Buenos Muchachos

En el más conspicuo género de las películas de gangsters, una de las más famosas y mejor realizadas piezas cinematográficas fue Buenos Muchachos, que dirigiera Martin Scorsese en 1990. Un joven Ray Liotta relata toda su afición, desde muy niño, a la vida de mafioso. Con un entusiasmo sin parangón nos cuenta como, viéndolos desde la ventana, sentía la necesidad de pertenecer. Había algo seductor en la forma, el comportamiento, la confianza y el garbo de los mafiosos. De esta forma se involucró con ellos, y más allá, se hizo uno de ellos. Y cuando la gente se hace gangster al final termina haciendo cosas de gangsters. Nuestro paladín de la historia por supuesto hizo todo aquello que un buen gangster hace bien, es decir, cosas malas para el resto de los mortales: extorsionaba a los otros, propinaba sanguinarias golpizas, robaba, asesinaba; ya saben, cosas de gangsters.

Todo salía bastante bien para el protagonista de nuestra historia, hasta que un buen día, haciendo lo que mejor sabía hacer, terminó enredado en asuntos con la ley del resto de los mortales. Agarrado con las manos en la masa no le quedó otro remedio que asumir una estadía en la prisión. Por supuesto, esta fue la principal prueba para saberse lo que era: un gangster de pura cepa. Hay algo que un verdadero mafioso jamás y nunca puede hacer: denunciar a otro mafioso como él ante los ojos de la sociedad. Es un código, algo que les sirve para pertenecer, un rasgo identitario sine qua non. Un gangster jamás delata a otro gangster, así todo el mundo lo sepa, así quede develado su verdadero espíritu. Una vez en la cárcel la vida era una fiesta. Los de su clase (nunca cualquier preso) vivían su vida en el mismo espíritu festivo y gangsteril previo a su estadía en la cana. Y una vez fuera de ella su prestigio se repotenció a niveles estratosféricos. Es decir, un mafioso que asume la culpa de su cualidad mafiosa, y que además no revela a los otros mafiosos tan mafiosos como él, entra en el parnaso de la confianza, algo así como el zenit, el pináculo de la escala evolutiva gangsteril. Y una vez de vuelta al ruedo, su crédito como mafioso de convicción inmaculada le permitirá llevar sus nuevas operaciones con impunidad, protegido ahora por toda la mafia de la cual sale reconocido como héroe.

¿Qué similitud encontramos entre esta historia y cierto grupo político que aspira volver a llevar a nuestro país al pasado, a los tiempos de las mafias adeco-copeyanas? Sí, el buenazo de Juan Carlos Caldera, ese hombre “demasiado inocente” aplica con perfección quirúrgica el código de la Cossa Nostra. Hoy se inmola, asume la culpa y no señala a nadie. Lo agarraron, con las manos en la masa, haciendo lo que mejor sabe: cosas de gangsters. Todos sus amigos, sus colegas, los otros gangsters, lo miran con orgullo y lo dejan solo. Todos no pueden caer. Juan Carlos lo sabe y calcula su regreso, porque él forma parte, además tuvo la oportunidad de demostrar su valía, su lealtad y su comprensión de los preceptos constitutivos de la familia gangsteril. Cada rueda de prensa, cada gesto arranca una lagrimita de orgullo de los suyos. Caldera rodó, feo, ante el país. Pero no se llevó a nadie con él. Asumió su barranco en la soledad del gangster que sabe, que calcula, que pronto cobrará al resto de los Buenos Muchachos.


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