"Tener la capacidad de leer, analizar, pensar y llegar a conclusiones serenas, no precipitadas, sin aterrorizarme ni pretender aterrorizar al resto, es parte de algo llamado inteligencia. Lo contrario, es un gallinero" Comienzo por citar esta frase que escribí al día siguiente de que la Fiscal General de la República, con quien tengo el honor de trabajar, llevara algunas propuestas a la Asamblea Nacional a fin de normar los delitos mediáticos.
Me consta que fueron propuestas para abrir el debate, la discusión sobre el tema, pero ha ocurrido lo contrario, como podemos apreciar, pues, el gallinero está alborotado y no hemos podido escuchar algún análisis serio y argumentado sino insultos, descalificaciones (lo que acostumbran medios como El Nacional) y hasta el caradurismo de solicitar la renuncia de Luisa Ortega Díaz.
La pregunta que surge al respecto es si los dueños de ciertos medios de comunicación social y ciertos seudos periodistas irresponsables y mentirosos, estaràn también dispuestos a renunciar tras una cadena de abusos y atropellos contra la información equilibrada, contra esa misiòn que asumimos al graduarnos en las escuelas de comunicaciòn social, de orientar al lector y evitar a toda costa manipularlo con apreciaciones propias e interesadas.
Que asumamos una posición política y el respaldo a un sector del país, no debería implicar que los hechos que ocurren y debemos informar a los ciudadanos sufran una mutación en el trayecto del lugar de los sucesos a las imprentas. Sin embargo, está ocurriendo y ocurre no porque algunos de mis colegas sufran de carencias cerebrales sino porque, simplemente, han asumido posiciones interesadas y consustanciadas con sus amos que, sin ton ni son, les explotan.
Y me pregunto ¿por què aùn no le han solicitado mis colegas de El Nacional y Ultimas Noticias la renuncia a sus sindicalistas que no han sabido luchar por sus intereses en dichos medios? ¿o por qué no le piden la renuncia a sus directivos que les exigen trabajo y más trabajo pero a la hora de discutir el contrato colectivo, se hacen los locos y hasta crean cargos extraños para no llamar por su nombre a los redactores o periodistas y así, en consecuencia, pagarles menos? ¿Cómo es que llaman a los periodistas que escriben en las páginas especiales de El Nacional?
A esto ya estamos acostumbrados, a escuchar insultos y descalificaciones por parte de cierta gente de los medios y, por supuesto, tambièn estamos acostumbrados a las ambiguedades y el recule de ciertos periodistas que dicen estar insertos en un proceso de cambios, que se colocan franelitas rojas, pero pónganle otro 12 de abril en el camino y los veremos de nuevo escondidos como ratas. Qué cosa, ¿por qué será que a ellos nadie, tampoco, les pide la renuncia?
Lo primero que deberíamos asumir es que las propuestas para la creación de una Ley son sòlo eso, propuestas y, en consecuencia, deberían generar un debate serio y posiciones bien argumentadas. Si se ha propuesto que existan sanciones para quien no dice la verdad, lo màs lógico es discutirlo, llegar a consenso sobre si la verdad o la mentira pueden ser medidas en una balanza.
De acuerdo con las propuestas ¿por qué habrìamos de pensar que esto no es posible? Veamos, por ejemplo, el tema de la falsedad de las informaciones y su posible penalización. Cuando un medio o periodista dice una mentira se pueden generar diversas situaciones:
-LA mentira afecta a una persona en particular. Aquí no sería aplicable la posible Ley contra Delitos Mediáticos, porque el interés afectado es el de una sola o pocas personas, es decir, ellos tienen la opción de demandar por difamación o injuria.
-Se da una información que pudiera resultar falsa como, por ejemplo, "mañana lloverá en todo el territorio nacional". En este caso, tampoco la Ley sería aplicable, porque lo falso pudiera venir de un pronóstico y estos son inexactos como todo sabemos, amén de que lo peor que pudiera pasar es que mucha gente no vaya para la playa.
-Pero sin un medio quiere generar caos, por ejemplo, al decir que el Avila se abrirá en dos y desaparecerá la Ciudad de Caracas, la Ley pudiera aplicarse porque imagìnense el caos que esto generaría y que, incluso, fue generado muchos años atrás.
Entonces, hay puntos de vista, hay mentiras que pueden afectar a un particular o a un colectivo, que pueden generar o no una situación de conmoción, que pueden tener un alcance muy limitado o muy amplio.
Esto es lo que se debe discutir, pues no es ningún secreto el alcance que tienen los medios de comunicación social y el impacto que generan a partir de las informaciones que difunden. Debe haber una medida, y me atrevo a recordar lo que señaló una vez una amiga: "si los médicos pueden ir presos por hacer mal su trabajo, es decir, por mala praxis, ¿por qué estaríamos exentos los periodistas?" En nuestras manos está la salud mental del pueblo e, incluso, la vida, porque una información falsa y de gran impacto puede hasta generar stress, depresión y hasta suicidio.
En fin, es la oportunidad de discutir seriamente sobre nuestra profesión, sobre los alcances de los medios y, antes de descalificar, atacar y exigir renuncias, revisarnos y preguntarnos si estamos ejerciendo bien nuestro papel de periodistas. Ya he comenzado, de mi parte, a hacer este análisis.
*Periodista
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