La estrechez majunche

Pocas veces como hoy nos enfrentamos a un debate tan desigual. Y pocas veces como esta quedan tan develado aquello que obstinadamente intentan velar los factores de derecha. Lamentablemente, para los majunches, la cabeza que seleccionó el imperio para hacerle frente al Comandante Chávez y a los factores revolucionarios, es la más conspicua representación del pensamiento reduccionista y liberal. Y en su estrategia se devela, en definitiva, la esperanza de la desesperanza, es decir, salvar el sistema y el mundo tal cual como está, que en definitiva es su premisa principal.

En un burdo intento que procuraba hacer un análisis del programa de la patria, en su irreductiblemente neoliberal postura, el majunche soltó lo siguiente: “yo pregunto por qué con tantos problemas que tenemos en Venezuela, el gobierno se propone salvar la especie humana... Lo importante es que las personas salgan a la calle y no las asalten, que nadie caiga producto de la violencia, que el petróleo sirva para el desarrollo del país, que los venezolanos tengamos paz”. Para él el mundo está bien como está y de lo que se trata es de colocar pañitos calientes. ¿Para qué preocuparse por la superpoblación, las desigualdades y la miseria del mundo? ¿Por qué ocuparse de la destrucción del planeta producto de la voracidad del consumo que nos consume?

No, para el majunche no hay relación alguna entre la violencia y el modelo que reina en el planeta. Para él la tierra es un espacio pleno de oportunidades, sólo hay que extender su mano y tomarlas, así lo reza la biblia del capital. Por eso el mundo es un lugar incólume e inconmovible, que no merece ni necesita ser transformado. No es extraño que discurra en vaguedades y lugares comunes. No hay un nuevo mundo que ofrecer, porque al final, su única y verdadera propuesta es la de mantener todo tal cual como está.

La sociedad del futuro, la del progreso que nos vende el majunche, es la de reducir lo público al consumo, a la asepsia de un centro comercial donde el tiempo no pasa, en donde el aire acondicionado acaricia la epidermis y nos libera de la molestia tropical que nos asfixia. Ambientes artificiales preparados para el goce. Donde nadie se mete con nadie, donde hay cámaras de vigilancia en cada esquina, y gente linda, y con dinero. Así, entre cuatro paredes de hormigón templado y acero clandestino quiere encerrarnos la filosofía majunche. Allá adentro la violencia es otra, no se siente, te agrede una sonrisa, con los buenos días y las gracias por comprar, lecciones de urbanidad y el uso de buenas costumbres.

Pero todo eso que nos venden lejos está de ser el futuro, de ser una nueva sociedad. Es simplemente un mecanismo velado para mantener lo que existe, para ser parte, para participar. ¿Por qué ha de interesarle al Majunche cambiar un mundo que le fue servido en bandeja de plata, donde es alguien, donde es dueño, donde no es trabajador sino empleador? El futuro que nos ofrece está infectado de pasado, oloroso, vestido de seda. Le angustia que el país, que los venezolanos entendamos que el cambio sólo es cambio si lo pensamos estructural. Si nos proponemos cambiar el mundo. Así como una vez Mafalda le dijo a sus amiguitos: “”Muchachos si no nos apuramos en cambiar al mundo, resulta que es el mundo el que lo cambia a uno”.

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