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Sin tetas sí hay paraíso
Por: Marlon Zambrano
Fecha de publicación: 17/04/08
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De los más de seis mil millones de habitantes del planeta, la electricidad no ha llegado aún a dos mil millones de ellos; la mitad de la población nunca ha realizado una llamada telefónica; mil millones de personas viven con menos de un dólar al día; mil quinientos millones no saben leer ni escribir; tres mil personas mueren cada día de hambre; la mitad de los niños del África subsahariana y un cuarto de los niños del sudeste asiático jamás han ido al colegio; hay treinta y seis millones de personas infectadas de sida y si continúa la tendencia, en el 2008 lo estarán más de cien millones de personas (dos tercios de ellos en África), y la semana pasada una querida amiga entró en crisis cuando descubrió que el sueldo que gana no le alcanza para forjarse un nuevo perfil mediante la ampliación de sus pechos, que ya son suficientemente expresivos.

El mundo industrializado atraviesa un laberinto: no sabe cómo darle a todos (sus todos) la felicidad que promete el capitalismo en su más reciente fase, el neoliberalismo salvaje, sin que ello signifique terminar de asesinar al planeta, gracias además a los esfuerzos criminales de Estados Unidos que de paso se niega a admitir el tratado de Kyoto (pese a ser una de las naciones más contaminantes del mundo), una de las últimas esperanzas que tenemos los hijos del siglo XX para soñar con nietos del siglo XXI.

Hoy tengo una familia, un hijo que quiero ver crecer y un sueño a futuro, y con ello creo que me hice mayor y con derecho a preguntarme: ¿cómo hacemos para acceder todos a la felicidad que nos ofrece el modelo iluminista de la sociedad de consumo, que nos prometió acceso al progreso y a los frutos del mercado?

Por ejemplo, si todos decidimos que tener un carro o dos, pasear los fines de semana, comer con gula, tener un apartamento en la ciudad y otro en la playa, usar más luz, comprar artilugios innecesarios en los centros comerciales, son el signo unívoco de la felicidad: ¿alcanzará para todos? ¿Éste hábitat bastará? ¿La Tierra aguantará semejante presión?

La alarma que reina, muy calladamente porque los medios evitan sembrar el caos y contrariar sus designios de consumo, consiste en calcular que si todos obtenemos la felicidad, esa felicidad positivista que nos modela la TV, este hermoso planeta azul se nos va de las manos en poco tiempo, mucho menos del que pensamos.

Si esos más de seis mil millones de seres que transitamos este mundo en sus vaivenes, poseemos más y más, y consumimos más y más, y gastamos más y más, y aspiramos a más, y en fin, nos aprovechamos de cada palmo que queda, arrasaremos con lo poco que va quedando para perpetuar la especie.

Pero la cosa funciona con una lógica tan abrumadora, que jamás podremos entender la idea, a menos que nos esforcemos mucho y espantemos definitivamente los fantasmas. La globalización nos convence de un modelo único, el de la familia nuclear que se siembra en el estándar de vida norteamericano (The American way of life), con su reino de oportunidades, su MTV y sus zapatillas Nike, su McDonald's, su Jeep Cherokee, la casa de dos pisos y su democracia "representativa"; mientras el mercado nos sirve la bandeja para que transitemos airosos al reino del pensamiento estandarizado y el consumo, y de allí el reaggaetón reinará en el gusto universal y valdrá la pena, mientras Silvino Armas y Bethoveen merecerán nuestro desprecio y el olvido, porque no funcionan en el marco de las pautas universales que tranquilizan a las bolsas de valores y a los operadores comerciales que sólo le ven sentido a los objetos que poseen cuantía en la dinámica de compra-venta.

Resulta que la felicidad que nos vende el grupo de los países más poderosos del mundo (8 incluyendo a Japón) alcanza y sobra para ellos, pero no para los otros, porque aunque nos ofrecen el patrón para que lo copiemos a cal y canto mientras cada vez somos más pobres, va y se descubre que el modelito en cuestión está arrasando con los bosques del Amazonas, está derritiendo los glaciares, se está comiendo un trozo de la capa de ozono, está acabando diariamente con especies zoológicas y botánicas, está hambreando al planeta y nos amenaza como una espada de Damocles, mientras todos queremos ser como el rubio americano de ojos azules que en calzoncillos nos vende el perfume Calvin Klein que cada vez que se esparce por nuestro cuello, emite una exhalación tóxica que contribuye a envenenar especialmente a la capa de ozono.

¿Entonces qué hacemos? ¿Nos seguimos tragando el cuento o decidimos por fin no dejarnos arrear como los corderos que comulgan con fe ciega ante la voz única con que la TV confunde a sus audiencias, y la radio, y la prensa? ¿O nos comprometemos a un nuevo sentido común emancipador, a ver la realidad desde otra óptica e introducir en la agenda diaria los problemas globales que amenazan a la humanidad?

Como nos gustan las frases hechas, sobre todo bien hechas, comulgamos con lo que dice el sociólogo Imanol Zubero: "el humanismo es la única forma de resistencia –me atrevería a decir que la definitiva– que tenemos contra las prácticas inhumanas y las injusticias que desfiguran la historia".

Hoy, cuando Haití sucumbe ante el hambre y plantea una nueva crisis humanitaria, mientras la amenaza del calentamiento global y la escasez de insumos alimenticios se multiplica sobre el mundo, contamos, al menos, con la conciencia crítica de quienes se atreven a llamar a las cosas por su nombre, como lo están haciendo los líderes progresistas del mundo que han señalado al "rey desnudo", aunque intenten silenciarlos con la furia alevosa y suicida de la molienda mediática.

En una vuelta de tuerca maniquea y radical, pero en el fondo lógica, nos atrevemos a decir que por cada pecho operado por cuestiones estéticas, como mi amiga que a tiempo no pudo y probablemente no podrá implantarse el impúdico silicón de sus lamentos, cabe el hastío y la angustia.

Sin embargo, las voces disidentes y su acceso a vías de comunicación como la Internet y los medios alternativos, como no podían soñar todas las anteriores generaciones de tiranos y ortodoxias, nos devuelven el alma al cuerpo. Se trata de apropiarse de la herramienta tecnológica con el sigilo del que desea aprender; experimentar con pasión a través de su universo, la biblioteca infinita que soñó Borges como signo de la inmortalidad, y transformarnos en la masa crítica necesaria para acabar con la infamia de los poderosos que nos cuentan el cuento a su manera.

Uno que se esfuerza por no sucumbir a las formas seductoras del capitalismo, pero que lo hace a cada rato con estúpida indulgencia, intuye que es triste vivir para competir y cada vez tener más. Uno que ha conocido al monstruo en sus fauces (como dijo Martí) y que ha transitado las contradicciones y excesos del llamado "Primer Mundo", puede concluir como cualquier alma asustadiza que el que transitamos no puede ser el camino, que debe haber otro modelo, alternativo y creativo como casi todo lo que se emprende desde este nicho preñado de cosas por hacer que se llama Latinoamérica, desde sus "otras voces" como diría Mattelart.

A uno, a estas alturas, solo le resta afirmar que sin tetas sí hay paraíso.

marlonzb@gmail.com
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Marlon Zambrano


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