa por la que son útiles no son
rechazadas porque el sistema inmunológico no los detecta, es un
problema en sí mismo, ya que no está claro lo que sucede finalmente con
estas pequeñísimas partículas en los organismos vivos y hay cada vez
más evidencias de toxicidad.
Un dato significativo, es el anuncio
de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) en
noviembre 2006, de que el uso de nanopartículas de plata debe ser
regulado, porque pueden conllevar a daños ambientales. Actualmente,
éstas se comercializan como desinfectantes anti-bacteriales, en
lavarropas, equipos de aire acondicionado, purificadores de aire,
refrigeradores, contenedores de alimentos, eliminación de olor en
calzado, entre otros. La EPA considera que durante la producción, uso
y/o disposición, las nanopartículas llegan al ambiente, cursos de agua,
etcétera y pueden matar organismos benéficos, así como entrar en las
cadenas alimentarias, con efectos impredecibles. Esto afecta también a
los que plantean este tipo de soluciones para purificación de agua, y
por supuesto en el campo médico.
Sin duda, el mayor problema
sanitario que padecemos es el capitalismo y el afán de lucro que
conlleva, con su extendido síndrome de pobreza e injusticia, que
condena a cualquier nueva tecnología a ser una medicina elitista de
quienes puedan pagarla. Ninguna nueva tecnología podrá solucionar esta
enfermedad social, pero tampoco significa que por sí misma esté libre
de problemas. Lo que garantiza el capitalismo es que entren al mercado
sin discusión social y como si fueran éxitos, aunque incluso creen
nuevos problemas.
* Investigadora del Grupo ETC