Yo no tengo la culpa de ser así

Esa moda que agarraron ahora de dar el pésame por mensajito de texto o con un correo electrónico, del cual se van guindando otros y otros hasta hacerlo parecer un pésame en serie, pero que le va quitando seriedad a la intención, no me gusta mucho. En realidad no me agrada ningún tipo de condolencia y a veces me da por creer que yo nací sin corazón en el pecho.

Yo de pésames si sé porque en una de mis vidas estuve encargado de una red de funerarias y no solo tenía como obligación vestirme con traje oscuro y corbata combinada, y hacer llegar mis sentimientos a los que contrataban la velada, ambas acciones incluidas en la política de la empresa;  sino que no pocas veces recibí  las condolencias de algunos confundidos o trasnochados que al verme con aquella facha pensaron que si el muerto era el de la urna, yo debía ser mínimo un familiar con bastante  centavo.

Cuando se usaban los radiogramas y existían las oficinas de correos para hacer llegar las palabras de pesar a la viuda y los hijos  del difunto,  se disponía de una mesita donde se iban colocando a la vista de todos los asistentes al velorio, quienes podían ojearlos aun siendo analfabetas, que había bastantes,  y sin temor a que ninguno fuera a forjarlos para cambiar el texto o el remitente.

Luego la CANTV empezó a unir a la gente y en vez de telegramas eran llamadas telefónicas las recibidas por un pariente o vecino que se sentaba al lado del teléfono de manera exclusiva para recibir  las llamadas  y pasarlas a los deudos para que oyeran las “palabras sinceras de sentido pésame”, o en su defecto anotar en una página a dos columnas el “nombre del que llamó” y el “familiar por el cual preguntó”.

En el medio de éstos dos estilos, siempre estuvo el obituario, esa sección de los medios impresos donde se informa de la muerte y hasta se hace un resumen de lo que fue en vida el finado, en el caso de los famosos; y en la que el pesador paga por hacer de su  pésame un hecho público y notorio

Ambas formas: Radio, llamada y cuña eran,  y quizás lo siguen siendo, aceptadas por los dolientes como una manera de “unirse al dolor que los embarga” en el caso de aquellas personas que por “motivos ajenos a su voluntad” y otros “de fuerza mayor”, no podían llegar a tiempo al entierro. Desconozco si la nueva usanza correrá igual fortuna.  Como les dije  yo de sentimientos de pesar es muy poco lo que gusto.

Lo que mas me llama la atención de estos pésames electrónicos es el discurso que se lanzan a veces tanto en el móvil como en el computador, que si se juntaran todos los que se encadenan y designaran a uno de ellos para que lo pronuncie en el momento del deceso, juro que harían llorar hasta a los  sepultureros.

En todo caso si esa maña llegara a convertirse en costumbre aun sin ser vieja, me daría mucha pena que luego algún telemático habilidoso la perfeccionara agregándole al texto unas imágenes con coronas y ramilletes de flores, y hasta un video con un par de viejas de esas que contrataban en La Asunción para que se fueran en llanto mientras los cargadores sacaban el ataúd del cuarto.

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