Guerra civil o conflicto

En la recta final de la campaña, el feo rostro de la intolerancia muestra sus dientes: las discusiones políticas entre ciudadanos, resucitadas por la revolución bolivariana, se transforman en riñas hasta dentro de las familias divididas ante el proyecto país que desde hace 13 años impulsamos en Venezuela.

La oposición repite hasta el cansancio que en este país éramos felices hasta que llegó Chávez al poder y azuzó los conflictos. Chávez ha repetido en esta campaña que la hipotética llegada de la oposición al poder significa de facto una guerra civil por sus posiciones políticas y económicas intolerantes, que desprecian los logros del pueblo venezolano y demuestran su carácter racista.

Lo cierto es que la guerra civil ha llegado desde hace tiempo, y sus manifestaciones no convencionales se viven día a día en este país, desde los acaparadores y especuladores que atacan a sus connacionales, hasta los que generan zozobra saboteando el sistema eléctrico o simplemente dejar correr por las redes sociales toneladas de guerra mediática. El conflicto es la base de toda sociedad, no el falso consenso o la coerción disimulada de una clase dominante sobre otra; nos hemos acostumbrado (al menos un sector de la población) que hasta en una revolución pacífica las transformaciones generan descontento y rechazo por quienes pierden privilegios, y que el conflicto en su sana expresión continuará mientras sigan los cambios.

“Incluir a los excluidos, sin excluir a los ya incluidos”, resumía Chaderton en algún momento el delicado balance de redistribución del poder político y de la renta petrolera que se ejecuta en el país, pero suena a final de película gringa cuando vemos las amenazas de sangre de la oposición si su candidato no gana, o peor aún, las expresiones que hablan de una transición post-Chávez a sangre y fuego, a patadas. Del lado del pueblo revolucionario, no han faltado las advertencias de defender en la calle el triunfo debidamente legitimado por el árbitro electoral, de no permitir nunca más que nuevamente la derecha los vuelva “invisibles” socialmente o los desaparezca físicamente.

Discuten los hermanos, pero solo en casos de sociopatía la diatriba llega a la violencia física. Los venezolanos podemos y debemos acostumbrarnos al conflicto natural de una sociedad que muta; los afectados por la redistribución pueden defender sus posiciones en el marco de la legalidad vigente, reclamar sus derechos mediante la infinita libertad de expresión, pero deberían entender de una vez por todas que las transformaciones no las puede detener ni una de esas guerras de exterminio con la que algunos miembros de la oposición sueñan. El conflicto llegó para quedarse, y ambos lados deben entenderlo y adaptarse, pero la guerra civil cruenta no debe arribar nunca a este país cuya última conflagración, contra un enemigo externo, sirvió para liberar medio continente. Que la sangre no corra nunca, y si lo hace, sea ejemplar el castigo para los adoradores de la violencia ilegítima.

Periodista y docente universitario

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@raboscandanga


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