La fama y el furor del jalabolismo

Leonardo Padrón es un escritor famoso. Guionista, poeta.Este afamado escritor opositor, el 23 de Septiembre de este electoral año 2012, publicó en el diario El Nacional una crónica de la campaña de Capriles Radonsky, en los estados Táchira y Zulia.La titula “El Furor”.

Farruco Sesto es un arquitecto no tan famoso. Fue Ministro del poder popular para La Cultura. En funciones, él asistió a un concierto de la banda cubana Buena Fe, en PDVSA La Estancia. Allí, lo abordé, y le pregunté su opinión acerca de otra publicación opositora del escritor de marras.

“Es un come mierda”, me espetó.

El asunto está, en que lo importante no es cuán come mierda cree Farruco que es Padrón, o cuán jala bola creo yo que Leonardito se puso. Él no era así.

Antes de lo importante, lo urgente: a continuación, copio la frase más jala bola de todo el escrito. Hay muchas, pero esta desdeña todos los“ribetes” que adornan la pluma magistral del poeta; puro jalabolismo que deja frio, (o fría), a cualquier chupa medias promedio:

“El ritmo de campaña del candidato de la unidad opositora es abrumador. Su vitalidad ha sido decisiva para emprender una cruzada de ribetes sobrehumanos por el mapa profundo del país y procurar la victoria de este enjuto y corajudo David sobre ese desproporcionado Goliat llamado Chávez”.

El poeta arremete en su empeño de guindarse; no sólo con la suposición de la razón de la oración de su candidato favorito, sino también cuando pone en boca de una creyente que es testigo de nada más y nada menos, un milagro. Vacilen:

“El momento íntimo. Pérez Vivas le da indicaciones al chofer para volver al aeropuerto con la mayor rapidez. La agenda se ha retrasado y el Zulia espera. Pero Capriles pide desviarnos para visitar al Santo Cristo de La Grita. Le parece impensable estar tan cerca de él y no visitarlo. Ya en la iglesia se arma la logística para que su entrada no cause mayor perturbación. Hay una importante cantidad de fieles. Capriles camina emocionado hacia el Cristo. Una mujer, que reza de rodillas, lo ve de soslayo y se hace la señal de la cruz: “¡Esto es un milagro!”. Él va hacia el rincón más oculto. La imagen que veo me conmueve. Allí está, a los pies del Santo Cristo, con la cabeza gacha, tocándolo, en actitud de absoluto recogimiento, íngrimo. Sentí al país entero en ese rezo. Puede suponer uno –sin temor a equivocarse– que oraba por la suerte de un destino decisivo.”

El poeta se conmueve, la prosa conmueve. Los opositores leen y suspiran: debían estar allí. De vaina me hace olvidar el propósito de éstas líneas, lo verdaderamente importante;desenmascarar la crónica fabulada y fabulosa del, tambiénfamoso, cronista. Quitar la máscara victoriosa que tan maravillosamente le coloca al héroe. Lo humaniza, un poquito nada más, al contarnos que el tipo tiene supersticiones. Que no pasa debajo de una escalera aunque eso signifique retrasar el ritmo frenético de su, según,recorrido por doscientos cincuenta pueblos. Códigos dramáticos propios de la telenovela. Es decir, la ficción. Pero la realidad siempre la supera.

Volver a decirle jala bola al poeta es una tentación a la que sucumbo con hidalguía y sin bebidas energizantes. Nuestro héroe y candidato se toma la primera antes de las nueve de la mañana. Nuestro héroe se alimenta, es de verdad verdad, come pollo. El héroe se sabe amarrar los zapatos, ¡y con doble nudo! Sé bien el cuento, (o la novela) según el cual si me dedico a resaltar este asunto de los calcetines del héroe húmedos de la saliva del poeta, estoy ocultando lo inocultable: nuestro héroe es un fenómeno de masas. Sigan vacilando:

“Una estrella pop en La Fría. Apenas Capriles asoma el rostro en la escalerilla del avión una ráfaga de gritos ametralla el aire. El recibimiento es frenético. Hay un desespero por verlo, tocarlo, entrar en su campo visual. La multitud genera un apiñamiento peligroso. Siento que me aplastan por detrás, por los costados, mi cuerpo va de un lado a otro, pierdo el rumbo, me arrastra la corriente, mis lentes se salen del bolsillo, los atajo a última hora, arrecian los empujones, los gritos, el delirio. A Capriles lo manosean, lo estrujan, lo halan. Todos somos como bultos chocando contra las piedras de un río esquizoide. No creo poder llegar a la camioneta Van que nos sacará del lugar. Un mínimo descuido puede hacer que me quede allí, en mitad de todos y de nadie. Uno de los momentos más importantes es cuando Capriles termina su discurso e intenta volver a la Van en la que ya todos lo esperamos. Debe cruzar de nuevo el río crecido de sus seguidores. Lo arañan, lo aprietan, lo revuelcan. Logra entrar, pero aún no sabe si está completo. La gente golpea el vehículo como si fuera un tambor gigante. Quieren que se asome, que abra una ventana, que pruebe su existencia. Adentro lo espera un periodista del periódico francés Libération. Capriles se sienta en la última butaca y allí, entre frenazos, cornetazos y gritos, responde las preguntas del periodista. No hay tiempo para el descanso.”

Luego cuenta el poeta de otra entrevista en “fluido inglés”. Más tarde, la pone bombita, y bateo con el lugar común que me deja tanta habladera de paja. El poeta coloca la guinda en la torta, al contar minuciosamente su paseo, el turismo de aventura clásico de la clase media. ¡Se montaron en un camión! Si, compas, un camión de verdad. Como los cochinos. Arriesgando su vida con cables y zapatos. ¿No me creen? Lean:

“Ir en una caravana sobre un camión exige tener los sentidos en alerta máxima. A dos cuadras del inicio, se escuchó el primer grito: “¡rama!”. Nos acercábamos a la rama de un árbol justo a la altura de nuestra cabeza. Treinta personas al unísono nos agachamos para evitar el golpe. Otra vez arriba. Al instante, un nuevo grito: “¡cable!”. Y otra vez agacharnos para evitar el latigazo de un cable de luz en nuestra frente. Estábamos en mitad de una extravagante sesión de aerobic. Los gritos de “¡cable!” y “¡rama!” se alternaban con variantes como “¡zapato!”. Estaba allí, el emblemático zapato de la marginalidad que invariablemente termina enredado en un cable de luz, mientras ostenta su abandono.”

Coño. Coño. En serio escribió eso. Estoy copiando y pegando. Estaban, por primera vez en su vida, cerca de unos zapatos que guindan. Foto y foto con el emblema. Ubica a la caravana, en el “lejano oeste”. En medio del arrebato creativo, nombra a sus anfitriones de lujo, el gobernador y la alcaldesa de Zulia y Maracaibo, pero se olvida, de manera dramática y conveniente, de la responsabilidad de esta linda parejita. Estaba la alcaldesa junto con nuestro héroe y nuestro poeta viendo la basura sin recoger. En un punto de giro especialísimo, la vaina termina siendo culpecháve. Guionistas del mundo, aprended del maestro:

“La parroquia Venancio Pulgar es un lugar que hiere la vista de cualquier ser humano. Un paisaje que crispa. Un lunar vergonzoso en un estado lleno de oro negro. Calles de tierra, sin alcantarillas, casas precarias, llenas de perros famélicos y puertas desgonzadas, montañas de basura en lo que deberían ser jardines. La parroquia entera parece un escombro. Un lugar arrasado por alguna tormenta. Un olvido de Dios. La caravana surca 24 kilómetros de pobreza sobrecogedora y extrema. Algunos de sus habitantes no parecen personas, sino fantasmas, espectros de la miseria, siluetas turbias, manchados de grasa y resignación. Ese lugar es el peor de los saldos del estado paternalista que consolidó la cuarta República y que este proceso revolucionario llevó al paroxismo total. Lo único con olor a nuevo en esos monumentos de la miseria es el afiche del Presidente. El resto es ruina, carencia, pies desnudos, aguas negras y oscuridad.”

La pobreza vista desde el camión turístico. No son personas, son fantasmas, espectros. Están allá, a lo lejos. Pero el héroe está en campaña, buscando esos votos de esas siluetas turbias, que valen lo mismo que el voto del poeta. Afirma el afamado, que eso es territorio chavista, y especula acerca de la corredera del chavismo cuando se acerca su candidatazo. Allí, nadie quiere un pedacito de la estrella pop. Le pintan palomas, lo mandan a la mierda, y nuestro afamadísimo guionista se sorprende de la gestualidad sabrosa y sincera, de la manifestación genuina del desprecio por la hipocresía. Vayan a subestimar a otro lado:

“Cuentan que días atrás, conociendo ya la ruta de la caravana, el oficialismo vino a sembrar sus trincheras de guerra. Por eso, a cada tanto, nos conseguíamos con lo que llaman “los puntos rojos”, grupos con franelas rojas voceando un odio absurdo. Asombraba ver a muchachas de 14, 15 años señalando con grotesca afectación sus genitales, en un gesto de sórdido desafío que no calzaba con la edad de sus ojos. Eran herederas directas de la agresividad que Chávez ha destilado durante más de una década. Alguien nos comentaba: “¡Eso es nada! ¡Antes no podíamos entrar a esta parroquia! Nos tiraban huevos, piedras, botellas. Lo de hoy es inédito. Logramos penetrarlos. ¡La gente se cansó de esa estafa llamada socialismo!”.

La lectura es triste. Que unas muchachas, clarísimas en la vida, asuman la conciencia de clases y no les tiren bombas llenas de miao, sino que con perfecta afectación señalen sus genitales, es un escándalo, es un gesto obsceno, es algo que hiere la mirada dulce e inocente de los pasajeros de la caravana.

Poeta, usted describe muy bien. Perros famélicos. Los visualicé. Puertas desgonzadas. Tuve que buscar el significado del vocablo. Puertas choretas. También las visualicé. Que el candidato para el que escribes gane el 7 de Octubre, poeta, no lo vi. No lo veo. La realidad siempre supera a la ficción. No hay tanto furor.

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