La nostalgia de las celebridades ochentosas y el peligro de los aparatos eléctricos

La actriz venezolana Gledys Ibarra, acaba de advertir ante las cámaras de Globoterror que "un pensamiento que se siembra, es mucho más peligroso que un artefacto eléctrico". Sin embargo, no explicó si hablaba de microondas, licuadoras o secadores de pelo, ni tampoco cuánto tiempo habría necesitado esa geniosa idea en germinar. En todo caso, a pesar de las interrupciones impuestas por la reaccionaria entrevistadora para corregir y enderezar estas ideas, la morena actriz ya entrada en años y aun atractiva, sí dejó clara la inmensa nostalgia que guarda por aquellos años 80s y 90s de “verdadero progreso” en Venezuela, una idea bastante peligrosa, si tomamos en cuenta el consenso universal, incluso de aquellos organismos internacionales de derecha, en catalogar estos años como los más nefastos para América Latina en términos económicos y sociales. La “década perdida” de los 80s, que dio paso a la “larga y triste noche del neoliberalismo” en los 90s, como bien la definió el Presidente Rafael Correa, constituyen, sin lugar a dudas, tiempos de verdadera debacle moral, social y económica en nuestros países, que en el caso de Venezuela, originó la Rebelión Popular contra el fracasado neoliberalismo en 1989, la Rebelión Cívico-Militar del 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992, y la Victoria Popular de diciembre de 1998, cuando se inicia en el poder la Revolución Bolivariana bajo el heroico liderazgo del Comandante Eterno.

No obstante, creo entender la nostalgia que abruma a las viejas celebridades ochentosas de la televisión venezolana, que hoy canalizan políticamente su frustración contra la Revolución Bolivariana y el Socialismo del Siglo XXI.

En esa época de debacle moral, económica y política, artistas como Yordano, Kiara y Guillermo Dávila podían llenar fácilmente el Poliedro de Caracas, cuando hoy les resulta cuesta arriba llenar una tasca para tocarle sus viejas canciones a nostálgicos barrigones y féminas enbotoxadas de tetas duras. Otros como Jean Carlos Simancas, otrora primer galán de la televisión venezolana que se quitaba a sombrerazos las mujeres más bellas y codiciadas del país, llegando incluso a casarse con una Miss Venezuela lamentablemente fallecida en extrañas circunstancias, hoy debe estirar al máximo su ya estirada piel, para evitar a toda costa el paso del tiempo y poder encontrar que al menos le hagan ojitos de lejos.

La propia Gledys Ibarra, que deslumbró a propios y extraños con su extraordinaria actuación en “Por Estas Calles”, y aun más después, cuando rapó su cabellera para interpretar a Luna en “Amores de fin de siglo”(1), hoy lucha contra el olvido de los venezolanos y venezolanas que conocen muy poco sobre lo que hace y dónde lo hace, aunque ahora haya conseguido exposición mediática para demostrar, entre otros, su gran capacidad intelectual.

Lamentablemente para la oposición, Jean Carlos Simáncas no es Justin Bieber y Gledys Ibarra no es Meryl Streep, como tampoco Globoterror es RCTV o Venevisión. Al observar la diferencia generacional entre los artistas que defienden el neoliberalismo del candidato Capriles y aquellos que apuestan a la Revolución Bolivariana, a uno le da un fresquito saber que estamos en buen camino.

No sé si esta idea sea más peligrosa que un microondas, licuadora o secador de pelo, pero a pesar de los años entrados de este escribidor, también de la generación de los 80s, resulta reconfortante saber que las nuevas generaciones de artistas e intelectuales, acompañados de toda otra generación de artistas e intelectuales que se la batieron duro en las décadas de los 50s, 60s y 70s de lucha revolucionaria contra gobiernos asesinos y torturadores y que prefirieron quedarse en Venezuela a sembrar Patria, son quienes hoy están dando la talla, y con los que la Revolución está y estará definitivamente muy bien representada.

(1) “Amores de Fin de Siglo” es del escritor de telenovelas antichavista Leonardo Padrón, que entonces saltaba al estrellato para luego terminar, junto al fracasado Ibsen Martínez, postrado a la sombra del irremplazable José Ignacio Cabrujas.

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