Culpable por despertar a Romina

El 6 de octubre, cuando ya la noche anunciaba la llegada de las 8, el ruido de las Lagostinas y las Renaware procedente de las casas de mis vecinos y otros edificios, rompió la paz de esa noche del sábado que antecedía a las elecciones.
En San Bernardino, bastión radical de opositores al Presidente Chávez, el taquitaquitá no podía ser menor, pero vino acompañados del respectivo mueran los chavistas de mierda,  malditos rojos, les llegó la horaaaa.
Ante el ruido y los gritos desaforados, en seguida  mis hijos corrieron a la sala y me interrogaron tan sólo con sus miradas de sorpresa. Les dije, tranquilos, es la gente que no le gusta Chávez, no se asusten... Yo resistiré estoicamente el sonido del fracaso. Ellos, desvinculados totalmente de cuestiones políticas tal y como los he acostumbrado, se marcharon a sus cuartos a leer y ver películas.

El tintineo duró unos diez minutos, los gritos se apagaron y las pobres ollas quedaron listas para cocinar la derrota del día siguiente. El 7 a las 3:00 am sonreí cuando la diana me despertó, provocaba dormir pero me dije: listos para la batalla.
Ya todos sabemos lo que ocurrió ese día: ganamos. Después de un pequeño brindis, por primera vez me fui al balcón del pueblo con un par de amigos del trabajo a celebrar la victoria de Chávez. La gente estaba feliz, pero era tanto el gentío que no nos pudimos bajar y nos marchamos a escuchar el discurso del ganador en nuestras casas.
Estos fueron tiempos de primeras veces, porque el día 4 también fue mi primera vez en una marcha-concentración, y no me importó empaparme con la lluvia de aquella tarde. Creo que eso ocurrió porque jamás los seguidores de Chávez habíamos asimilado completamente el peligro del retorno de la derecha al poder y, entre otras cosas, porque también esa campañita opositora, la que nos tilda de marginales, da más bien como arrechera y, en consecuencia, sólo logró que muchos saliéramos a las calles y dijéramos yo también soy marginal.

Al fin de cuentas, el 7 por la noche fue también la primera vez que llegué al edificio donde vivo, donde el día anterior sonaron cacerolas a rabiar, tocando cornetas y con la canción Chávez corazón de pueblo a todo volumen. Un viva Chávez carajo culminó ese desquite de apenas un par de minutos porque, imaginen, no quería que me culparán al día siguiente de subidas de tensión o infartos en un lugar donde el 80% de los vecinos son de la 4ta edad sólo si ellos no son los que ganan las elecciones y hacen la bulla respectiva.

Los días continuaron serenamente. El viernes 11 vi a una pareja de mis vecinos más escuálidos que al verme corrieron al ascensor, subieron a su hija que vino a votar desde Colombia y cerraron la puerta de inmediato. Creo que no soportaron mi risa irónica.

Pero este domingo 14 pasó lo más sorprendente. Una de mis vecinas que parece que estaba molesta o porque dañó sus ollas o porque Capriles perdió, me vio en el estacionamiento y me dijo con cierto aire de desprecio: señor la otra vez me despertó a Romi. Enseguida recordé mi entrada triunfal al edificio y le pregunté ¿por qué no se quejó de las cacerolas? ¿o es que ese día Romi no se despertó?

Ella arrugó su cara y me replicó, es que también usted dijo una grosería y Romi la escuchó. Yo me sonreí y le dije ¿y es que Romi no escuchó los insultos y maldiciones que incluso desde su propia casa lanzaban sus padres por la ventana? La vecina se quedó sin argumentos, pero intentó finalizar su conversación con el respectivo insulto y con voz de quien está mascando algo indeseado lanzó su dardo envenenado: Ay señor pero es que usted perdió la clase.  

Mi carcajada la habrá escuchado todo el edificio porque al final esa gente irracional no merece que nos enganchemos con ellos, pues de nada les valen los argumentos; sólo nos queda reír porque cuando uno escucha en la calle cosas como ay mijita nosotros teníamos una parrillita y un vinito y nadie se la quiso comer después que anunciaron los resultados, lo que le provoca es soltar es eso, porque estoy seguro de que si Chávez hubiera perdido, yo habría hecho como dijo una vez Joselo en unos de sus viejos sketch cuando le preguntaron porque iba a bailar si estaba de luto: no importa, yo bailo triste.


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