Los Bridato-s en línea

La gusanera en Valencia

Si mis pulmones son respetados en espacios públicos y cerrados, mis oídos más aún.

El desespero con el que andan a todas luces simpatizantes ultraderechistas es cada vez más notorio a medida que se acerca la fecha de las elecciones.

Una demostración de lo afirmado lo vivimos en carne propia en días pasados cuando acudimos a un céntrico establecimiento comercial de venta de desayunos. Llevaba como destino inicial acudir a una entidad bancaria, pero antes, decidí comerme unas empanaditas, lo que ciertamente pedí al momento de sentarme sobre el taburete.

A poca distancia un hombre cincuentón, de contextura gruesa, mediana estatura y muy fanfarrón hablaba, con cierto acento cubano, para tres más. Parecía un mitin.

No muy lejos de allí estaban dos damas y un niño también comensales como yo. Por supuesto, lo disfrutaban como suele hacerse en estos casos: en mesa aparte y en familia.

Sin embargo, en otra mesa, pero en la de la MUD las patas se vienen rompiendo en mayúsculos pedazos sin que hallen la manera que ésta se mantenga paradita, aunque sea por ratos.

La ineptitud de quienes se creen son los baluartes del juego democrático ha desilusionado hasta el más pintao o más callado de los caprilistas.

Lo cierto es que andan atravesados, como locos. Uno de ellos fue un cubano en solitario, jetón, bravucón, altanero y de poca monta cuando comenzó a arengar en contra de nuestro gobierno Bolivariano y Revolucionario sin importar el menor cuidado quién o quiénes estaban a su alrededor. Proliferaba insultos y maldecía a cada instante a un presidente muy querido en toda América Latina y más allá de sus costas y, no conforme, de buenas a primera, se tomó a pecho el pueblo.

Era cosa de minutos entender por quién doblaban las campanas allí. Y luego de un reojo por aquí y por allá miré a quien me atendía, exclamándole en voz alta lo siguiente:

-¡¡¡La gusanera en Valencia!!!

Enseguida la mermelada asquerosa del gusano bribón paró, pero todas las miradas apuntaron hacia mí.

Hubo un momentáneo silencio. El gusano importado se movió y pasó por mi frente transformado en una hiena amenazadora que por poco se me tira encima.

Afuera, en una agencia del Banco de Venezuela varios compatriotas conocidos permanecían apostados a la espera que éste abriera sus puertas al público. Ni hablar de la Policía Municipal, que mantiene a margen a sujetos inescrupulosos y tachados de malos vividores como el fulano que lo que buscan es crear el caos, como clara alusión que recibe paga.

Pues bien, no había terminado de pisar la acera cuando se dio un viraje el hipocondriaco  y estalló en gritos. Me dijo hasta del mal que moriría. No tartamudeó ni pestañeó para invitarme a darnos unos guantazos por lo que nuevamente lancé el estribillo, ahora más largo: ¡Oh, my God, la gusanera en Valencia! No tener que ir yo para Miami.

Evidentemente este mentecato, segurísimo hijo realengo de Posada Carriles no sabe cómo desahogar sus penas y frustraciones ante las reiteradas metidas de pata del oposicionismo y de la burguesía criolla que nada tiene que buscar en Miraflores nunca más.

Y para no extender más el cuento, les dejo esto: qué culpa tiene una madre y su hijo pequeño sin atenciones necesarias para el crecimiento y desarrollo de una familia, una abuelita que no goza de beneficios para un prolongado existir, un comerciante consciente de la prestación de un servicio, un obrero entregado a las exigencias de un trabajo y/o un estudiante que forja su futuro entre limitaciones si en la oposición venezolana la torpeza, los malos hábitos, el fascismo, la trampa, la improvisación son los mismos males contentivos que todo paquete neoliberal trae consigo y que ellos quieren nuevamente hacer entrega a los estratos más débiles de la población, la que, con razón y corazón votará por el candidato de la patria y no por el otro que se arrastra y se amolda al mejor estilo de la archiconocida gusanera.

 [email protected].


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