Los Ojos diabólicos y la Motolita

Estaban colgados del techo. En la oscuridad de la habitación sólo se escuchaba el rozar de sus macabras alas. Pero la visión de ambos era evidente. De vez en cuando se pasaban unas pequeñas grageas que engullían con placer. Un brillo bestial les aparecía en la cavidad visual de ambos. Sus milimétricos cerebros se alimentaban con estas grageas. 50 yigas de poderosa mala intensión se les incrustaban en ese lugar de la cabeza.

En una cama, acostada con el rostro metálico, los ojos bordeados de sanguinolencia, Motolita sonreía suavemente. Era una sonrisa macabra que se le vía infernal sobre el fondo de una lúgubre cabellera olorosa a jabón la llave. Una cabellera rellena de luces, que en verdad no eran más que trillones de caspas que la falta de aseo le producía.

Ojos Diabólicos 1 la llamó:

“Motolita ¿podrías pasarme dos dardos?” La aludida estiró su brazo lleno de arrugas y posó su mano sobre una mesita que en su superficie tenía varias hipodérmicas, un polvo blanco y una copa con limón. “¿Dos solamente?”.-Dijo con una voz entre lija 80 y esmeril de cemento. “Sí, sólo 2”-Contestó Ojos Diabólicos 1.

De pronto Ojos Diabólicos 2 comenzó a reír como un loco loquero, loco loquero. Ojos Diabólicos 1 lo miró con sorna. Motolita lanzó una mentada de madre mientras desgarraba una flatulencia oral:

“Coño ¿por qué mis padres me hicieron tan bruta, tan escasa de mente, tan acomplejada y ruin?’” Ojos Diabólicos 2 sacó un “chocolatito dulce” y le quitó el papel. En ese instante una araña mona colomina se descolgó de su tela y se lo bailó. Ojos Diabólicos 2 lloró mientras rebuznaba: “Cónchale ayer me quitó mi suapara y hoy me quita mi chocolatito dulce, que broma, se lo voy a decir a garganta de lata “blai” que es experto en dar GOLPE.

Motolita le pasó los dardos a Ojos Diabólico 1. Entonces se encendió la luz. En una pared apareció el mapa de Venezuela. Pero, ¿por qué estaba cubierto de centenares de dardos? Motolita rió. Un terrible mal aliento le salió de la cavidad bucal: “Coye bróder ya no vamos a tener espacio donde enterrarle los dardos al mapa de Venezuela”-Expresó arreglándose el “aguántatela”

La cortina de la macabra habitación bailó al compás de un estúpido rock de Juanes. Estaba desflecada- Motolita la agarró por un lado y se secó los mocos. Afuera se escuchó la voz de Miguel Bosé. No quedó ni un insecto, el tipo canta tan mal que ni ellos lo aguantan.

Ojos Diabólico 1 apuntó el dardo sobre la región de Táchira. Mientras apuntaba varios anillos de infinitos colores les bailaban en las cuencas de los ojos; estaba hasta el culote de droga. Ojos Diabólicos 2 igualmente rió y se dejó caer al suelo donde millones de garrapatas le dieron la bienvenida subiéndoseles por las canillas. Expresó:

“Ojos Diabólicos 1 apunta bien sobre el Táchira que por ahí comenzaremos nuestros planes desestabilizadores y mañana te vas a Chacao a anunciar lo que expresó una vez uno de nuestros grandes pensadores: “Quemaremos esta ciudad”

Motolita con el rostro empegostado de miseria y ruinas, con los pómulos puyúos y los ojos enmarcados sobre una vida perdida, una existencia opaca, frustrada, llena de odios y complejos, chanqleteó sobre una desgastada alfombra en el piso. Un gato briceño maulló lastimero, un pollo valenciano picó un plato porque no lo puede morder y luego se cagó sobre el alféizar de la ventana. La lúgubre oscuridad se encargó de hacer que Ojos Diabólicos 1 y 2 se volvieran a colgar del techo como dos vampiros sin patria, sin espacio para el amor, huérfanos de sentimientos…odiados por el pueblo venezolano, a seguir planificando apuntar sobre un mapa que en mala hora les había dado la nacionalidad venezolana.

Motolita poco a poco fue cerrando sus ojos sobre el jergón. La esperaba un día siguiente en donde iría a tratar de convencer a una gente decente, inteligente, patriota y amorosa, que ES MENTIRA QUE LA OLIGARQUÍA MATA, DESTROZA, ROBA, ASALTA, DISCRIMINA, se entrega al enemigo, porque Motolita no es un ser humano; es una aleación de ambición con ganas de poder para la venganza y el crimen.

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Ángel V. Rivas


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