El barranco afectivo

Una vez conocidos los resultados del proceso electoral del 7/0 y con el 90% de los votos escrutados, no quedó la menor duda del triunfo de Chávez. Alegría para unos y el inicio del barranco afectivo para la atónita oposición, violentada la fe en su candidato y la credibilidad en los promotores del engaño: MUD, medios y encuestadoras de oposición. Falsa crónica de un triunfo anunciado, avalada por la derecha internacional presente en el país a través de medios y periodistas, analistas y expertos, suerte de bandada de buitres convidados a la fiesta de la caída de Chávez y su proyecto.

Durante la campaña, la oposición se organiza en torno a una candidatura que resume fundamentalmente sentimientos negativos de rechazo, odio, miedo, resentimiento y venganza. Emociones que se fueron apoderando tanto de la esfera pública como de los entornos privados.

Convencida del triunfo, la oposición asume la campaña desde la arrogancia y la prepotencia de poseer la "verdad" hegemónica. Ante la insospechada derrota y convertidos en parias políticos sin piso ni asidero, se demandan: ¿Fuimos engañados?, ¿a quién culpar?, ¿perdonaremos a quien nos ha engañado? Entendido el perdón como un mal que alguien nos ocasiona voluntariamente y que requiere de una buena razón para absolver, olvidar y liberar al otro de la culpa. En ocasiones la oferta del perdón y la reconciliación constituyen actitudes hipócritas y arrogantes propias del que cree que tiene la razón.

Una vez conocidos los resultados, el candidato opositor asume su barranco escudado en su talante democrático y procura la absolución de sus culpas amparado en la creencia de que “el tiempo de Dios es perfecto”.

Se incorpora la sospecha al despeñadero afectivo. ¿Dónde está ese 55% de chavistas? ¿Ocho millones y tanto de marginales, parqueros, caleteros, lavacarros, pedigüeños, buhoneros? El entorno no parece seguro y se impone la desconfianza y la duda, se recela de vecinos y amigos en tanto posibles chavistas ocultos no confesos.

Después de 14 derrotas electorales y doblegada la oposición por la percepción de un entorno electoral adverso, se profundiza la desesperanza aprendida, en tanto convicción de que independientemente de las acciones que se emprendan, no es posible cambiar la realidad. Progresa el despeñadero afectivo hasta consumir cualquier posibilidad de respuesta y hundirse en la pasividad ¿electoral?

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Maryclen Stelling


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