Henrique Capriles Radonski, la palabra efímera

 Henrique Capriles Radonsky ha dicho, en ocasión de proponerle un acuerdo electoral al Comandante Chávez, extra CNE (que ya es una temeridad), palabras más, palabras menos (y es que en este caso, no importa el número de palabras, ni su carga vital, pues a Capriles se le puede citar de cualquier forma, ser inexacto, o no ajustarse a la veracidad de su inverosímil verbo, sin temor a alterar la futilidad de su contenido, y es que él mismo ofrece la licencia para ello, aun cuando en este momento lo cite de forma escrita, veamos por qué): “Vamos a firmar ese acuerdo, porque una cosa es decir y otra cosa es colocarle la firma. Yo le pongo la firma ahorita mismo... Las palabras se las lleva el viento”. Independientemente del acuerdo, irrito de nacimiento, es la razón que esgrime para validarlo, para él: “Las palabras se las lleva el viento”.

   Entonces: ¿A dónde va todo lo dicho? ¿Diluido en el confín de la nada? ¿Zarandeado por la brisa? ¿Qué de quienes lo oyeron? ¿Destinados a padecer la angustia de correr tras el viento? ¿Embaucados entre temporales? ¿Dónde lo proferido y las esperanzas que alimentan las palabras prnunciadas?

   De Capriles no podemos decir que es parco al hablar, lo cual, en caso afirmativo pudiera entenderse como el decir de una persona que va directo al grano, de pocas palabras, pero conciso con la idea que quiere transmitir. En su caso, esto no es así. El candidato de la contrarrevolución, dice más de lo que un conservador se ahorraría, o el sentido común aconsejaría; sobre todo, cuando el contrincante es, nada menos y nada más, que El Comandante de la Revolución Bolivariana, maestro de la palabra, no solo por el buen decir, El de la palabra oportuna, inteligente, apasionada, amorosa, sincera, dura, aleccionadora, sino por lo comprometido con la vida de quienes, más allá de oírla, la disfrutan, la viven, la convierten en felicidad y la hacen suya para honrarla igual. Se puede, bien decir, que Chávez es un hombre de palabra, que traslada a la acción, el poder del verbo; origen y principio de todo soplo vital, pues la vida fue primero verbo.  

 El jipato Capriles con su palabra volátil, inestable, muerta, desprovista de alma, no solo pone constantemente en peligro la estrategia de su comando de campaña, que de alguna forma tiene un compromiso con sus parciales, sino que estafa a su auditorio. Les dispara con dificultad, una letanía insufrible que tiene de vida útil, lo que el espabilar de un demente. Es esta la razón por lo cual, sus colaboradores deben constantemente enmendarle la tarea. Por lo general abunda en reiteraciones superficiales que giran, o ahondan en los pocos centímetros de profundidad que permiten las frases proselitistas y panfletarias, dirigidas, en su caso, a evadir el argumento o el discurso que debe pronunciar todo candidato a la presidencia de cualquier país, el que debe por lo menos, servir de intérprete, en última instancia, declamar cual lección aprendida al caletre. En su caso, de lo que se trata, es de vociferar frases al voleo, de golpe, mas para vender una imagen que para explicar una idea, que bien pudiese ser su programa de gobierno, porque al final, resulta poco digerible un discurso que pretende esconder su definición ideológica  antes que revelarlo.

 En fin, él no cree en la palabra dicha, por lo tanto, cuando habla lo que dice es pura paja. Pero tampoco cree en la palabra escrita como pudiera entenderse desde su formación académica de leguleyo, dada su expresión: “Las palabras se las lleva el viento”. No creé en la rúbrica de los demás, solo reconoce la suya, si es que cree en algo, porque para exhibir un documento en twitter, que es como pegárselo en la frente (así como expuso efímeramente, la palabra “libertad”, en la parte posterior de su cabeza, en un ardid publicitario manido), sin tomarse la molestia de revisar la fecha de emisión, ni quien firmaba ese radiograma, destinado a soliviantar a La Fuerza Armada Bolivariana, es decir, para él no importa quién, ni cuándo, ni donde, ni por qué. Para él esos son términos intranscendentes. Quizá ni lo leyó, o lo hizo como analfabeta funcional, sin saber entender realmente lo que tenía enfrente. Se puede inferir que solo le ordenaron publicarlo y punto.

 A Capriles le convendría hacerle caso al rey de España y no hablar por lo pronto. Empezar a leer a los poetas del pueblo e ir descubriendo la magia de las palabras: “Y fui llenando con flores a mi fusil de poemas”. Quien habla debe estar enamorado de la palabra que dice y amar a quien se la obsequia. Calibrar el inmenso potencial que contiene y de manera responsable atender a su destino, para preguntarse con propiedad: “¿Adonde van las palabras que no se dijeron?”. Podría así lograr algún rasgo de credibilidad de parte de quienes han depositado en su verbo, sus escuálidas esperanzas.

 Cerros de Caracas. 

 En el rumbo de la Revolución Bolivariana, hacia el 7 de octubre, fecha cumbre para la lucha de los pueblos del mundo.

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