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Marianella no se pudo comer el bollo ni la hallaca culpaechiave

esde afuera, a través de la ventana de la habitación de la septuagenaria señora Marianella Salazar, se veía su figura algo borrosa. Un sapo que brincaba contra la pared al fin pudo devolverse y sonrió en la penumbra. En la rama de un samán entonó un garrapatero su canto nocturnal, un bongo…-disculpen, eso no.

Marianella se puso de pie. Arrastrándose fue y despegó los vidrios del rectángulo ventanal. La sombra penetro con su misterioso gabán. Fue entonces que de la anciana garganta de Marianella se escapó un ¡Noooooo! Que le heló kiti la sangre a todos los animalitos de un bosque cercano: huyeron despavoridos. En la pantalla de su televisor de 7 pulgadas blanco y negro que le regaló CAP cuando cumplió 67 años, la figura de Nicolás Maduro copaba la pantalla.

Marianella vomitó en el alfeizar de la ventana el poncigué que se había tomado. Sus ojos se izaron buscando una respuesta en la luna que bailaba una pieza de Strauss en el techo del mundo. Nicolás seguía hablando en la pantalla. Decía que había mantenido una conversación de veinte minutos con EL LÍDER , léase Hugo Chávez Frías y que éste le había dado algunas recomendaciones.

A setenta kilómetros de la casa de Marianella, en una humilde vivienda, otra anciana pero de noble y bello corazón enjugaba unas lágrimas abrazando con fuerza la imagen del Corazón de Jesús contra su pecho. Lloraba d emoción ante el anuncio de Nicolás. La diferencia entre una y otra viejita era abismal.

Marianella hizo una fuerza descomunal para que sus labios igualito a los de Diego Arria se estiraran y lanzó una imprecación: “No puede ser aún vive…” Corrió al viejo closet, regalo de CAP cuando ella cumplió 69 años y sacó una loción jean maría fariña, se la regó por la nuca de millonarias arrugas. “No puede ser todavía vive y nosotros los macabros, los que nos manejamos sin corazón en el pecho creyendo que estaba muerto”- soliloquió. Afuera un halo de mortecino olor se expandió sobre la casa de Marianella. Azufre, azufre, el demonio rondaba.

Con un brazo extendido sobre los alimentos que estaban en la mesa, los lanzó al piso. Las hallacas, los bollos, el vino sagrada familia, el dulce de lechosa, las mandarinas, una imagen de CAP al que adoraba rodaron por la alfombra a la cual un gato había roído desde hace años, pero que ella se negaba a botar porque fue un regalo de Luis Piñerúa de cuando habitaba un rancho por Casalta.

Lloró. Sus lágrimas al caer hacían agujeros, porque eran lágrima de ira, de rabia, de frustración. El periodista Nelson bocaguá, perdón, Bocaranda la había llamado horas antes para decirle que “el hombre había fallecido en la Habana” y fue mentira. Nicolás expresó que HABÍA CAMINADO

y el pueblo que si posee alma, espíritu, el pueblo que ama, que sufre, que fue hecho a imagen y semejanza del amor, brincaba de contento. Todo lo contrario a la geografía del Este sifrino y pantallero en donde todo se había quedado frío escuchando aquella noticia que Nicolás anunciaba.

Marianella estaba frustrada. En su carcamal galería interior de anciana constructora de maldades, bullía un misil de arrechera, corría un obús de maldiciones y se disparaba una bomba atómica sobre los niños del mundo, Marianella caminaba entre un charco de hallacas, bollos, vino, jaleas, turrones y mis rones.

Sobre las paredes de su habitación corrían arañas, erizados ratones huían de un lugar a otro, cucarachas y coquitos, tuqueques y chiripas se entrecruzaban en busca de una salida para escapar de la casa de Marianella que gritaba, ofendía, maldecía, mentaba madre, y todo y todo, porque NICOLÁS MADURO, con la madurez que lo caracteriza, anunciaba que EL AMOR DEL PUEBLO se recuperaba poco a poco, lentamente y que las oraciones del mundo, de la gente buena, de los curas amorosos, de los religiosos, de los indígenas, de todos hacían su trabajo de fe, de amor, de afecto hacia un hombre cuyo único pecado ha sido es dejar a un lado la fantasía que produce el capitalismo, para caminar al lado de los suyos, del soberano, del pobre, de indigente, del soñador, en busca de la equidad social, donde no existan Marianellas, ni Bocarandas que sean capaces de sentirse frustrados porque un padre, un hijo, un tío, un abuelo, no muere para regocijo de ellos.

La noche envolvió en penumbras la casa de Marianella y los bollos y las hallacas se quedaron fríos sobre el suelo. El demonio sonreía y anotaba otro nombre para la olla 666.


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Ángel V. Rivas


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