¿Quién recuerda a Vicente Paul Rondon?

Primer campeón afrovenezolano en boxeo

El 28 de diciembre de 1992, moría en condiciones miserables en el barrio Santa Ana de Carapita, parroquia Antímano de Caracas, el gran boxeador barloventeño Vicente Paúl Rondón. Tal vez las nuevas generaciones se preguntarán ¿y quién es ese?, o muchos de nuestra época lo borramos de nuestra memoria, pues la derrota pareciera no tener recuerdos.

Cuando fuimos campeones

En la década de los 60’ del siglo pasado, en la calle Malabar, sector Las Colonias, al lado de la casa de la señora Julia Guanchez y de Francisco Castillo y a media cuadra del cementerio, se instaló un improvisado gimnasio para entrenar a jóvenes candidatos a boxeadores. Había allí un cuadrilátero, un saco de aserrín por otro lado, una vieja perita de boxeo y varias cuerdas para saltar.

Ese centro estaba bajo la dirección de un entrenador de nombre “Asunción”. Por allí desfilaron varios jóvenes, entre los cuales estuvo el actual profesor Claudio Hidalgo, así como los prometedores Edgar “Tierrita” Colina y Vicente Paúl Rondón. Este último, quien debía caminar tres kilómetros todos los días desde su hogar hasta donde estaba el “ring improvisado”, se destacó rápidamente por sus grandes habilidades físicas, aprendiendo los trucos de lanzar un buen “jab”, el cruzado o el buen uso del derechazo o golpe directo, el llamado “crochet”, que es lanzado en semicírculo dirigido a la cabeza o la cara, al igual que el famoso “gancho” o mejor conocido en inglés como “uppercut”, que va directo al mentón del contrincante.

Rondón también supo emplear las cuatros cuerdas del cuadrilátero o ring para la defensa y el ataque. Todo ese entrenamiento llevó al pugilista -quien había nacido en 1938 en el caserío de La Madre de San José de Barlovento-, a dar varios combates en escenarios locales, como nacionales hasta que se le presentó al gran oportunidad de enfrentarse por el título mundial de peso semicompleto contra el afroestadounidense Jimmy Dupree. Ese día, el 27 de febrero de 1971, Rondón, sobre un cuadrilátero improvisado en el Nuevo Circo de Caracas, aplicó todo lo aprendido en el viejo ring de Las Colonias: un “uppercut” llevaría a la lona a su contrincante coronándose campeón mundial de los semipesados de la AMB. ¡Llegó la gloria! Unos días después -aún recordamos ese día sábado del mes de marzo, próximo a las fiestas santorales de San José-, fue recibido el “campeón” como héroe en el sector La Madre. Dos reses fueron sacrificadas, compradas a Erasmo Aranguren… por montón se comió cazabe y yuca; cerveza y ron se bebieron a toneles para celebrar con el hijo ilustre del estado Miranda su victoria, que en el fondo era la victoria de “todos” –“Asunción y “Tierrita”, entre ellos- los de aquel viejo cuadrilátero. Por primera vez, San José de Río Chico (como nos llamaban antes), aparecía en el mapa gracias a ese “uppercut” de Rondón.

Del “uppercut” a la muerte

Cuatro victorias a lo largo de 1971 permitieron consolidar a Vicente Paúl Rondón, el segundo venezolano después de “Morocho” Hernández -quien había ganado el campeonato de los pesos “welter junior” en 1965-, en conseguir un cetro mundial. Ese año, Rondón abrió el sendero para el boxeo venezolano, pues después llegaron pugilistas coronados como Alfredo Marcano y Antonio Gómez, ambos de Cumaná y Betulio González de Maracaibo, en sus diferentes categorías. Rondón fue designado Boxeador del año por la AMB y Atleta del año en Venezuela en ese mismo 1971. Fue un año glorioso para el boxeo venezolano y también para los barloventeños en otras áreas del deporte, sobre todo el béisbol, cuando Willibaldo Quintana y Edgar Macarrón se convirtieron en referentes internacionales. Pero no saber aprovechar las oportunidades, la falta de disciplina, al igual que no ser capaz de proyectar la gloria de sus triunfos a un nivel social, y de paso dejarse rodear por “malas juntas”, fueron el comienzo del final de Rondón. Es en ese marco de desestabilización emocional y sin saber comprender su rol histórico, que se le presenta la oportunidad de pelear contra el boxeador afroestadounidense Bob Foster. Rondón, con sus voz aguda de siempre, gritaba “que me traigan a Foster”. Fue un 7 de abril de 1972 cuando se dio ese combate por los pesos pesados entre ambos púgiles. Cuentan las malas lenguas que la noche anterior le “sembraron” una “prostituta”, con la cual hizo el amor y bebió whisky “en varios rounds”. Llegó al cuadrilátero un poco debilitado, con la mirada perdida. Su rostro reflejaba su estado nervioso, estaba huidizo. Suena la campana para el primer asalto, sale al cuadrilátero y Foster ataca sin piedad, a Rondón se le olvidan las clases de “Asunción”, no reacciona ante la andanada de su contrincante, se ve acorralado, temeroso. Suena la campana, va a la esquina, le dan consejos, le secan el sudor que de su rostro sigue brotando como manantial, le dan ánimo. Suena la campana, está en el segundo asalto, esta vez las piernas le fallan, casi le tiemblan, baja la defensa, situación que aprovecha Foster -convertido en una fiera humana- para propinarle un nocaut fulminante. No llamó ni envió saludo a “maita” como acostumbraba hacer en cada victoria. Cayó largo a largo en el ring ante una multitud decepcionada y esperanzada de que ese combate no fuera tan corto… Ese nocaut sería un golpe de muerte. Después de esa pelea, el joven barloventeño comenzó a dar traspiés en el boxeo hasta que el quitaron la licencia de subir al cuadrilátero. Los amigos, las mujeres se les esfumaron, entró en el consumo compulsivo del alcohol. Luego perdió el principio de la realidad. Fue llevado a tratamiento psiquiátrico, lo internaron, se escapó como huyéndole a la sombra de Foster… hasta dar su último combate en el barrio Santa Ana de Antímaco, donde la muerte lo venció definitivamente en las más miserables condiciones de vida y en la ruina material.

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