Guerra psicológica: un debate viejo, una guerra nueva

Vuelve a estar sobre el tapete el tema comunicacional. Las discusiones quizá nunca han dejado de estar en primer plano, el problema, tal vez esté relacionado con la profundidad y la decisión con la que hemos asumido el asunto. En Venezuela los medios de comunicación ocuparon, como consecuencia de una historia trastocada, espacios de la política. Sus efectos, consecuencias y estrategias para reordenar las cosas, deben ocuparnos a todos. Estamos en tiempos de guerra de IV generación, la cual ha sido definida como la guerra de los nuevos tiempos, es decir, el nuevo mecanismo de dominación en la era de la tecnología informática y de las comunicaciones globalizadas. Las guerras psicológicas parten de las grandes transnacionales de la desinformación que actúan, eso sí, como una orquesta, acompasada por un ritmo único que se escucha igual en la China, en la Patagonia o en la Goajira venezolana.

Hay una diferencia suprema entre medios de comunicación y empresas de comunicación. En Venezuela el problema mediático que confrontamos está determinado por la existencia de una corporación mediática dirigida por consorcios económicos con absoluto desapego a los intereses nacionales y por la carencia de una política revolucionaria de comunicación que, finalmente sentimos que está en un dinámico proceso de germinación. Antes eran los anunciantes los que controlaban a los grandes medios, hoy el enemigo es más peligroso pues tiene mil rostros.

El desgaste y descrédito de los partidos políticos en los años 80 y 90 en Venezuela dieron nacimiento al monstruo de mil cabezas que hoy son los medios de comunicación. Ocuparon espacios de la política y comenzaron a marcar la agenda, no sólo en el escenario del espectáculo o del mercado sino también en el plano de las ideas. Los estudiosos del tema, desde distintas ópticas, han reconocido a los medios como importantes actores sociopolíticos, el problema surge cuando esos actores actúan orientados por sus propios intereses, politizando, jerarquizando y deformando, de manera selectiva unos temas sobre otros. En Venezuela muchos medios ya no son agentes de cambio social, ni cumplen su rol comunicador, informador o educativo, sino que han devenido en espacios de confrontación política malsana, escuelas de deformación cultural, algunos hasta despiden olores nauseabundos, peores que los de una cloaca y si no me cree, solo dese una pasadita experimental por Globoterror y discúlpeme el mal momento.

Desde esas plataformas mediáticas nos han dicho no sólo cuál es el carro que debemos comprar para tener poder, o cómo es la mujer perfecta, sino que además nos irrespetan en nuestros propios hogares con escenas prosaicas, espejo de una sociedad sin valores que, triste y lamentablemente, si no tomamos correctivos, se expande a la velocidad del rayo.

Este viejo tema del libertinaje comunicacional de esta patria en transición socialista se hace nuevo a consecuencia del macabro tratamiento que desde los grandes medios audiovisuales, impresos y ahora a través de las redes sociales, se ha hecho en torno a la salud del presidente Chávez. Se trata de un acto abominable, casi una aberración que no ha pasado desapercibida y vuelve a prender la llama para avivar el debate. No hay respeto a la vida de un hombre, no hay respeto al dolor de un pueblo, no hay consideración, ni tacto, ni objetividad, ni veracidad, lo que ha abundado es sensacionalismo, tremendismo, amarillismo y una falta de respeto nunca vista, incluso hacia el ejercicio del periodismo.

Su objetivo sigue siendo el mismo, desestabilizar a este país, no solo por lo que significa para nosotros la patria que hoy tenemos, sino por lo que representa para el resto del mundo, para esa Latinoamérica entera que, junto a Chávez y a los nuevos patriotas venezolanos y venezolanas, hoy avanzan con paso seguro hacia la integración que soñó Bolívar.

Escuché a alguien recientemente preguntándose quién le pone el cascabel al gato en cuanto al tema comunicacional y sin titubeos le respondí que somos nosotros, todas y todos, quienes debemos organizar la respuesta que merecen los medios deformadores de conciencia, esos mismos a los que debemos exigir que asuman su responsabilidad por el impacto moral de sus actos en la sociedad venezolana.

Deben responder por tanta programación vacía, deben responder por ser caja de resonancia de antivalores y modelos nocivos que han hecho mella en algunos sectores de nuestra sociedad, deben responder por propiciar modelos foráneos antinacionalistas, por el debilitamiento de la familia como institución, por la utilización de la imagen femenina como estuche publicitario, deben responder por el “desdibujamiento de la identidad nacional”, tal como un día lo expresó el maestro Héctor Mujica.

La calidad de los medios de comunicación en una sociedad determinan la calidad de esa sociedad, por eso no podemos perder tiempo ni dar más tregua. Bolívar el visionario decía que la primera de todas las fuerzas es la opinión pública. Hagamos opinión, hagámosla pública y construyamos un nuevo modelo comunicacional.

@natachainatti / [email protected]

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