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Las caras largas de Ernesto Villegas
Por: J.R. Meza Díaz
Fecha de publicación: 24/12/07
imprímelo mándaselo a
tus panas
Debe ser terrible para una persona honrada, formada para el debate sano, y que ejerce el periodismo en la encrucijada más difícil que se le haya planteado a esta profesión, sortear las “conveniencias” de un status qúo al cual pertenece, pero que a diario expulsa por razones éticas.

¿Ha creado la revolución bolivariana su propio status qúo?... ¡Cláro que sí!; y ello no es condenable en sí mismo, porque todo lo que se sistematiza crea sus propios mecanismos de defensa para no sucumbir. ¡Y vaya que la revolución bolivariana se gasta unos enemigos que no sólo justifican un status de protección, sino hasta la implantación de una nueva era en lo cultural, que nos permita desterrar para siempre de este país las aberraciones fascistas y aniquiladoras de una oposición que se mueve por una sola causa: el odio de clases.

Volviendo a lo del status qúo, éste supone, de entrada, algunos códigos infranqueables: “defiende a los tuyos, aunque sean malos”, sería uno de ellos.

Ojalá me equivoque, pero cuando a Ernesto Villegas Poljak le toca entrevistar a esos “bichos de uña” que medran dentro del proceso bolivariano a la vera de un cargo o de una representación popular, su cara se torna larga y sufrida. Porque lo peor no es que sean, en sí mismos, unos “bichos de uña”, que al final es perdonable porque cada quien aquí, incluyéndome, lleva su procesión por dentro. El caso es que se trasmutan de tal forma, que se desviven por parecer sinceros, cuando son farsantes; honestos, cuando son bandidos; teóricos, cuando si acaso leyeron el Readers´Digest para saber las mejores técnicas de negocios; y dechados de virtudes, cuando no más dan la espalda espetan: “¡qué se cree ese guevón!”, y salen de allí a cuadrar sus vainas oscuras.

A Ernesto le ocurrió esto (y me salió en verso), hace pocos días; quizás en una de las experiencias más amargas de su carrera como entrevistador en VTV. Aquello era de película: Un entrevistado “sacrosanto”, que pontificaba sobre lo humano y lo divino, y a quien sólo faltó decir “·sáquen a Chávez y pónganme a mí”, y un entrevistador lacónico, mordiéndose en su rabia, salvado en su martirio sólo por algunas llamadas del pueblo (y no “del público”, Ernesto; corrige eso) que vinieron en auxilio en el momento preciso y le permitieron sobrevivir.

Porque uno, acá en su brutalidad, supone que Ernesto Villegas conoce mucho, y muy bien, a toda esa sarta de víboras y alacranes que denunció Chávez como formadores de su sillón. Y entendamos una cosa: cuando Chávez se atrevió a confesar en público tamaño fatalismo, imagínense ustedes cómo anda la cosa. Es como el cuerpo humano frente a un quebranto: está demostrado que cuando el dolor se manifiesta, es porque ya nuestra enfermedad está avanzada. Es decir, nuestro organismo sufre en silencio, y sólo nos pega gritos de dolor, para decirnos que ya no aguanta más.

No es que pretendamos que el gobierno sea una logia de santurrones, impedidos incluso de soltarse un viento; sino que no se vistan de tales para andar luego excretándola a diestra y siniestra con corruptelas, nepotismos, traiciones, mala voluntad, demagogia, indolencia, petulancia, desprecio, etc.; tan evidentes que se muerde uno la lengua, por respeto a ese status qúo, para no gritarles: “¡cóño e´tu m.!”, “¡bandido!”, “¡rata!”, ”¡sucio!”… Y no porque uno sienta odio por nadie, sino porque la bilis necesita descargarse para que no termine uno mismo ahogándose en su propia porquería.

Si algo importantísimo trajo esta revolución, es que este país, definitivamente, cambió; y para bien. Porque antes la política era un negocio oscuro entre jefes partidistas, factores de poder y mafias mediáticas, donde todo se cocinaba al amparo del “cuánto hay pa´eso”; y si acaso se destapaba alguna olla podrida, era porque a los grupos en pugna les interesaba liquidar a quien no se portara bien en el reparto. Pero ahora la política, y la conducción del gobierno, están en los hogares, en las esquinas, en los barrios, en las escuelas, en la playa, y hasta en los remates de caballo; por lo que es muy difícil meterle mojón a la gente.

Si un gobernador, un ministro (o vice), un diputado, un alcalde, un jefe de organismo, un director de empresa pública, un concejal, un dirigente político, etc., está haciendo plata a costillas del proceso, o se está llenando de prebendas e influencias, enseguida la gente lo sabe; así que no hace falta que ese funcionario se desviva en lo contrario. ¡Le pasará su guillotina y después que no se queje! Este pueblo no perdona; aunque Ernesto Villegas, por su talante de disciplinado militante revolucionario, y su decencia de buen caballero, sí deba.

(jeramedi@yahoo.es)
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J.R. Meza Díaz


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