Chávez: ¿su última cruzada?

Faltan siete días para los comicios. Día que pudiera ser glorioso pero también infausto si un solo chavista, por exhibir aires triunfalistas, se quedara sin votar. Porque la ausencia de triunfalismo obliga a pensar que por la falta de mi voto se pudiera perder una determinada elección, y más esta tan vital. Tan así de inflexible debe ser en cada uno nuestra vocación de votar como revolucionarios, este próximo 7 venidero.
 
Sobre las posibilidades de Chávez para salir airoso (y el pueblo y la patria, con él), se han dicho muchas gansadas dentro de la contrarrevolución, destacando las de su característico candidato, donde casi la totalidad son engaños, burdas y hasta espectrales tergiversaciones, porque no otra cosa puede hacer sin terminar prometiendo lo que Chávez ya está haciendo con definitivo e irreversible acierto, no obstante las grietas, o menoscabos, que son de la esencia de toda obra humana.
 
Pero hay un joven pariente consanguíneo mío que ha realizado un análisis con motivo de una conferencia suya en el marco de la programación de la Iniciativa Andina del Rockefeller Center for Latin American Studies de Harvard, lo que hace presumir que sea él un ortodoxo antichavista por haberla dado en lo que seguro es una de las espaciosas basílicas del antichavismo mundial, pero, con un lenguaje tan tupido de ponderación y decoro (bueno, dentro de la convulsiva literatura política) que, para no sentirme incitado a dibujar garrapatos vulgares y liberadores, como es mi hábito ante las inaguantables añagazas escuálidas (siempre más argumentistas, que argumentativas), es el que voy a permitirme comentar de seguidas.
 
Ese joven pariente es a propósito hijo de un poeta tío y primo mío al mismo tiempo (por esa especie de miscelánea guanapense) que fuera un revolucionario y, tan singular como poeta, que tuvo el mérito fenomenal de haber escrito unos versos en verdaderos criptogramas que, sin embargo se creen, quizá mejor se piensan o, tal vez mejor se entienden, perfectamente, con sólo poner la imaginación a cumplir su prodigioso rol. Y leí de ese joven pariente mío, también, un relato muy testimonial sobre la vida de su padre -uno de los “malditos”- que me conmovió por lo desgarrador y sobre todo por el aplomado y traslúcido estilo con que lo escribiera.
 
Pero vayamos al texto esta vez de su análisis situacional, sobre lo que define como la última cruzada de Chávez.
 
Inició su presentación haciendo gala de una recomendable prudencia al advertir, que si lo veían rascándose mucho la cabeza durante su disertación, era porque le resultaba arduo poder descifrar qué pasaría en Venezuela el 7 de octubre, sin pretender por supuesto ser un derrotista exógeno pero, saliendo al final con el triunfalismo de que “el resultado será realmente cerrado y, probablemente, cabeza a cabeza”…
 
Creo descubrir aquí una contradicción tan fácil como atrapar una claraboya. Él bien sabe que Capriles va a perder, pero lo que no se atreve a decir allá es por cuánto y, por tanto salomónicamente hace ver, que habría un empate. Porque no quisiera pensar que ese “cabeza a cabeza”, tan cabezón, pudiera constituir un aporte más de mi admirado pariente a la fullería de hacerlo creer, para que sirva de coartada el 7 de octubre, en el fomento, o para levantar fuego a lo que los gringos no sé si denominan “racket”, “up rising”, “revolt” o “something like that”, pero que nosotros aquí muy coloquialmente hemos identificado, al menos por 60 años, con una expresión que, en verdad resulta muy vulgar, pero que me he permitido pulimentar para contribuir a la circunspección de nuestro lenguaje, mediante este acrónimo: cocul… Cocul que “Yongo” no quiere sólo que se forme, sino que fomenta con demente impudicia, por lo que debiera ser encerrado en un manicomio con camisa de fuerza y adicionalmente con una tajante patada en el c… No, no la voy a pronunciar, para evitar quitarle a mi texto ese tono casi de nocturno de Chopin que me he esforzado en mantener, por respeto al de mi pariente.
 
Destacaba que, en su fecha Chávez llevaba una ventaja de entre 10 y 20 por ciento, de acuerdo con la mayoría de las encuestas, omitiendo que son las más autorizadas, porque aclarecerlo, no resultaba demás. Sin embargo que veía en Capriles un “lento pero firme proceso de cambio”, lo que tendió a olerme a eufemismo. Creo que más bien lo veía estancado.
 
Advirtió un penetrante contraste entre las dos campañas. La de Chávez basada en dos ideas: la de un “pensamiento mágico”, y en la promesa de continuar con el Socialismo del siglo XXI, pero con más eficiencia. En cuanto a lo de pensamiento mágico hacía alusión a las conspiraciones y al seguimiento de paranoicos episodios como un thriller, así como al manejo de su enfermedad, haciendo ver, presuntamente, que se sacrificaba por la Revolución. Sobre las conspiraciones de la CIA no creo que constituyan ellas episodios o visiones de paranoicos, al menos por parte de los conspirados. Quizá sí pero por parte de los conspiradores. Y sobre su enfermedad, sí estuvo positivamente muy enfermo, lo que pasa es que, aun estando así, tenía que continuar con esa que consideraba y considera su formidable responsabilidad. Que ese cáncer había creado una poderosa conexión psicológica con el pueblo (que denomina “gente común”) y convertir así la campaña en “milagrosa”, continúa diciendo mi joven pariente. Pero resulta injusto atribuir la conexión amorosa del pueblo con Chávez al cáncer, cuando la realidad es que mucho antes de su cáncer, otro ya había hecho nido, pero en el cuerpo de la oposición. Ese amor entre Chávez y el pueblo resultaba pues, para los escuálidos, su propio cáncer. Hago notar que mi pariente conferencista utilizaba datos estadísticos procedentes (únicamente) de Datanalisis, encuestadora oficial de la oposición que ha tenido que enfrentar la desdicha de no haber podido esconder la verdad a pesar de haberlo intentado con artes de engañabobos.
 
Partía también mi pariente de la falsa premisa de la supuesta ventaja de Chávez por tener 14 años ya en el poder, cuando la verdad es que los gobernantes tradicionales al año del inicio de su mandato ya tienen el prestigio reptando, salvo que un balance positivo de su gestión se haya así inclinado debido a una obra que el pueblo sabiamente aprecie, sin que hayan mediado, por supuesto, astucias fraudulentas del gobernante. El haber mantenido un nivel de popularidad tan alto, durante 14 años, lo que dice es que el pueblo considera esa gestión positiva. Y si eso constituye una ventaja, bueno, sería la lógica ventaja del buen gobernante, que, en el caso nuestro, es además un revolucionario.
 
Aprecia que no obstante haber lanzado la Gran Misión Vivienda Venezuela, y aumentar el salario mínimo anualmente, las encuestas coinciden en que el apoyo a Chávez no crece. Bueno, si no crece al menos se mantiene, lo que no le ocurre a la oposición, y menos con Capriles, que lo que tiende es a decrecer, aunque tal vez, potencialmente.
 
En otros comentarios generales, lo que trató de significarle a su quizás de lenguaje injurioso ávida audiencia, era que maneja “un programa lleno de buenas intenciones, como esa de transformar a Venezuela en un poder regional, social, económica y políticamente dentro de la naciente región latinoamericana y del Caribe, a fin de garantizar la creación de una zona de paz en nuestra América; o contribuir a la conservación de la vida en el planeta y la salvación de la especie humana (…) Pero que el plan también incluye otras propuestas orientadas a extender el control del Poder Ejecutivo, reforzando la estructura de poder basada en la relación entre el líder Chávez y la comunidad”. Sí, pero hacia lo que Chávez boga, es hacia el gobernar obedeciendo. Es decir: pueblo ordenando, y Chávez acatando.
 
Que Chávez “ofrece más de lo mismo con un discurso gastado que parece lejano de los problemas más acuciantes del electorado”. Pero, si resultara así, como dice mi pariente, Capriles entonces no lo imitara como descaradamente lo hace, obligando incluso a Jorge Rodríguez a tener que hablar acertadamente de mímesis caprilera, dado que llega al extremo de ofrecer lo mismo, pero la mayoría de las veces como bombón electorero y manteniendo -creyendo que muy bien escondido- su degradante paquetazo. Que por eso es que la oposición “suena nueva y refrescante y que tiene un líder (yo diría más bien candidato) elegido democráticamente en una votación partidaria”. Me luce que “democráticamente” resulta aquí ostentoso por los signos de fraude que arrojara dicho proceso, y que sirve hoy de muestra médica para inclusive imaginarse cómo sería de sectario un eventual gobierno tal, al mantener a pocos días del evento comicial a sus cofrades electorales en la más vejatoria relegación política, cuando no expulsados de filas “unitarias” sin mediar estatutarios juicios juiciosos.  
 
Estima inteligente mi pariente la campaña de Capriles, quien, según él ha hecho un gran trabajo, mientras que Chávez lo que ha hecho es haber intentado convertir el voto, por su contendor, en un voto riesgoso. No, quien ha convertido el voto en riesgoso, ha sido él mismo (Capriles), y no sólo por su conocido y comprobado alistamiento fascista, sino por el paquetazo neoliberal que trae escondido, a manera de afiladísima pico e’ loro, acompañando a sus vértebras lumbares. Es eso lo que lo hace riesgoso.
 
También señala a Chávez de promover una “ecología del miedo” en un país con una de las “tasas más altas de homicidios del mundo”, además de un “sistema judicial disfuncional”. No obstante su juventud, no creo que mi dilecto pariente ignore que, en eso de las altas tasas mundiales de homicidios, el puntofijismo alcanzó creo lo más alto del podio, y, no sólo de homicidios, sino el de algo mucho más patibulario: el de los desaparecidos forzados, modalidad inaugurada justamente en esos años que pretende revivir hoy Capriles, con su a veces descarrilada modosidad. Además, si pudieran sumarse las víctimas de crímenes atroces y no atroces que se cometen dentro del país inspirador denso de las fantasías de Capriles, a las que en todas partes del mundo han cometido sus tropas tan impunemente a través de los siglos, no creo, que si incluso alcanzáramos sumar todas las víctimas mortales de las catástrofes naturales habidas, pudieran acercársele, ni por asomo. También esto hace muy peligroso a Capriles, quien a través de mensajes a García hace ver que esas, que seguro considera sus propias tropas, pudieran invadir Venezuela por ser un territorio irredento. Y eso él cree que infunde miedo en el pueblo de Bolívar. ¿Quién es el que pretende entonces generarlo? Porque hasta un simbólico misil se ha disparado muy recientemente cerca a las costas venezolanas, por un buque de guerra imperial que terminó atracando en Curazao, donde al parecer ha ocurrido otro golpe de estado. Es dulce la guerra para los que no la han probado, como dijera alguien cuyo nombre olvido en este instante. Bueno, y en cuanto a lo disfuncional del poder judicial, el del puntofijismo lo fue tanto que se dignó inaugurar en Venezuela el denominado, con mucha propiedad, “terrorismo judicial”. Y ese terrorismo para nada era cuento chino; era, ciertamente, cuento de horror.
 
Relata mi joven pariente, que en un tour electoral que hiciera con Capriles por varios estados, le llegó a preguntar que “cuál era su visión de la contienda electoral”, a lo que le respondiera una indiscutible mentira: que su aspiración no era tanto ser presidente, sino “abrir paso a una nueva era”, a un proyecto político que mirara hacia el futuro.
 
No creo que resulte vejatorio decir que Capriles quiere ser presidente (diciendo que busca el bienestar del pueblo) no sólo para acrecentar el suyo propio, sino también el de su familia, el de sus socios y el de su gran ayo del norte, porque estos efebos de Primero Justicia resultan como aquellos que, si bien enamoran con la vista, defraudan con las palabras, pero mucho más con las acciones. Capriles no representa el futuro. Representa -y de la manera más intachable- un pasado que pudiera remontarse, incluso hasta el Medioevo, sin que con esto ensaye ser hiperbólico.
 
Y ante el precario escenario de mi joven pariente, de que Capriles resulte triunfante, le recomienda realizar una serie de acciones que demandan, tanta esplendidez política, que forzosamente llevan a concluir que le está pidiendo peras al olmo; sobre todo, esa de satisfacer las grandes expectativas populares. Capriles por su esencia no piensa, y jamás pensará, en satisfacer siquiera las más mínimas expectativas populares. ¿Una prueba de ello? Su menesterosa gestión al frente de la gobernación del importante estado Miranda. ¿Es lógico pensar entonces que, quien no ha podido con lo menos, habrá de poder con lo más?
 
A Capriles –y será su etapa última- se lo llevará el viento de la historia como una rendida hoja de otoño por la simple razón de que el antichavismo cerril aspirará, para las próximas elecciones de 2019, disponer de un candidato con más pegada, con más completitud intelectual, ética y política y, sobre todo, con un proyecto honorable que continúe garantizando la soberanía y grandeza nacional, la bonanza en el pueblo y por ende la deseada paz social. Sólo así el antichavismo cerril, algún día, pudiera ver pasar una nubecita de esperanza.  
 
Y no creo haya lugar de este mundo de hoy donde el nombre Venezuela no ruja como un concierto de bombardones. Y no es que lo haga sólo por sus hembras, y por su petróleo, tal como ellas deseado. Lo hace por todo, incluyendo a Bolívar, quien por largos y crueles años fuera negado.
 
Antes muy poca humanidad sabía que Venezuela existía, porque estaba secuestrada por sus ocultadores de todas sus horas. Hoy no creo que haya nadie en este mundo que no sepa que existe y desee además conocerla. Y el arañero de Sabaneta tiene mucho que ver con eso, quien puede incluso dar pábulo a la hipótesis de que los grandes hombres no son más que amorosos niños históricos, porque Chávez no ha sido más que un brillante niño que ha sabido jugar… Es el hombre, que luego del ilimitado Bolívar, ha logrado con una luminosa llaneza preñarnos nuevamente de sueños, de señeras ilusiones. Y a veces tiendo a creer que esa impensable responsabilidad adquirida le resultó cancerígena. No me explico cómo ha podido dormir por tantos años concienciando tener tan delicado y por tanto tan histórico encargo. Pero como la Providencia siempre lo acompaña, logró mutar con su obstinación y ahora no es más que el lozano blasón de un diestro, aguerrido y predestinado pueblo: el verdadero pueblo de Bolívar… Es por eso que ahora puede trabajar a media máquina; a un ritmo algo más saludable para su casi patológica humanidad, y llegará el momento (ojalá más pronto que tarde) en el que el pueblo, como un solo hombre, y como una sola mujer, hará todo el trabajo luego de haberlo sentado en la merecida cima de su humilde grandeza. ¡Oh pueblo venezolano, y qué grande seguirías siendo, si así lo hicieras!
 
Por último, espero que la lúcida gran mayoría evite que el sol no pudiera volver a salir. Y ruego porque algún cierto y muy próximo día ojalá todos pudiéramos garantizar que, en nuestra política doméstica, el sol  siempre esté presente. Votar el domingo por Chávez sería votar por la continuación de una gran historia y evitar así tener que volver a la histórica catástrofe de aquel pasado aún tan próximo.
 
¡Vota por Chávez!
 

¡Qué viva Chávez!

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Raúl Betancourt López


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