Publicado en Panorama el 21-7-del 92
Cualquier parecido con la realidad actual, no es pura coincidencia sino la desgraciada circunstancia de estar gobernados por los mismos ladrones y degenerados de los que hablamos en el presente artículo.
Yo no sé –así, en primera persona del singular indicativo- pero voy a tener que definir urgentemente esta insoportable situación. O me voy de este mundo y adelanto un transito que fatal e inexorablemente algún día, que espero no sea muy lejano, tendré que emprender, o pico los cabos y aunque sea de polizón me largo de Venezuela. El sitio al que me vaya es lo de menos. Estoy seguro que cualquier otro, el que sea, Somalia, Palestina, Yugoslavia, Calcuta, en fin, cualquiera, resultaría incomparablemente mejor que este en el que vivimos ahora.
Esto es algo, repito, que ineludiblemente tendré que hacer. Porque lo que yo no puedo hacer es continuar permaneciendo en un país y en una región, donde las personas no me entienden a mí. O si les parece menos presumido, donde como que soy yo el que no las entiendo a ellas. Lo cual no importa mucho, porque de cualquier manera viene siendo lo mismo. De modo, que sea una cosa o la otra, esto es, que no me entiendan a mí o que yo no entienda a los demás, el hecho es que cada día que pasa me siento menos identificado con una realidad dentro de la cual me siento como un extraño, como un desadaptado. O peor todavía, que me provoca la desagradable sensación de hallarme fuera de mi elemento, como si me encontrara suspendido en el aire, en una permanente e incomoda levitación.
Un ejemplo de lo que digo es lo que ocurre actualmente en Maracaibo. Todo el que tenga la fea y vituperable costumbre de leerme, habrá podido enterarse, a través de mi artículo titulado “Maracaibo Florido”, cual es mi posición en torno de la situación que en estos momentos vive esta infortunada ciudad., la que desde ya, y sin ningún remordimiento, se las regalo, amigos corruptos de Acción Democrática y Copey. Y si no saben por qué se las regalo, o no lo recuerdan, entonces se los vuelvo a repetir: porque el Maracaibo actual, no el de Yepes y Baralt, ni tampoco el de Udón Pérez y Rafael Rincón, ni siquiera el de sus primitivos habitantes, sino éste, que tan mal luce y peor huele, y al que hasta le queda grande el nombre de ciudad, es, pese a los años que tiene de fundada por Alfinger, Pacheco y quién sabe por cuantos fundadores profesionales más, como mucho, una hedionda y repulsiva pocilga.
Esta es la desagradable impresión que me produce la cuna de Roñoquero y Mamblea tan pronto salgo de la casa y me tropiezo con su grotesca y andrajosa imagen. Al instante, la confusión me invade y caigo en una especie de crisis de identidad, pues empiezo a preguntarme acerca de quién soy yo y si lo que veo y huelo es real o producto de mi malévola imaginación. Esto me sucede especialmente, cuando prendo el radio y escucho a Dadis hablar de eso que para mí es lo más horroroso del mundo, es decir, “de mi bello Maracaibo”. Y el desconcierto se agiganta y se transforma abiertamente en estupor, cuando cambio de emisora y entonces escucho una gaita que hasta fue premiada en un concurso radial. Me refiero a la titulada, cáiganse pa’ tras, “Maracaibo, la ciudad más bella del mundo” ¡diablos!, ¿qué noción de los bello tendrá la gente?, me pregunto totalmente asombrado y confundido..
Con toda franqueza debo confesar que no entiendo cuando escucho esto, por cuanto mis sentidos de la vista y el olfato, que se encuentran en perfecto estado perceptivo, captan otra cosa muy diferente a lo bello y hermoso. Y es entonces cuando empiezo a pensar que me encuentro dentro de un caótico manicomio, o en el mejor de los casos, en un alucinante Macondo. Y no es que esté censurando al imaginativo compositor, no señor, ni se le ocurra, ya que a lo mejor es él y no yo, y esto es lo que me asusta, el tiene la razón. Porque, ¿cómo comparar, por ejemplo, la Av. Los Elíseos, de Paris, o los Jardines de las Tullerías, con nuestra flamante y maloliente Av. Libertador? ¿Cómo comparar el Centro Pompidou, de la misma ciudad, con el Centro Comercial San Felipe? ¿O el barrio Motmartre y sus famosos cafés, en los que se hizo célebre “el pequeño gorrión”, con El Callejón de los Pobres? ¿O los murales de Sequeiro, Rivera u Orozco, que engalanan algunos sitios públicos de México y Nueva York, con las deprimentes pintas de nuestros desordenados y sub-desarrollados políticos? ¿O el gran Trianón de Versalles, sus fuentes y jardines, con nuestro desvencijado Convento, que está a punto de desplomarse y aplastar a los pobre capuchinos que, con su estoicismo espartano, soportan la indiferencia y el olvido de nuestros magnánimos gobernantes zulianos?
Por supuesto, no faltarán los Bertoldinos –padre de Cacaceno- que fingiéndose heridos en su falso y bien remunerado amor por este terruño, me acusen de ser un mal maracucho. Y si lo hacen, bueno, no tendré más remedio que darles la razón. Y lo haría, porque efectivamente eso es así, porque yo soy un irreconciliable enemigo de Maracaibo. Pero enemigo, como ya dije, de este mugroso Maracaibo adeco-copeyano, de esta ciudad que se encuentra inundada por aguas cloacales y, para mayor aflicción, colapsada desde el punto de vista de los servicios y de la seguridad personal. A un Maracaibo así, con todas las aberrantes deficiencias que conocemos, pero sobretodo, que padecemos, yo no lo puedo querer. Por el contrario, siento como que estoy en la sagrada obligación de aborrecerlo. Por eso lo aborrezco a él y a los maleantes que, desde la gobernación y otras instituciones, lo han crucificado, convirtiéndolo en víctima inocente de sus execrables vagabunderías. Y al hacerlo, al detestarlo, algo me dice que estoy siendo leal y consecuente con el otro Maracaibo, con el que debiendo existir, sin embargo no existe sino en nuestros sueños; es decir, el Maracaibo amable y cariñoso con sus verdaderos hijos. El Maracaibo limpio, ordenado, civilizado y culto. El que sin complejo pueda tutearse válidamente con las más hermosas ciudades del mundo. Por un Maracaibo así, que haya rescatado de nuevo el título de Atenas de América, yo estaría dispuesto a hacer cualquier sacrificio, incluso, quedarme a vivir en el.
NOTA: El pasado mes de agosto envié de nuevo este artículo al diario Panorama, con la siguiente observación:
"Cualquier parecido con la realidad actual, no es pura coincidencia sino la desgraciada circunstancia de estar gobernados por los mismos ladrones y degenerados de los que hablamos en el presente artículo.
Yo no sé –así, en primera persona del singular indicativo- pero voy a tener que definir urgentemente esta insoportable situación. O me voy de este mundo y adelanto un transito que fatal e inexorablemente algún día, que espero no sea muy lejano, tendré que emprender, o pico los cabos y aunque sea de polizón me largo de Venezuela. El sitio al que me vaya es lo de menos. Estoy seguro que cualquier otro, el que sea, Somalia, Palestina, Yugoeslavia, Calcuta, en fin, cualquiera, resultaría incomparablemente mejor que este en el que vivimos ahora.
Esto es algo, repito, que ineludiblemente tendré que hacer. Porque lo que yo no puedo hacer es continuar permaneciendo en un país y en una región, donde las personas no me entienden a mí. O si les parece menos presumido, donde como que soy yo el que no las entiendo a ellas. Lo cual no importa mucho, porque de cualquier manera viene siendo lo mismo. De modo, que sea una cosa o la otra, esto es, que no me entiendan a mí o que yo no entienda a los demás, el hecho es que cada día que pasa me siento menos identificado con una realidad dentro de la cual me siento como un extraño, como un desadaptado. O peor todavía, que me provoca la desagradable sensación de hallarme fuera de mi elemento, como si me encontrara suspendido en el aire, en una permanente e incomoda levitación.
Un ejemplo de lo que digo es lo que ocurre actualmente en Maracaibo. Todo el que tenga la fea y vituperable costumbre de leerme, habrá podido enterarse, a través de mi artículo titulado “Maracaibo Florido”, cual es mi posición en torno de la situación que en estos momentos vive esta infortunada ciudad., la que desde ya, y sin ningún remordimiento, se las regalo, amigos corruptos de Acción Democrática y Copey. Y si no saben por qué se las regalo, o no lo recuerdan, entonces se los vuelvo a repetir: porque el Maracaibo actual, no el de Yepes y Baralt, ni tampoco el de Udón Pérez y Rafael Rincón, ni siquiera el de sus primitivos habitantes, sino éste, que tan mal luce y peor huele, y al que hasta le queda grande el nombre de ciudad, es, pese a los años que tiene de fundada por Alfinger, Pacheco y quién sabe por cuantos fundadores profesionales más, como mucho, una hedionda y repulsiva pocilga.
Esta es la desagradable impresión que me produce la cuna de Roñoquero y Mamblea tan pronto salgo de la casa y me tropiezo con su grotesca y andrajosa imagen. Al instante, la confusión me invade y caigo en una especie de crisis de identidad, pues empiezo a preguntarme acerca de quién soy yo y si lo que veo y huelo es real o producto de mi malévola imaginación. Esto me sucede especialmente, cuando prendo el radio y escucho a Dadis hablar de eso que para mí es lo más horroroso del mundo, es decir, “de mi bello Maracaibo”. Y el desconcierto se agiganta y se transforma abiertamente en estupor, cuando cambio de emisora y entonces escucho una gaita que hasta fue premiada en un concurso radial. Me refiero a la titulada, cáiganse pa’ tras, “Maracaibo, la ciudad más bella del mundo” ¡diablos!, ¿qué noción de los bello tendrá la gente?, me pregunto totalmente asombrado y confundido..
Con toda franqueza debo confesar que no entiendo cuando escucho esto, por cuanto mis sentidos de la vista y el olfato, que se encuentran en perfecto estado perceptivo, captan otra cosa muy diferente a lo bello y hermoso. Y es entonces cuando empiezo a pensar que me encuentro dentro de un caótico manicomio, o en el mejor de los casos, en un alucinante Macondo. Y no es que esté censurando al imaginativo compositor, no señor, ni se le ocurra, ya que a lo mejor es él y no yo, y esto es lo que me asusta, el tiene la razón. Porque, ¿cómo comparar, por ejemplo, la Av. Los Elíseos, de Paris, o los Jardines de las Tullerías, con nuestra flamante y maloliente Av. Libertador? ¿Cómo comparar el Centro Pompidou, de la misma ciudad, con el Centro Comercial San Felipe? ¿O el barrio Motmartre y sus famosos cafés, en los que se hizo célebre “el pequeño gorrión”, con El Callejón de los Pobres? ¿O los murales de Sequeiro, Rivera u Orozco, que engalanan algunos sitios públicos de México y Nueva York, con las deprimentes pintas de nuestros desordenados y sub-desarrollados políticos? ¿O el gran Trianón de Versalles, sus fuentes y jardines, con nuestro desvencijado Convento, que está a punto de desplomarse y aplastar a los pobre capuchinos que, con su estoicismo espartano, soportan la indiferencia y el olvido de nuestros magnánimos gobernantes zulianos?
Por supuesto, no faltarán los Bertoldinos –padre de Cacaceno- que fingiéndose heridos en su falso y bien remunerado amor por este terruño, me acusen de ser un mal maracucho. Y si lo hacen, bueno, no tendré más remedio que darles la razón. Y lo haría, porque efectivamente eso es así, porque yo soy un irreconciliable enemigo de Maracaibo. Pero enemigo, como ya dije, de este mugroso Maracaibo adeco-copeyano, de esta ciudad que se encuentra inundada por aguas cloacales y, para mayor aflicción, colapsada desde el punto de vista de los servicios y de la seguridad personal. A un Maracaibo así, con todas las aberrantes deficiencias que conocemos, pero sobretodo, que padecemos, yo no lo puedo querer. Por el contrario, siento como que estoy en la sagrada obligación de aborrecerlo. Por eso lo aborrezco a él y a los maleantes que, desde la gobernación y otras instituciones, lo han crucificado, convirtiéndolo en víctima inocente de sus execrables vagabunderías. Y al hacerlo, al detestarlo, algo me dice que estoy siendo leal y consecuente con el otro Maracaibo, con el que debiendo existir, sin embargo no existe sino en nuestros sueños; es decir, el Maracaibo amable y cariñoso con sus verdaderos hijos. El Maracaibo limpio, ordenado, civilizado y culto. El que sin complejo pueda tutearse válidamente con las más hermosas ciudades del mundo. Por un Maracaibo así, que haya rescatado de nuevo el título de Atenas de América, yo estaría dispuesto a hacer cualquier sacrificio, incluso, quedarme a vivir en el.
Nota: El pasado mes de Agosto, envié de nuevo este artículo al diario Panorama con la siguiente observación: "Señor director, este artículo fue publicado en Panorama el 21-9-92. El mismo se refería, como puede fácilmente constatarlo, al penoso estado de postración en el que se encontraba sumido Maracaibo. Y ello, por culpa de unos gobernantes indiferentes, ajenos a los urgentes reclamos de la ciudad y de sus atribulados habitantes, los cuales se debatían entre la desesperación y la angustia y entre el miedo y la incertidumbre.
Hoy, después de tantos años, resulta decepcionante constatar que la deplorable situación de la urbe no ha mejorado en absoluto. Y no creemos exagerar si afirmamos que, por culpa de esos mismos gobernantes, o de sus herederos políticos, que sacaron las mismas malas mañas y perversiones de sus inescrupulosos antepasados (políticos, por supuesto), ese mismo artículo, publicado hace ya más de diez años, mantiene su plena y absoluta vigencia.
De allí que Panorama, que siempre se ha mostrado sensible ante las trágicas vicisitudes y avatares de la población, le prestaría un señalado servicio si volviera a publicar el mencionado artículo. Eso permitiría, al menos, confrontar los responsables del caos, que amenaza con devorarnos, con su propia obra de destrucción."
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