¿En qué cree la oposición dura venezolana?

No hablaré de dirigentes de partidos políticos ni de propietarios de empresas comunicacionales. Hablaré de las personas que –desde su cotidianidad- defienden y asumen los planteamientos antichavistas. De esa población que no suma los 6.327.429 (44,73%) que sacó Capriles en la última votación presidencial, pero que comprende sin duda un número significativo de personas. Trataré de interpretar –desde mi criterio- cuáles son sus creencias políticas fundamentales. Mientras mejor conozcamos ese pensamiento fundamental mejor podremos prever sus acciones y probablemente tenderles en el futuro –después de las elecciones del 14 de abril- puentes de diálogo para fortalecer el proyecto país.

¿Cuál es el espacio fundamental de identidad de la oposición dura? ¿Qué quieren? ¿Cómo ven al gobierno y a quienes le apoyan? ¿Cómo ven al pueblo? ¿Cómo ven a sus aliados? Estas son preguntas que considero pertinentes para conocerles bien. Doy por descontada la poderosa influencia de los medios de difusión masivos, no sólo los presentes, sino los que han prevalecido a lo largo de nuestra historia, en la conformación de esta identidad.

Considero entonces que el espacio fundamental de identidad de la oposición venezolana responde –con sus vaivenes y sus bemoles, por supuesto- a la historia de occidente. Es decir, ella se siente parte del mundo occidental (Estados Unidos, Israel, Inglaterra, Francia, El Vaticano), en contraposición con lo indígena, africano, árabe, que para ellos representa lo primitivo, lo inferior, lo que hay que superar… El orden pre-chavista venezolano (la llamada IV República) les hacía sentir más cerca de ese occidente que representaba la civilización, el progreso, e incluso lo bueno, lo noble. Lo que faltaba era que cada cual (en su visión individualista) emprendiera sus propios proyectos, sus negocios, para superar sus niveles de vida e incluso darle a trabajo a otros menos emprendedores. Claro que había algunas taras (miseria, segregación) que tarde o temprano –gracias a acciones más eficientes de las empresas y también del gobierno- serían superadas. Y esta posición les impedía ver –he sido testigo de ello- un mundo de represión, tortura y muerte que –a lo largo de la historia de nuestro país- daba soporte a su visión del mundo. Creen aún que avanzamos inexorablemente hacia un horizonte de progreso, eficiencia, civilidad que sólo hallaremos al cobijo de las grandes potencias. Y esa creencia persiste a pesar de las crisis económicas, políticas, sociales y culturales que sacuden al capitalismo hoy día. Dejar esta creencia es arriesgarse a caer en una crisis existencial profunda, transformadora.

¿Qué ocurrió? Que irrumpió el pueblo en el caracazo cuestionando más que las medidas económicas unas estructuras sociales siempre injustas, lejos de la equidad. De seguro la oposición dura de hoy pudo pensar que si bien el pueblo tenía algo de razón, no era el modo de protestar mediante saqueos y destrucción de la propiedad que las personas habían obtenido por medio de su trabajo. Lo que tenían que hacer era convertirse en empresarios –pequeños o mayores- y participar en las reglas de juego del capitalismo occidental. Cualquier otro camino podría llevarnos al caos.

Luego vino Chávez, el “por ahora”, su crecimiento vertiginoso en la gente de a pie y sus continuos triunfos. De ese modo, la oposición sintió que algo le estaba sacando violentamente de su sueño de civilización occidental, de su zona de confort, de sus aspiraciones empresariales (tuvieran o no empresas). Y, fuera de este ámbito, para ellos, sólo quedaba el caos, el abismo. Por ello, haga lo que haga el gobierno chavista, siempre se tratará de caer en una pendiente que nos lleva a la anomia, al desastre.

Ya no se trataba de algo distante, sino de un gobierno incrustado en su propio país y de paso con gran respaldo popular. Como un mecanismo psicológico de defensa, quisieron creer que se trataba de un error pasajero, de una especie de hipnosis colectiva de la mayoría, y que el “inquilino de Miraflores” pronto volvería al sitio que le correspondía por condición social, y todo sería como antes. Pero ello no ocurrió. Entonces, este grupo decidió participar más activamente en la restitución del orden pre-chavista. Y, desde su universo simbólico -claro que con mucha ayuda mediática y de las cúpulas eclesiásticas- atribuían al gobierno características diabólicas. Es decir, principalmente Chávez era una encarnación del mal, demostrada supuestamente tanto en sus prácticas anticristianas –muchos rumores, por ejemplo, de pactos con Satanás-, de sus vínculos con babalaos, de posibles rituales que incluían sacrificios humanos, como en la escogencia de sus aliados (Una Cuba atea, un Irán infiel, una Rusia comunista). En consecuencia, cualquier acción para erradicar el mal estaba –y está- justificada: elecciones, golpe de estado, paro petrolero, guarimbas, invasión norteamericana. Se trata, en fin, para ellos, de cortar el mal de raíz. Por ello son tan tolerantes con algunas prácticas patentes de los partidos opositores que en otro momento repudiarían: forja de documentos oficiales, corrupción, grupos de choque, marcada ineficiencia.

Este sentimiento religioso –del catolicismo ancestral, rancio- que sirvió para justificar procesos coloniales, genocidios y etnocidios, daba –y da- a la oposición dura un motivo para hacer lo que sea para salir de Chávez y el chavismo. Se trata, en el fondo, de un enfrentamiento con el demonio en pasta. Este sentir explica por qué buena parte de la oposición no perdona a quienes habiendo militado en sus filas deciden apoyar –o a vincularse en algo- con el chavismo. Conozco a personas –sin duda inteligentes- que no asisten a la feria del Libro, o a otro evento que pudiera ser positivo, o que no ven algunos canales de televisión, por ser “chavistas”. Y aunque el gobierno haya ayudado a algunos de sus amigos cercanos pagándoles el dinero que bancos fraudulentos les robaron, o adjudicándoles viviendas adecuadas, eso no lo exime del “mal”, sino que son simples estrategias para cegar y manipular a la población. Visto de otro modo: cualquier acercamiento al chavismo es una forma de pactar con el mal, con el demonio, y quienes lo hagan deben ser anatemizados de una vez y para siempre. Por eso el encono contra el grupo de artistas de radio y Tv que decidieron manifestar su respaldo a Maduro, entre otros tantos.

En los ojos de estos grupos opositores el gobierno, como actor demoníaco, es capaz de envolver con sus seducciones al grueso de la población. Las mayorías –desde sus ojos opositores- son personas con poca iniciativa, con poca formación aún cuando algunos sean profesionales, que han caído en los cantos de sirena gubernamentales y no actúan con criterios propios. De aquí el clamor opositor de que si las mayorías poblacionales lograran ver la “realidad real” (la que los opositores ve) retirarían rápidamente su apoyo a Maduro y a su camarilla. Desde la mirada de los opositores de línea dura el pueblo no es capaz de organizarse, ni de emprender proyectos para mejorar su calidad de vida (Capriles –por ejemplo- no habla de participación popular, sino que señala que él resolverá los problemas de la gente)... Para los opositores duros los habitantes de barrios y caseríos se organizan porque el gobierno se los manda, y en el fondo sólo caen en el juego de legitimar al régimen. Así, el estado comunal no es una expresión de iniciativa organizada de la gente, sino un juego del gobierno para afianzar el poder del grupo minúsculo que gobierna. Para los opositores, este pueblo, descendiente de indios y negros que -a su juicio- poco han aportado a la historia y a la cultura del país, no existe como sujeto, es una masa sin forma, maleable, llena de supersticiones y de herejías (y en esto asumen la visión de la burocracia eclesiástica). Y así como el gobierno los utiliza, ellos –los opositores- seguramente también pueden hacerlo para conseguir votos. Por ello les ofrecen mejorar sus condiciones materiales (alimentación, seguridad, trabajo) y nada dicen de dignidad, de participación en planes y proyectos locales y nacionales, y mucho menos de posibilidades de contraloría social.

Finalmente, quiero aclarar que la oposición dura no alcanza los más de 6 millones de votos sumados a Capriles el pasado 07 de octubre. Creo que es un núcleo más reducido, aunque cuenta con el favor de los mass media –nacionales e internacionales- y diversas instituciones: cúpula de la iglesia, algunas academias, cámaras de empresarios. Opino que la estrategia de campaña del chavismo puede actuar en buena parte de la población que le adversó mediante mensajes y pautas de relación claras, contundentes y concretas. En cambio, la oposición dura intentará mantenerse aún en su espacio identitario occidental, anticomunista, antipopular. Y para ello no importa desacatar el CNE, el Plan República, o acudir a la intervención extranjera si es necesario, con tal de salir del chavismo… Sólo tal vez a mediano y largo plazo, por medio de proyectos y estrategias dialógicas convincentes, se podría intentar romper ese duro núcleo.

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