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    ¡Chávez los tiene locos! - Oposición y escualidismo

¡Ay, Soledad!
Por: Miguel Ordóñez
Fecha de publicación: 26/06/07
imprímelo mándaselo a
tus panas
“Un día yo pregunté/ padre dónde está Dios/ mi padre me miró triste/ y nada me respondió…”

Cantando esta letánica copla del taita cantor de América Atahualpa Yupanqui, conocí a Soledad Bravo en el Teatro Bellas Artes de Maracaibo allá por los años setenta. Representaba para nosotros -los fuera de contexto, los irredentos aprendices del arte musical- un aliciente de alternativas a través del canto popular, de la canción mensaje, de denuncia o comprometida para mejor definición. Ya el panita Alí nos había trazado y esclarecido el camino de la canción necesaria de manera fascinante y determinante, rechazando el término canción protesta, gritándole a la farsa que hasta cuándo esa mariquera si dejaban bajo e´ la mesa el meollo del problema..

Quedamos maravillados con aquella cantora bonita, gordita y encantadora, de manos gruesas y sonrisa cautivadora; su voz afinada y envolvente anunciaba los pasos del futuro en aquella patria mancillada; su guitarra y su canto aleccionador fortalecían aún más nuestro espíritu de lucha ya conquistado desde el corazón por la infinita y luminosa legión de cantores latinoamericanos, con el querido Alí Primera en la vanguardia. Esa mañana –en el Bellas Artes- Soledad nos deleitó, abonando musicalmente el diapasón ideológico estimulándonos a dar el salto cualitativo en nuestro sendero de incipiente creador.

Soledad cantó la referida copla del epígrafe, de igual manera interpretó: “Pobre del cantor”, “Compadre Juan Miguel”, y una canción convertida en sátira que anunciaba y denunciaba la acción devastadora de la televisión venezolana, la cual terminaba diciendo: “todos ven la televisión, y yo también…” la que nunca más volví a escuchar. Transcurrió el tiempo, Alí creció cantando junto a su pueblo agigantando la canción necesaria, la que nombra al hombre cuya patria es justamente el mismo hombre, el niño y la mujer. Soledad nació como cantora al lado de Alí en el noviciado revolucionario del Aula Magna de la UCV; Alí fue llenando con flores su fusil de poemas, y Soledad se fue alejando de la verdad de los cantores; Soledad buscó a Willie Colón para saltar a la fama internacional; Alí se sembró en el Caribe y más allá cuando el Gran Combo de Puerto Rico grabara “Cunaviche adentro” después del éxito alcanzado en su propia voz.

Soledad continuó haciendo de la canción un bodrio; Alí consolidó su canto profundizando más el mensaje. Soledad buscaba el Grammy; Alí rechazaba cantar en televisión. Soledad requería en escena de una treintena de músicos, luces, humo artificial, toneladas de sonido; Alí cantaba con un cuatrico cimarrón, apoyando el pie sobre una silla sosteniendo el instrumento y la canción con su corazón y pecho. Soledad se desgañitaba en una propaganda inflada por los medios de comunicación, ofertando a precios inaccesibles las entradas anti populares; Alí llenaba estadios sin promoción mediática, convocando multitudes sólo con la fuerza de la palabra y de su canto, “a seis bolívares la entrada” (para cubrir los gastos, decía él) Alí le cantó a los presos políticos, cantó en el barrio, en la sierra de Coro, en la placita de La Victoria, en aquel febrero de despedida de Maracaibo y de lo agreste terrenal; Soledad cavó su tumba como cantora en la Plaza Altamira durante el período gris de abril de 2002. Soledad nació en España y creció en Catia; Alí nació en Coro y creció en la patria.

La última vez que vimos a Soledad fue en el programa televisivo del engreído fantoche Argenis D´Arienzo; la última vez que estuvimos con Alí fue en el patio de la casa de un amigo en un sector de La Limpia, de Maracaibo, cantando a las madres del barrio. Alí se hizo inmortal cantándole a los hijos del pueblo, hombres y mujeres productivos, desde Reverón hasta Armando Molero; Soledad sepultó su luz dedicando la canción a un forajido, “elegido” sólo para manchar de odio y pendencia la patria revolucionaria naciente; Soledad continuará entreteniendo escenarios miserables repletos de sus antiguos verdugos, sedientos de terrorismo y de sangre.

¡Ay, Soledad, que buena vaina!

¡Que vaina tan buena, Alí!

De verdad que provoca parafrasear al inolvidable Andrés Eloy Blanco cuando en su prosa lapidaria nos dijo: “Que tendrá esta patria mía, que el hijo bueno se le muere pronto y el hijo malo se le eterniza adentro”

Cantor

Correo electrónico: miguelpoetasencillo@hotmail.com
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Miguel Ordóñez


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