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    Oposición - Chávez los tiene locos

Henri Falcón y el síndrome de la traición dentro del proceso

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A Henri falcón lo conozco por fotografías; no me une a ese gobernador ningún vínculo orgánico ni geográfico, no soy vocero de la Polar ni accionista de la Chevron, no tengo interés en invertir en la plataforma deltana, ni dinero con que comprarme un rancho en el cerro donde vivo alquilado; en resumidas cuentas, me importa un bledo donde pueda ir a parar Henri y quienes le sigan. Dicho esto, dejo el camino de la imaginación libre para que los creadores puedan buscar mejor metáfora para calificarme.

Me interesa eso que llamo el síndrome de la traición, y en ella quiero invertir parte del capital de preocupaciones acumulado en la empresa de la transformación revolucionaria. Se está volviendo un lugar común recurrir al remoquete de traición para resolver de un tajo las diferencias llamadas ideológicas; me impresiona la ligereza del uso de la “categoría” traición y no me extraña que sean antiguos fundamentalistas de la cuarta los que más griten. Y digo que no me extraña por una razón muy elemental: ellos necesitan dar muestras de incondicionalidad al líder del proceso para seguir gozando de las bondades de ser diputado, embajador y/o ministro. Debo decir con franqueza que no veo en la diatriba interna que actualmente mantienen enfrentados a los dirigentes regionales, esas diferencias sustanciales que en forma de consignas se vocean a los cuatro vientos; las fulanas diferencias ideológicas no son tales y cualquier pendejo que jamás haya leído el manifiesto comunista pero si empapelado la ciudad con afiches sabe que la carnicería tiene motivaciones crematísticas. Lo que pasa es que hay unos militantes más pendejos que otros y terminan siendo utilizados en la guerra de gritos de traición y la vaina pasa como si estuviéramos viviendo un proceso de decantación donde los puros e inmaculados ganan y se restean con el Presidente y los malos traicionan y se unen al enemigo.

Yo oigo a Carlos Escarra, por ejemplo, gritando su incondicionalidad y con quien menos lo relaciono es precisamente con el che Guevara sino con el otro gordo aquel que no cabía en el tanque, me refiero al General Rosendo, pero que le sobraba gañote para suplicarle a Chavez que profundizara la revolución. Y no es un prurito por el pasado copeyano del personaje, sino por el tufito adeco que envuelve su seudo discurso revolucionario. El radicalismo de los hombres de derecha, que no son pocos, dentro del proceso es la expresión del más grotesco oportunismo que jamás hayamos conocido; eso hay que decirlo sin miedo. El caso de Henri es emblemático no por su salto al PPT y asumamos que sea verdad que es su primer paso hacia la oposición; es emblemático, insisto, por el uso que hacen los oportunistas para coger palco en las alturas del poder. Lo mismo pasó con Tascón, le pusieron un peine los cobardes jalabolas para sacarlo de juego, él mordió el anzuelo y salió a denunciar a la derecha endógena sin percatarse de que era esa misma derecha la que le imponía el libreto que lo desgració con Chavez; ¿y qué pasó? que los supuestos revolucionarios que lo estimularon para que denunciara lo dejaron solo y hoy gozan de extraordinaria salud. Ser revolucionario ha resultado muy fácil para los adecos y copeyanos que tienen secuestrada la iniciativa popular constituyente; es suficiente que griten patria socialismo o muerte para obtener la certificación de revolucionario a toda prueba. Decir esto no es muy cómodo que digamos, sobre todo si sabemos cómo se bate el cobre en el seno del PSUV. Existe el riesgo de la etiqueta pero tenemos la conciencia tranquila porque nuestra trayectoria no deja lugar a dudas.

Es verdad que el Departamento de estado conspira, es verdad lo de las bases norteamericanas en Colombia, es verdad la intencionalidad política del informe de la CIDH, es verdad que la ultraderecha criolla abriga la esperanza de un golpe. Todo eso es verdad; pero también es verdad, y eso lo sabe el Departamento de Estado, que una de las debilidades de este proceso son sus hombres de comando político. Si a esto le añadimos la ausencia de espacios para el debate no es aventurado suponer que los gringos no necesitan recurrir a sus marines para invadir Venezuela; sus mejores soldados son los que conforman la fuerza especial de una derecha endógena que no necesita disparar sino gritar traición para producir las bajas necesarias para su posicionamiento. Hay que estimular espacios para debatir acerca del socialismo; quizás así se ayude a contrarrestar la fuerza avallasadora del chisme y el jalabolismo.


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