Marcos Díaz, Corposalud y el problema de la basura en Mérida

La ciudad de Mérida es una pocilga. Su actual alcalde Léster Rodríguez, la ha convertido a ella y a sus alrededores -el municipio Libertador-, en un chiquero.

Históricamente, gracias a sus condiciones geográficas y climáticas, a la cordialidad y bonhomía de sus gentes, a la economía y calidad de sus servicios, a la frescura y variedad de sus productos, se convirtió este paraje andino en referencia para el turismo internacional y en la meca de los viajeros nacionales.

Sus floridos parques y cuidadas plazas se han vuelto cosas del pasado cubiertas hoy día por toneladas de basura. Sus calles resplandecientes son hoy sólo un lejano recuerdo que ni siquiera las torrenciales lluvias que caen frecuentemente sobre la ciudad pueden purificar. Montañas putrefactas de desperdicios compiten en cada esquina con las mismísimas cumbres de la serranía. Ratas y moscas proliferan por todas partes propagando con sus patas y hocicos plagas y enfermedades. Millares de gusanos se retuercen en los hilillos de líquido espeso y putrefacto que se destila de las pringosas bolsas negras que, inútilmente tratan de contener el producto de la desidia del burgomaestre que -en el colmo del caradurismo cuartorepúblicano- tiene aspiraciones de ser gobernador del estado auspiciado por su partido COPEI y apoyado por la MUD.

Hoy la capital emeritense luce roñosa. Paisanos y turistas sufren en sus narices la incapacidad del alcalde y por igual se apartan con las manos en el morro de los cerros de basura. Los transeúntes reconocen el riesgo de epidemia que late dentro de estas bolsas infectas. Todos, menos las autoridades sanitarias del estado Mérida reconocen el peligro. Todos en la ciudad menos los responsables de la salubridad se han pronunciado, cada uno a su manera. Las comunidades han cerrando las calles protestando pacíficamente y los más agresivos le han metido candela a las montañas de desperdicios. Columnas de humo maloliente ascienden enturbiando el cielo mientras los perros de la calle pululan esparciendo la inmundicia y las autoridades de CORPOSALUD se esconden en sus oficinas. El cóndor altivo que corona el blasón emeritense ha sido sustituido por cientos de zamuros que vuelan en circulo sobre la pestilente cuidad esperando que definitivamente fallezca.

Pareciera que las autoridades sanitarias no vivieran en Mérida.

Marcos Díaz, gobernador del estado Mérida por la gracia de Chávez -con un pasado copeyano difícil de olvidar aunque al parecer fácil de esconder-, se jacta de decir sin que le tiemble la voz y ante las cámaras de VTV que él es chavista, que después de Bolívar el hombre más grande que ha parido esta patria es el veguero de Sabaneta, pero hace todo lo posible porque el malestar de una sociedad tan conservadora como la merideña dirija sus odios hacia el Presidente.

El señor gobernador de Mérida sólo mira y espera. Mientras todos los otros mandatarios regionales que están con el proceso encabezan sus actos con propagandas en dónde anuncian su adhesión al Presidente, los afiches de la gobernación de Mérida sólo mencionan el nombre de Marcos Díaz. Mientras el resto de las entidades federales disfrutan de las Misiones, mercados, operativos y otros programas que sus gobernadores gestionan ante el gobierno nacional para beneficio de sus habitantes, sobre todo para el bienestar de las capas sociales más deprimidas, en el estado gobernado por Marcos Díaz estos son muy escasos o brillan por su ausencia. 

Pudiera el gobernador del estado asumir la responsabilidad de salvar a la ciudad de Mérida de ahogarse en desperdicios y basura, pero al parecer un odio oculto hacia quien lo llevó al poder lo hace convertirse en un ser sin ojos, sin oídos ¡y sin nariz! ante este problema de orden sanitario, a pesar de que él es médico y que fue además -gracias a Chávez- director de CORPOSALUD. Se niega el gobernador a tomar parte en este problema y darle la solución que el señor alcalde -copeyano como él- no ha podido resolver.

Mientras los merideños se sumergen en basura el gobernador Marcos Díaz mueve una manga de coleo de un sitio a otro, la reinaugura y la muestra ufano como su gran obra de gobierno. ¿A cuántos merideños beneficia esa obra?. Mientras en la ciudad de Mérida no cabe un carro, un autobús más, el Trolebus -obra construida por este gobierno- a pesar de que tiene meses con otra etapa concluida no termina de hacer más largo su recorrido no se sabe esperando qué.  Mientras las carreteras del estado Mérida se llenen de huecos por falta de mantenimiento, de obstáculos debido a los desastres naturales y de policías apostados con la anuencia de las autoridades, el gobernador Marcos Díaz sin importarle las vidas de quienes transitan por esta entidad, invierte su tiempo en hacer un programa de radio “juvenil” zonzo, desabrido y vacío.

Razón tiene Chávez en no incluir a Mérida entre los destinos que visitará durante su gira de campaña electoral. El Presidente sabe que los ciudadanos de este estado, opositores o revolucionarios por igual, le reclamarán al venir que por su culpa, por su falta de tino al escoger, se han tenido que calar a un gobernador indolente durante todos estos años.

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