Lo Comunal es producción participativa, creatividad y poder ultrademocrático

Imaginemos por unos instantes a un grupo de 30 o 40 personas que ha decidido establecerse en una extensión de tierra de unas 40 o 50 hectáreas. Allí hay agua y la tierra, con amor, trabajo, técnica y disciplina, puede ser sembrada. El acceso de personas y vehículos es relativamente fácil y la energía se puede generar mediante alternativas limpias autosustentables con apoyo de entes e individuos especializados en la materia. Entre todos y todas compran, o solicitan un préstamo para comprar unos 300 chivos, unas 450 cabras, 250 chigüires de ambos sexos, 20 vacas, dos toros, 40 marranas y 20 marranos. 1.500 gallinas doble propósito ayudarían un poquito más en cuanto a la cuestión de la comida y de la producción en general para el intercambio. También serían de gran ayuda unos 15 burros o bueyes para trabajos de carga y de aprovechamiento de la tierra y unas 30 o 40 bicicletas para transporte de los humanos que allí convivirían.

Al iniciar el levantamiento de esta especie de ecoaldea o de HACIENDA COMUNAL PARTICIPATIVA se contaría con un fondo de sostenibilidad de por lo menos un año mientras la cosa comienza a caminar, y esto incluye alimentos y cuidados fitosanitarios de los animales en cría.

Seguimos imaginando...

De la misma tierra ha de salir el material para construir las casas y pues al cabo de 2 o 3 años todos y todas tendrían sus casas y los animales se multiplicarían al mismo tiempo que algunos servirían para que las personas allí vivientes se mantengan sanas y fuertes gracias a sus aportes en calorías y proteínas.

La siembra fructificaría en 16 conucos o veguitas donde se producirían rubros como la yuca, la auyama, la papa, el plátano, el topocho, el quinchoncho, el calabacín, la lechosa, la parchita, el limón, el mango, el coco, la albahaca, el oreganón, la zábila, el cebollín, el ají dulce, el ajoporro, el laurel, el orégano y el cilantro.

La energía se resolverá básicamente con gas metano, creatividad y algo de sol. Las reservas de agua para riego y uso cotidiano se fortalecerán con los aljibes que se harán para captar y aprovechar el agua de la lluvia. No quedarán por fuera el parque, la plaza y el estanque para jugar y aprender a nadar.

Allí mismo se desarrollará un sistema autónomo de estudio y transformación permanente de la realidad y se acreditarán aprendizajes con apoyo de una universidad cercana.

Los créditos serán pagados en su totalidad, se ampliará la capacidad productiva de la tierra y de todos los espacios en general, mejorarán, con el tiempo y la ciencia, las alternativas de energía, educación y recreación, y los intercambios con otros espacios comunitarios productivos autogestionarios cercanos de rubros como calzado, vestido, libros, medicinas y productos cosméticos de aseo personal y otros, serán de vital importancia.

Esta economía, siendo participativa en todo momento, con un sistema de propiedad comunal o comunitarista, permitirá surgir un modelo de autogobierno local de base que dará respuesta oportuna y eficiente, con participación de todos y todas, a problemas de salud, organización social, desarrollo tecnológico, arraigo cultural, comunicación y ambiente.

Unos y unas se atreverán a promover intensamente la música, la pintura y el teatro y allí se disfrutará la vida sana y perdurable gracias también al arte.

Una ECONOMIA PARTICIPATIVA DE BASE como la que hemos imaginado dará paso a una DEMOCRACIA PARTICIPATIVA DE BASE. Estaremos en presencia de una ultrademocracia que hará cada vez menos necesarios a jefes políticos, maquinarias políticas, estatales o empresariales, partidos políticos o cúpulas de clase, capataces, encargados o dueños con tendencias monopolistas que pretendan apoderarse de lo que pertenece a todos y a todas.

Aquí hemos imaginado una ecoaldea o hacienda comunal participativa. Pero igual podríamos imaginar, con los mismos criterios de emancipación de toda lógica de explotación o de monopolio de la propiedad sobre los medios que producen riquezas, a microfábricas comunales participativas para producir pantalones o camisas, vestidos, zapatos, dulces, medicinas, bicicletas, panes, libros, juguetes, etc. Muchas microfábricas comunales participativas. Tantas como sean necesarias, y con ellas los autogobiernos comunitarios de base en los que todos y todas participan en igualdad de condiciones para resolver los problemas de todos y de todas sin distingo de ninguna naturaleza.

Lo comunal tiene que pasearse por la producción con unas relaciones sociales dentro de ellas que permitan a todos y todas tener igualdad de condiciones para la liberación, la paz, la alegría, la libertad religiosa y de conciencia y, muy especialmente, para el trabajo sin tener que estar bajo tutela del Estado o bajo régimen de explotación de un dueño o grupo de dueños de los medios que producen riquezas.

Una producción comunal participativa dará cabida a toda persona que quiera aportar lo mejor de sí a la sociedad con una dinámica política y administrativa que supere la mentalidad del salario, los jefes y los horarios creando a la vez condiciones para ir construyendo las bases del autogobierno comunitario de base, ultrademocrático, en el que la honestidad, la transparencia, la horizontalidad, la rendición de cuentas, el régimen asambleario, la ética, la espiritualidad, los valores solidarios y colaborativos, el respeto a la diversidad y el trabajo de todos y todas sean las normas elementales de convivencia, desarrollo y organización.

Seguimos imaginando…

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Rafael Rodríguez Vergara


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