El Clandestino

El Hugocán

En el centro de huracanes mayamero se encuentran perplejos ante un fenómeno, y no atmosférico, que se originó al norte de la América Latina y cuyos efectos devastadores en los sectores oposicionistas no los deja levantar cabeza ni mucho menos hilvanar ideas. El pueblo lo ha bautizado como el “huracán bolivariano”, huracán Chávez o más cortico, el Hugocán. Los pronosticadores de oficio también se molestaron por que fue el pueblo quien le dio el nombre y no ellos, acostumbrados a denominar a las tormentas, con nombres según el orden en que vayan apareciendo y por las letras del abecedario.

El Hugocán, ahora reforzado y con una fuerza que rebasó la escala de medición respectiva, está recorriendo la geografía nacional. No hay pueblo o ciudad que por donde el ojo de la tormenta pase, que no deje un buen sabor a victoria popular en la elección presidencial del 7 de octubre próximo. A su paso se despejan las tristeza que  va dejando el otro candidato.  El Hugocán va recogiendo lo que ha sembrado, el amor de su pueblo, la satisfacción de cumplir con su palabra y como decía mi abuelo Alejandro, “cada pelo de mi bigote es un documento”, parafraseando, cada necesidad de la gente es una promesa por cumplir.

Y de promesas cumplidas esta lleno el camino, el Hugocán no escatima palabras ni recursos para hacer de la esperanza y de la fe, una obra diaria por lo menos. Por eso, la distancia más corta entre dos puntos es una línea recta, dejó por sentado la geometría euclidiana y eso lo pone en práctica a quien mientan “el corazón de la patria”, conocedor y fanático tanto de la pelota como de la matemática. La manera más eficaz de llegar a la gente es abrazando directo al hombre, a la mujer, a los hijos, brindando calor humano y estrechando lazos que perduran y esa ha sido la prédica cotidiana de quien ocupa la silla de misia Jacinta para hacer el bien.

“Los malos triunfan donde los buenos son indiferentes” escribió José Ingenieros. En la tierra de lo real maravilloso, se cuenta que en el mismo barco donde venían los soldados y las armas para aplastar a la colonia que se alzaba, venía también la primera imprenta para tierra americana. Por un lado, el plomo para matar y esclavizar y, por el otro, la palabra impresa para liberar. La dialéctica materialista tiene entre sus principios uno que no pierde vigencia: La lucha de los contrarios, motor de todo cambio. El cambio social comienza por allí, el bueno se enfrentará al malo y vencerá. Es la historia que vemos hoy y que puso fin a décadas de gobiernos cuartarrepublicanos.

Los días están contados hasta el siete del mes diez, la revolución de octubre alcanzará su máxima expresión cuando se vayan contando los votos de cada rincón venezolano donde vive la patria, como escribió Alí Primera “La patria es el hombre” y esa figura tiene contorno geográfico, vida espiritual y una inquebrantable convicción de saber que es lo mejor para Venezuela, volver al pasado o seguir el rumbo de un presente de bondades para conquistar un futuro seguro, donde la desigualdad acorte la distancia, donde la inclusión sea palabra cierta. Las dos manos abiertas indican diez, y esa será el objetivo por el cual el Hugocan y quienes lo acompañan en su comando, andan sueltos por ahí.

Diez millones de votos, diez millones de almas, aunque la cifra parezca alta, nos acercaremos a los diez con la furia de los vientos que se desplazan con el Hugocán, son fuertes ramalazos que espantan a las malas influencias. La inspiración divina de un líder político y espiritual hará que se levanten las voluntades, que se convenzan los no creyentes en el proceso, que desaparezcan pesadillas como la de los Salas en Carabobo y que a la hora de escoger, ganen los buenos y los malos se esfumen para siempre en la antihistoria y que no quede ni el rastro de sus desventuras y desaciertos políticos.

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