La historia sórdida y secreta de Ramón J. Velásquez

(ENSARTAOS.COM) El asunto del indulto al narcotraficante Larry Tovar Acuña se debe a que la amante de Ramón J. Velásquez (la señora Ana Lucina García Maldonado) vivía en el mismo edificio en el que se alojaba la madre del narcotraficante Larry Tovar Acuña. El demonio de los millones de dólares las hizo amigas, y mediante el ascenso de don Ramón a la presidencia, alumbró la idea de que se obtuviera un indulto que se venía trabajando desde hacía mucho tiempo; es necesario advertir que la amante del presidente era también nada menos que diputada por el Estado Táchira (independiente por Acción Democrática) al Congreso de la República, y había llegado a este cargo, por la mano generosa del libidinoso historiador. Así todo pisa blandito como lo ven el personaje tiene una larga capa dorada que todavía nadie se la ha recogido.

La señora Tarazona, secretaria privada del Presidente (quien escribió un libro sobre este affair), se entera del ardiente deseo que tiene la “insigne diputada tachirense”, de que se proceda a una inmediata evaluación de un indulto que había quedado pendiente desde hacía tiempo. Para complacerla, comienza la noble tarea de averiguar en qué ha quedado el asunto; ciertos venezolanos resultan ser diligentes, incansables y generosos cuando se trata de complacer a alguien que tenga poder y mover algunos milloncejos. Y un día, como cosa de poca monta, aparece en la Gaceta Oficial que el monstruo de Larry Tovar Acuña ha sido indultado por el Presidente de la República.

Esta decisión insigne del gobierno interino de don Ramón, habría pasado inadvertida de no ser, porque el esposo de una periodista (que cumplía condena por un caso similar de narcotráfico, pero de menor importancia), le solicita a su mujer que haga las diligencias en Miraflores también para rogar por un indulto; pues si Larry Tovar, con un prontuario policial tan voluminoso y peligroso, había conseguido la libertad por vía de la benevolencia de un renombrado escritor como don Ramón J. Velásquez, por un caso de mucha menor monta ella aspiraba a que a su marido se le diera un bono con pasaje directo a Miami. La periodista sale en su empeño a hacer cuanto puede, pero se encuentra con una realidad escabrosa y oscura: para su caso no hay atención alguna. Fatigada, asqueada de rogar, decide revelar los intríngulis del especioso caso, y la bomba estalla a través del diario El Mundo.

Se cuenta que don Ramón visitaba con regularidad a su amante. Lo sorprendente de esto es que habiéndose vivido el espantoso barraganato de Lusinchi y CAP (en el ambos mandatarios se mostraron muy canallas y manirrotos con los dineros del Estado), el anciano Velásquez venga y superara con creces la estupidez de aquellos dos putañeros. ¡Hasta dónde llega la estupidez de los hombres!

Ramón J. Velásquez además de historiador y memorioso de Venezuela también fue banquero. En libro de Agustín Blanco Muñoz, Habla Pedro Estrada, se encuentra que don Ramón J. Velásquez estuvo muy bien relacionado con el Grupo Uribante del general Marcos Pérez Jiménez, a través del doctor Miguel Moreno (uno de los fundadores de este Grupo). Cuenta Pedro Estrada: “el doctor Moreno visitaba al doctor Velásquez y le pedía ayuda y juntos escribían los mensajes que al Presidente le tocaba decir” (pag. 175). Es decir que Ramón J. Velásquez estuvo viviendo bien bajo la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, y a última hora, a punto de irse de bruces la dictadura (al igual que Rafael Caldera y Arturo Uslar Pietri) saldrá a protestar para que lo metan en la cárcel. En eso de escribir mensajes presidenciales son Ramón fue siempre muy ducho. Escribía los mensajes presidenciales de Rómulo Betancourt cuando fue secretario privado de la Presidencia entre 1959 y 1963. Luego también se dedicó a escribir algunos mensajes presidenciales de Carlos Andrés Pérez, que por cierto, cuando conspiró para sacarlo de Miraflores junto con Ramón Escovar Salom, en algunos de ellos, adrede, les hizo decir barbaridades que acabaron desconceptuándolo ante todo el mundo.

La actuación de Ramón J. como Presidente de la República fue decepcionante y sumamente pavosa. Además del ridículo histórico al firmar el indulto al narcotraficante Larry Tovar Acuña, dejó que la impunidad de terroristas banqueros acrecentara la ruina moral y política del país. Aquello fue el acabose cuando le entregó el gobierno a Caldera.

¿Para qué se vanagloriaría don Ramón tanto de admirar a los grandes hombres si él no fue capaz como Presidente de la República de llevar a cabo uno sólo de los grandes ideales de Bolívar, de Sucre, de Urdaneta?

He allí, por qué el intelecto suele ser tan tramposo. Nos avergonzamos de su mudez, del esfuerzo tan extraordinaria que puso para frustrar al pueblo de un modo definitivo y absoluto, como para llegar a pensar: “-Por más probo que sea un venezolano, por más inteligente que sea, por más capaz y fuerte, a nuestro país nadie podrá arreglarlo. No tenía remedio posible.”.

Con toda su experiencia de hombre público, con todo su saber, en la vejez más honorable, cuando tenía la oportunidad para darnos la prueba de la capacidad de sus altos dones y sacrificios, el legado más sublime, vino y frustró a todo el mundo, nos engañó, nos estafó. Ya Ramón J. no pudo luego volver a los libros del pasado sin sentirse horriblemente farsante, culpable del desastre que siempre estaba relatando de los demás mandatarios a los que él biografiaba: desintegrado, sin poder añadir ni una sola apostilla virtuosa, a los cientos de dislates públicos que durante tantos años había venido advirtiendo sobre el estado de postración infernal de Venezuela.

El señor Velásquez, entendió siempre a medias a Bolívar, o no lo entendió en absoluto. Cómo podía entender aquel que dijo: “A ser terrible me autoriza el peligro de la patria y las necesidades del estado... me es imposible sacrificarme hasta el punto de meterme a Nerón por el bien de los otros que no quieren ser sino simples ciudadanos”.

Y el señor Velásquez pudo haber dado un giro total a la situación que le tocaba al asumir la presidencia, pero no quiso para no molestar a sus amigos banqueros.

Velásquez, Ramón J.: A este personaje Argenis Rodríguez lo definió así en 1995: “siempre ha sido un sirviente de alguien - Al principio lo fue de Miguel Ángel Capriles, después de Betancourt y después de los Otero - En la actualidad lo es de Rafael Caldera”.

Hay que añadir también que sobre todo fue sirviente del delincuente Carlos Andrés Pérez, a quien le serruchó la Silla junto con Ramón Escovar Salom. Carlos Andrés entró en una profunda depresión, cuando se enteró que su viejo sirviente, Ramón J. Velásquez lo estaba tratando de sacar del gobierno. El señor Velásquez se había propuesto ser presidente de la república costase lo que costase, y haciendo tramprillas, colocándole pequeñas zancadillas a CAP, lo hizo ir por el barranco de la muerte definitiva, y entonces pasó él a ser el presidente  provisional, cargo que asumió el 5 de julio de 1993.

Cuando supo que a Diego Arria lo destituyeron de su cargo diplomático, CAP le contaba a todo el que se encontraba: “Ramón es un hombre chiquito, es enano, ¿qué necesidad tenía de sacar a Diego?[1]”. Aclara Rosa Ordóñez que ni en público ni en privado Ramón J. Velásquez atacó a CAP y que siempre lo trató con profundo respeto y en la medida de lo posible siempre tomó medidas que no pudieran perjudicarlo[2]. Y Ramón J. Velásquez se vuelve gemebundo ante los ataques de CAP, y cuenta que él le había dicho al Gocho: “que a mí no me convenía que me designaran Presidente. Yo dije que encargaran a Julio Sosa, un hombre de poder económico, también hablé de Carlos Delgado Chapellín, la verdad es que a lo largo de nuestras vidas Carlos Andrés y yo hemos tenido más diferencias que acuerdos[3]”.

Cuenta Rosana Ordóñez que trabajando en Miraflores, “una tarde sabatina estaba yo en su Despacho y solicitó (don Ramón) a una señora dos aspirinas. Pasó media hora y no se las traían, pero después regresó la pobre mujer con apenas una aspirina en la mano y le dijo: Presidente, por allí le conseguí una sola, porque había un frasco y alguien se la llevó.

Cuenta Rosana Ordóñez que don Ramón en Miraflores a veces daba lástima, y solía decir a diestra y siniestra que de él no esperaran milagros porque no era un mago. Que lo llegó a ver íngrimo y solo y que le hubiera gustado estar más cerca de él para estar pendiente de sus comidas y contarle las intrigas y chistes de Palacio. Que algunas veces lo vio angustiado “intentando comerse algún helado”. Agregó: “A veces estrenaba corbatas y descubrió el encanto de las camias azules cuando Julio Ibarra, director del televisión le sugirió que las usara en un discurso que sería trasmitido en la televisión, para que la luz no se reflejara incómodamente en su rostro”[4].

En realidad los que gobernaron durante el mandato de Ramón J. Velásquez fueron Ramón Espinosa y Allan Brewer Carias (su ministro para la Descentralización), quien hasta lo regañaba y le decía: Es el momento de conclusiones, y el anciano sonreía con su eterna sonrisita de “yo no fui”.

Velásquez, Ramón J.: El 11 de febrero de 1994, cuando Caldera iniciaba su segundo mandato, se sentía en la población un total sentimiento de estafa. Recibía Caldera el gobierno sietemesino de este anciano sinvergüenza de Ramón J. Velásquez. El gobierno de Ramón J. Velásquez había resultado un desastre peor que el de CAP. Además de la caída del Banco Latino corrían rumores sobre la quiebra de los bancos Unión, Venezuela y Progreso. Se sacaron toneladas de plata durante ese fin de semana, cuando el decrépito Caldera, cambembo y vacilante entraba a palacio. “Afortunadamente” la sangría se detuvo un poco con el feriado de carnaval, pero se respiraba un ambiente de temor y horrible desconfianza, en el mundo financiero. A la precaria salud política del país, se añade la momia de Caldera que llevaba y traía una barriguita repugnante; una mirada vidriosa y fija, y un tartamudeo vergonzoso que no le permitía expresarse con claridad. Era una momia tal, que se vaticinaba que no llegaría a concluir su mandato, pero lo cierto era que ya no podía porque ya estaba definitivamente muerto. Como Venezuela es un país de cábalas, ya se estaba apostando hasta por la lotería si este hombre aguantaba o no un año más. Pronto comenzaron a parecer brujos, deidades de ultratumba que anunciaban solemnemente que no pasaría de 1995, pero Ramón J. Velásquez argumentó que Caldera formaba parte de la misma clase de inmortales que él y que tendría tanta vida como Matusalén.



[1] “La Casa del Odio”, Rosana Ordóñez, Voces del Presente, pág. 25, Planeta, Caracas 1994.

[2] Ibid, pág. 27.

[3] Ibid, pág. 27.

[4] Ibid, pág. 39.


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 @jsantroz

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