Parejas mandatarias

La tradición se remonta a los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, de quienes se decía: "Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando".

    Tras 500 años la vaina cobra auge en Venezuela, tanto en el gobierno como en la oposición. La moda renovada evoca aquel lema que anunciaba: "Familia que reza unida, permanece unida". En este caso la diferencia estriba en que la familia que se postula unida, permanece unida a los cargos públicos.

    En Margarita las parejas candidateables     pululan en los municipios. En Mariño, la alcaldía más suculenta de la Isla, la concejala María Eugenia Bellorín le hará el quite a su cónyuge legitimado, Eligio Hernández, quien además de no optar a la reelección por razones legales, sufre trastornos de salud que obligan a su media naranja a sustituirlo. Claro está que ahora no lo hará como militante del PSUV, pues las morisquetas revolucionarias le duraron lo que un céfiro en una hamaca, para decirlo de manera refinada.

    La Bellorín usa un lema de campaña en exceso sobrio: "Viene María". En mi opinión pudiera anunciar algo más farandulero, como, por ejemplo: "¡Con María la barra gana!".

En Maneiro, la segunda alcaldía en importancia por el número de empresas en su jurisdicción, la cara mitad de Nano Avila intentará suplirlo ahora que el médico roblero culmina dos tandas de rigor. A tal efecto la señora Avila aparece en múltiples vallas con cara de estar muy asustada, como le ocurriría a un ama de casa a quien le toque realizar labores ajenas a su especialidad.

    En el municipio Antolín del Campo, ambicionado por los depredadores del ambiente por tener las playas y desarrollos turísticos más visitados, tras ocho años de gobernar sin dar la cara, el médico Rafael Salazar ahora cede el puesto a su camarada conyugal, quien intentará continuar la obra de su marido tratando de no hacer nada.

    En el Municipio Gómez las cosa seguirían rojas y sin novedad si la esposa del alcalde Aquiles Rojas se convierte en burgomaestra.
    Lo curioso del caso es que los alcaldes revolucionarios demuestran no tener nada que envidiarles a los funcionarios nepóticos y más voraces de la conchupancia. 

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Augusto Hernández


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