En la entrega anterior, según el evangelista Wladimir Gómez, cometí el pecado mortal de no haber armonizado con la melodiosa “sinfonía traición” ejecutada por una orquesta de loros dirigida por el “maestro de maestros”: Carlos Escarrá. Y tiene razón el compatriota, lo reconozco, porque no tengo oído musical para cantar ese tipo de canciones; apenas soy capaz de tararear la irreverencia al son de los tambores de la emancipación. No tengo pasta de borrego ni delirio de profeta; no aspiro un cambur en el Estado, ni adoro las bondades que muchos le atribuyen. Con esa mochila de ideas me empeño en ser uno más dentro del proceso de transformación socialista que aspiramos los militantes revolucionarios. Hecha la autodefinición, que aspiro no sea confundida con una autopostulación, intentaré hacer las aclaraciones correspondientes al caso Henri.
Quiero insistir en la idea primigenia que motivó mi postura tratando de navegar en las aguas de la retorica religiosa para ver si así acierto en no ser mal interpretado. He dicho que las disputas internas no están motivadas por las herejías de los impuros con respecto al dogma y la lealtad de los portadores de la verdad rebelada por dios todopoderoso. No es la reedición de Jesús sacando los mercaderes del templo a trompadas lo que estamos viendo a todo lo largo y ancho de país, sino los mercaderes de la política cayéndose a piña por el control de los espacios de poder político alcanzado en nombre de la revolución. Lo de Henri es, para decirlo desde un lugar común, la punta de un iceberg que todo el mundo nota pero muy pocos se atreven a mencionar, por apego, quizás, a una vieja conseja popular que recomienda no mencionar la soga en casa del ahorcado. Del culto a Simón Bolívar al culto a los bolívares no hay fronteras para los mercaderes que predican la revolución amparados en sermones- consignas y etiquetas condenatorias; y como necesitan congraciarse con el Presidente Hugo Chávez, no escatiman esfuerzos en derrochar un servilismo cuando se percatan de que una decisión política como la de Henri conmociona la fibra emocional del líder del proceso. Mientras todo el mundo chavista es arrastrado a poner la mira en Henri Falcón; yo he preferido mirar cómo se reacomoda el oportunismo aprovechando la coyuntura; mientras los fieles del rebaño gritan: “traición…oh, oh, oh… traición… oh, oh, oh” los pichones de Fouche tropicales se frotan las manos mientras se aprestan a llenar con sus hombres los espacios que van dejando los que se desgraciaron con el Presidente. Esa ha sido la dinámica de las disputas intestinas y ninguno de sus verdaderos protagonistas, esos que llaman jefes de grupos, aparecen en la escena de la procesión sino en los momentos estelares de juramento de fidelidad con la revolución y el Presidente.
Dos consideraciones adicionales para culminar. No creo que el Presidente sea el Mesías del siglo XXI, como pretendes tu Wladimir; se le hace un flaco servicio al esfuerzo emancipador y se ofende la condición de revolucionario del compatriota Chávez. Nadie, ni siquiera sus más férreos enemigos, ponen en duda el liderazgo del comandante; pero de allí a endiosarlo y convertirlo en un santo milagroso porque logró “convertir adecos y copeyanos en auténticos revolucionarios” es un disparate de la más genuina estirpe de las prácticas adecas. (Recordemos a los adulantes de Betancourt) Además no estoy tan seguro de que la prueba de dicha conversión sea el despepite declarativo. Y finalmente, los espacios para el debate son tan necesarios como las batidas de pega de afiches; no hay que olvidar que la conquista de espacios de libertad comienza por derrotar los fantasmas de la dominación que llevamos por dentro y eso no se alcanza estimulando la producción de hombres-rebaño; el hombre libre de la sociedad socialista hay que fraguarlo en la lucha de ideas. Eso es lo revolucionario, lo demás son pamplinadas.
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