La perola del progreso

Uno de esos amigos que saben en lo que uno anda, me interceptó hace pocos días en una calle de Valencia para invitarme a que me embarcara en el autobús del progreso. Aunque no tengo la agilidad de respuesta que tienen los llaneros, se me ocurrió contestarle de inmediato que prefería esperar el tren Puerto Cabello - Valencia que viene cerquita. El amigo hizo mutis, soltó una sonrisa nerviosa, y se perdió en el caos de la ciudad posiblemente con dirección a su trabajo.

El encuentro con el amigo me llevó a reflexionar enseguida entorno a las torpezas de los propagandistas y asesores del candidato de la oposición. El pueblo sabe que para llegar más rápido y expedito a cualquier lugar es más fácil hacerlo en un metro, un tren o un avión. Además que como andan las cosas con las encuestas y sobre todo con la realidad política del país el autobús de Radonski no luce como un Mercedes Marco Polo, sino más bien como una perola con el motor fundido, cauchos lizos y escasísima gasolina.

No es necesario ser un semiólogo, ni un experto en desconstrucción de textos para darse cuenta que este slogan, como casi todos los de Radonski, le falta fuerza y pegada para decirlo en términos boxísticos. El sintagma ( “autobús del progreso” ) está descontextualizado. En primer lugar en las zonas urbanas ya no se usan los autobuses sino más bien las llamadas camionetas o en todo caso rapiditos, Además la palabra “progreso” ha sido tan prostituida por los neoliberales, el capitalismo, los adecos y copeyanos que quienes más de cuarenta años se creyeron el cuento terminaron sumando las estadística de miseria extrema que encontró el presidente Chávez en el 99. A caso se les olvidó la inefable plan estadounidense de Alianza para el progreso.

Es interesante recordarle a los propagandistas de la oposición que el discurso racional positivista hace tiempo que pasó de moda, sobre todo en propaganda, y que millones de desarrapados latinoamericanos tiene siglos esperando a Godot en el primer andén de la estación. Que los espejitos de Melquiades ya no se venden. Que el pueblo poco a poco despierta de los Cien años de soledad.

¡Ya va, ya va! Para terminar solo una recomendación: bájense del autobús y móntense en el tren del proceso.

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