El 01 de Enero de 1905, el Presidente de Venezuela, General Cipriano Castro, decretó la erección de un monumento y otros homenajes al héroe de la independencia General José Antonio Páez:“en testimonio de la gratitud de los pueblos y del aplauso nacional”, tal y como lo refería entonces R. Tello Mendoza: “…el Caudillo Restaurador ha convocado las opiniones de todos los partidos para que consagren, en homenaje feliz, las coronas que se deben al paladín más bizarro de nuestras inmensas pampas…”.
Igualmente ordenó publicar el libro “Hoja de Servicios del General José Antonio Páez”, interesante obra con diversos apuntes biográficos sobre el héroe, -cuyo texto publicado en 1905 he encontrado recientemente-, entre los cuales figura el origen familiar de los Páez que se remonta a mediados del siglo 18 con antepasados suyos en los Valles de Aragua. Su padre Juan Victorio Páez, contrajo matrimonio en Acarigua con María Violante Herrera, y entre sus hijos José Antonio, quien nació el 13 de junio de 1790.
Refiere la obra las veinticinco campañas militares del prócer llanero durante la guerra Independencia, desde la de Barinas, bajo el mando de Manuel Antonio Pulido entre los años 1810 y 1812, hasta la última en el Sitio de Puerto Cabello, con la que concluyera, luego de Carabobo, las hazañas de su espada libertadora en noviembre de 1823.
Y en el intermedio…, numerosas batallas y combates plenos de heroísmo: el guerrillero Páez, en las acciones de Matas Guerrereñas, Barinas y Portachuelo de Estanques entre 1813 y 1814; el temerario Páez en la Batalla de Chire, en la Nueva Granada, en 1815; el atrevido Páez en las Batallas de Mata de Miel y Yagual, en Apure, en 1816; el valeroso Páez en la Batalla de Mucuritas destrozando a la Torre en 1817; el arriesgado Páez en las Batallas de Calabozo y El Sombrero –bajo las órdenes de Bolívar- venciendo a Morillo en 1818; el insólito Páez en Cañafístola derrotando a Morales y el de Las Cocuizas, que con 20 hombres puso en fuga a 200 realistas en 1819.
El admirable Páez de Las Queseras del Medio que con 150 hombres derrotó al ejército de Morillo; el decisivo Páez en Carabobo, conducido por el Libertador en 1821, todas acciones formidables entre las más resaltantes de la guerra de Independencia. Pero también advertimos en el libro al otro Páez, el Páez de las disensiones y de las Guerras Civiles, desde el Sitio de Puerto Cabello entre 1835 y 1836, con el que puso fin a los arrebatos de Pedro Carujo, hasta el Páez ya anciano en el Combate de Los Colorados, en 1861.
El hombre que comenzó como Soldado de Caballería en 1810 y que alcanzó en 1821 el rango de General en Jefe, se inscribe entre los más sorprendentes guerreros de cuantos existieron en nuestra magna epopeya libertadora. Sus acciones políticas, sin embargo, con motivo de la disolución de la Gran Colombia y su impronta personalista y caudillesca en la vida de la República, durante varias décadas a partir de 1830, motivan discusiones y relativizan su figura histórica, siendo factible cuestionar varios hechos en cuanto implican alejamiento con el ideal bolivariano, ejercicio autoritario del poder, erigimiento como beneficiario de las glorias militares de la Independencia en desmedro, en ocasiones, de altos deberes éticos, ciudadanos e institucionales.
Lo anterior representa lo cuestionable en Páez, sus faltas de consecuencia con la esencia misma de su obra como Libertador, su falta de completa grandeza. No obstante ello, y sin excusar sus errores políticos y faltas humanas, Páez simbolizó el surgimiento de la Venezuela independiente, siendo objeto del reconocimiento nacional en distintos momentos: en el año 1876, al haberse decretado la colocación de sus restos en el Panteón Nacional y, luego, su efectivo traslado al mismo en el año 1888; de igual manera destacan los homenajes que recibiera en el año 1890 en ocasión al centenario de su nacimiento.
El Presidente Castro dictó pues varios decretos honoríficos en su memoria: el 24 de julio de 1903, mediante el cual se dispuso levantar una estatua ecuestre del héroe: “en su traje y con sus armas de llanero, y en la actitud que mejor corresponda al famoso “¡Vuelvan Caras!” de LAS QUESERAS DEL MEDIO.”, y otro de especial relieve histórico, el 05 de Julio de 1904, con el que ordenó dar cumplimiento al que acordó en su momento el Congreso General de la República de Colombia, el 20 de Julio de 1821, a escasas semanas de la célebre batalla, consistente en la construcción de un monumento conmemorativo en el mismo Campo de Carabobo, el cual, sin embargo, no se realizó sino bajo el gobierno de Juan Vicente Gómez, en ocasión al Centenario de la batalla el 24 de junio de 1921. Reafirmando su decreto inicial relativo a la estatua ecuestre del General Páez, Castro emite otro el 27 de Febrero de 1905, en el que dispone la colocación de la citada obra en la entonces Plaza “La República”, en la capital.
La famosa estatua ecuestre del indómito llanero fue ejecutada en bronce en la ciudad de Munich por el célebre escultor venezolano Eloy Palacio, y hoy se encuentra en la Avenida Principal del Paraíso, en Caracas, recordándose así a las generaciones patrias, al héroe de las grandes hazañas, guerrero singular, lanza invencible, pero que dejó mermar su gloria al no haber comprendido plenamente la implicación profunda en nobleza, en desprendimiento, en virtudes, del hecho mismo de ser Libertador.
(*) Abogado, escritor, biógrafo del Gran Mariscal de Ayacucho.
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