La misión de Capriles

En el mundo capitalista de hoy no se están llevando a cabo en modo alguno formulaciones teóricas para el replanteamiento del modelo. Los mecanismos que se discuten en Bruselas, Washington, Berlín y París, son solamente disquisiciones economicistas, orientadas más bien a la búsqueda de seguros de vida para el sistema financiero mundial, a costa de todo cuanto en lo social o político deba sacrificarse.

Como se sabe, el poder en el mundo capitalista no lo ejercen quienes han sido presentados a través del tiempo como la base del Estado, o sea los sectores políticos, ejecutores de acciones de Gobierno que desde siempre obedecen a los intereses de las hegemonías dominantes, es decir, al gran capital, sino que lo ejercen precisamente quienes concibieron al Estado como la gran maquinaria para el control y la regulación del potencial poder transformador de la sociedad mediante el ritual de las elecciones. En lo cual, el sector político es simplemente un instrumento más de consolidación del modelo.

Este gigantesco mecanismo, concebido para asegurar y perpetuar la desmovilización social, es lo que conocemos como “el Estado burgués”, cuyo propósito es educar a la sociedad en la idea de que no existirá libertad ni progreso en modo alguno si no existe libertad plena para el libre desempeño del capital privado y que para su realización deberán asegurarse ciertas normas de acatamiento común, conocidas como “las Leyes y la independencia de los poderes públicos”.

Bajo la “cultura” del Estado burgués, si de en medio de la sociedad surge la iniciativa de construir el poder popular organizado para asegurar su mayor bienestar, las Leyes (producidas por los sectores políticos) tenderán a aplacarla y los Poderes Públicos a ejecutar las acciones conducentes a ese aplacamiento. Eso es lo que se conoce como “la Democracia Representativa”.

Pero cuando los pueblos maduran ideológicamente y su conciencia de clase los coloca por encima de la lógica del Estado burgués, produciéndose el avance del pueblo en busca de su propia transformación a través del voto universal, secreto y directo (precisamente el ámbito de la democracia concebida por los sectores dominantes para perpetuar su dominación sobre la sociedad), entonces esos sectores dominantes deben apelar a estrategias de choque que permitan no sólo contener sino revertir esos procesos. Solo que bajo la paradójica circunstancia de obligarse a hacerlo en la misma forma electoral pacífica que a través del tiempo se ha ofrecido como el único medio aceptable para construir esa democracia.

Por eso en Venezuela la derecha, luego de su desatinada barraquera de la abstención electoral del 2004, decide retornar al escenario democrático y medirse en las urnas con su contendor más importante… el socialismo.

De acuerdo a todos los estudios serios de opinión, no solo actuales sino los que registran el comportamiento político del venezolano desde hace más de dos décadas, la única ideología que ha crecido en Venezuela en lo que va de siglo XXI es el socialismo, que ha pasado de un “techo histórico” de un 6% durante la cuarta República, a un 50% en promedio desde que el Comandante Chávez presentó al país la propuesta del Socialismo Bolivariano.

Un porcentaje más que significativo si se toma en consideración que tal crecimiento no se produce propiamente en los sectores ilustrados de la sociedad, sino en los estratos más populares. Justamente los que rescata el Comandante con su visión profundamente humanista del modelo de justicia y de igualdad social que hoy impulsa en el país.

Los estragos que produce el capitalismo hoy en día en el mundo tienen, por supuesto, un peso más que determinante en esta nueva realidad sociopolítica venezolana. Algo que refleja la exigua votación que obtiene dentro del sector de la derecha venezolana que acudió a las urnas en elecciones primarias para elegir su candidato a la Presidencia de la República la precandidata María Machado, la única que ofreció la fórmula del capitalismo como propuesta electoral en esa contienda, alcanzando apenas un 3,6% de la votación. Pero lo más importante en ello ha sido, sin lugar a dudas, el inmenso poder de liderazgo de Hugo Chávez, basado en una extraordinaria capacidad comunicacional sin precedentes en el ámbito político.

De ahí que el candidato de la derecha no tenga en lo absoluto el propósito de ofrecerle al país la opción del desarrollo económico convencional que históricamente se propone la derecha, concebido a partir de la reducción del Estado a su exclusiva función de garantizar la perdurabilidad del modelo democrático y del desarrollo y libre desempeño de la empresa privada, sino el avance en la construcción del bienestar personal de la gente a partir de la optimización de los logros alcanzados por la Revolución Bolivariana en cuanto a inclusión social.

La candidatura de Capriles es pues, el mayor reconocimiento a la inmensa conquista que ha significado para el venezolano el proceso de transformaciones adelantado por el Comandante Chávez. Reconoce, tanto en su discurso como en toda la puesta en escena de su campaña, que el capitalismo no es hoy en día atractivo para nadie y que el socialismo es una realidad inocultable en la sociedad venezolana y latinoamericana de este nuevo siglo.

Para lograr el propósito de alcanzar el poder, debe buscar captar votantes entre esa inmensa masa de pueblo que hoy sigue con verdadera pasión al líder de una revolución que llegó para salvarle de la destrucción que el neoliberalismo había comenzado a finales del siglo pasado, y que mayoritariamente ha votado en más de quince procesos electorales para ratificar su decisión de no volver al pasado de opresión e injusticia social que la derecha instauró en el país desde nuestros orígenes.

Su misión es procurar doblegar la conciencia de clase del elector del pueblo apoyándose en la seducción que el capitalismo ofrece a través del cada vez más creciente y degradante contenido mediático que las grandes corporaciones de la comunicación le venden a la sociedad. Un proceso de corrupción moral indispensable para romper la ética revolucionaria a partir de la absurda idea de un rebuscado e impensable modelo en el que se mezclarían de manera irresponsable las nobles ideas humanistas del socialismo en las que el pueblo cree, con el perverso materialismo individualista del consumismo. El lenguaje amenazante y soez con el que los seguidores de ese modelo agreden hoy a los militantes de la revolución por todos los medios y redes sociales, es solo muestra del inmenso intento por generar esa degeneración ética que la derecha persigue.

Capriles no ha venido pues a hacer campaña desde un ángulo ideológico particular, sino a tratar de alcanzar el poder para la derecha mediante la aplicación de esa modalidad de choque que es la prostitución de la política, y retomar así el camino de la generación de hambre y miseria al que está inseparablemente ligado el capitalismo, tratando de pervertir al venezolano a través de un desmedido ejercicio de demagogia jamás visto en la historia, en el cual los cientos de ofrecimientos fabulosos que vende solo son realizables en las mentes fantasiosas de los más incautos, y donde la entrega total de la soberanía y de nuestros recursos sería la única herramienta capaz de viabilizarlos. Es decir; mediante la aplicación de un auténtico “paquetazo”, al mejor estilo y usanzas del gran poder del capital.



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