Mérida en Positivo (I)

Cuando se sucedían los últimos días del 2002 y comenzaba un incierto 2003, hincaba sobre las carnes de la ciudadanía emeritense la incertidumbre de no contar con combustible para el disfrute de las fiestas decembrinas y, en mayor grado, la amenaza cierta del suministro de bienes y algunos servicios (bomberos, ambulancias y transporte público). Mérida se convirtió en una ciudad fantasma y un estado agrícola que asistía a ratos angustiado a suministrar la poca gasolina para que algún productor del campo merideño pudiera llegar al mercado y dejar su mercancía.

En aquel entonces, la convocatoria casi inmediata de los merideños a los merideños para salvar a Mérida, logró convocar a una diversa y muy capaz fuerza de los sectores más diversos del quehacer humano para preguntarse no sólo por la situación incierta y sus posibles escenarios. Nos preguntamos, sobre la posibilidad de ser co-responsables de ese desenlace que se tejía paso a paso entre lo que sucedía dentro de la inmensa incógnita gerencial y operativa que era PDVSA y lo que se cernía como una ciudad que en cualquier momento podía caer presa del desespero y proclive a la anomia y la lucha fraticida. No es una historia de ciencia y ficción. Es la realidad que vivimos los merideños en aquellos tiempos. Y en Mérida, se pensó en positivo.

El pensamiento en positivo no se trata del optimismo ingenuo o desenfadado que resuelve que la mejor manera de andar en el mundo es viendo su lado ligero, brillante o casi de forma exagerada, su lado bueno. El pensamiento en positivo, al menos planteado desde aquellas circunstancias, era la convicción intima de muchos y por eso lo hacía además de necesario, fuerte; de que la sociedad venezolana ya había agotado la posibilidad de conducción a ciegas: "No importa para dónde vamos, lo que importa es que vamos bien" que tan bien resumió el ministro que negoció el futuro de los trabajadores con los empresarios de maletín y la cúpula sindical de finales del siglo pasado. Sí, efectivamente el quiebre de esa forma de conducir a la sociedad cedió el paso a la defensa de un proyecto de sociedad. El pensamiento en positivo desde la dimensión colectiva supone la tarea de plantear, debatir y legitimar un horizonte de expectativas para todos. Eso, de manera simple y elemental es lo que se defendió en el 2002 en Mérida y en Venezuela. El valor de lo que se hizo en Mérida es que se asumió la dirección de un colectivo para preservar una muy inquieta paz decembrina en un espacio hostil caracterizado por la presencia de una universidad que aún tenía elementos para asumirse como alma mater, a pesar de que su deterioro ya habría comenzado años atrás. De manera resumida, era una sociedad que apelaba a una razón superior del interés mezquino de cada quien por un interés individual que buscó la construcción de un alma común, de un futuro común.. de una alma madre que cobijara aquellos empeños.

A la vuelta de diez años, Mérida se enfrenta como ciudad y estado a la situación dramática de tener que enfrentar a quien desde hace años había asestado un duro golpe a la legalidad unversitaria y a la forma de construcción de la política en la universidad y la ciudad. La presencia entre los aspirantes de la gobernación de Mérida de alguien que violó expresamente la ley de universidades, que abultó groseramente la nómina de contratados de la universidad, quien amenazó con incendiar a Mérida si una decisión del TSJ le era adversa ante la querella planteada por universitarios dignos ante el secuestro de la autoridad rectoral; es un signo de la situación de orfandad que experimenta en estos momentos la voluntad política en algunos sectores en Mérida.

A esto es que nos enfrentamos los merideños en este momento y que no debemos minimizar con el argumento de que hemos tenido malos gobernadores. Es, a riesgo de que se considere exagerado, la osadía de que se presente para ser candidato y gobernador de los merideños (de todos los merideños) una persona que no ha respetado la ley, cuando la ha enfrentado lo ha hecho desde el lado de la amenaza y la violencia y, finalmente, se postula desde una mirada que lejos de ser política para proponer un horizonte de expectativas de los venezolanos, vende una imagen de enfrentarse a los espectros de un gobierno nacional que define mal, que no entiende bien pero que en suma, como pasa con todos los espectros, logra meter miedo en aquellos sectores que no terminan de entender (porque no desean entender) que la sociedad venezolana está en transformación. Porque es precisamente esto último lo que va quedando como reducto de un ejercicio de la política en apariencia: la forma de construirse un espacio de libertad que se sustente en el dejar hacer, dejar pasar...pero sin que se construya la morada común, el hogar de todos que se supone es el arte de la política.

Mérida en positivo, deberá entonces preguntarse realmente si admite como posibilidad de elección la posibilidad cierta de un desmadre. La respuesta ante esta situación dramática en lo político importa no sólo por el ejercicio pragmático del poder político, sino por la posibilidad de demostrar que en Mérida la idea de un alma madre (Alma Mater) constituye aún parte del gentilicio de la Mérida ciudad. En los otros espacios de la Mérida que se extiende por una geografía tan accidentada, parece que yace aún la idea de una sociedad laboriosa, colaboradora y empeñada ya no sólo en el alma madre, sino en el respeto y cultivo de la madre tierra.

La pregunta inevitable es si en Mérida estamos dispuestos a la orfandad política, es decir, al desmadre.

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