Una revolución comunicacional y estética

América del Sur es un reservorio cultural para el planeta. Su mestizaje y sincretismo, producto del cruce forzado de pueblos, creencias, religiones, costumbres y formas de organización social, le revisten hoy día de una belleza sin par.

Pero esta belleza fue opacada durante años por el fenómeno impuesto de la globalización, que es un correlato del modelo económico capitalista, por cuanto le borra el rostro y el rastro a los pueblos, al tiempo que impone una sola cultura: la del consumo ciego, la obediencia y la explotación.

Para consolidar su hegemonía económica, las élites que controlan los medios de producción y el sistema financiero internacional inventaron el estado burgués tal como hoy lo conocemos, con sus instituciones, por medio de las cuales administran las leyes, y sus fuerzas armadas, por medio de las cuales se imponen a la fuerza. Pero conscientes de que un verdadero control del mundo pasa por el dominio cultural, fueron tomando los medios de comunicación y la industria del entretenimiento, con los cuales nos ponen a pensar, comer, amar y actuar según sus intereses. Tan eficiente es su aparato cultural que hacen del obrero portador y defensor de las ideas de quien le explota.

La primera visibilización del Sur, tanto en el mundo como en entre nosotros mismos, tiene su origen en un movimiento literario de finales de los años cincuenta del siglo XX, conocido como el BOOM latinoamericano, con escritores como García Márquez, Julio Cortázar, Vargas Llosa, Carlos Fuentes y tantos otros que supieron capturar la esencia de nuestra cultura para mostrarla sin complejos, con un amplio dominio del lenguaje. Este fenómeno se extendió al cine, al teatro, a la pintura y a otros formatos artísticos, perfilando un nuevo relato de nosotros mismos, una nueva forma de asumirnos desde nuestra propia mirada.

Algunos expertos coinciden en que este fenómeno cultural tiene su génesis en la ruptura histórica y política que fue la revolución cubana en el año cincuenta y nueve, impulsada por un puñado de jóvenes con ideas de vanguardia.

Muchos años después, cuando se había declarado el fin de la historia y las ideologías, irrumpe la Revolución Bolivariana y retoma las banderas de la autodeternimación de los pueblos, inspirada en los valores libertarios que motivaron a nuestros próceres hace doscientos años, como la unión de los pueblos del sur, expandiéndose por todo el continente con la ascensión al poder de los movimientos progresistas y soberanistas, entre ellos la Revolución Ciudadana en Ecuador, los Movimientos Sociales y pluriculturales en Bolivia, el Sandinismo en Nicaragua, el Farabundo Martí en El Salvador, el Peronismo en Argentina y el Partido de los Trabajadores en Brasil; trayendo como resultado el resurgimiento de la mirada hacia nosotros mismos, hacia nuestra historia, con la vista puesta en un futuro común.

Este proceso histórico, que en el siglo XXI se inicia con Chávez a la cabeza, tiene su expresión cultural en el relato político que hoy día recorre nuestra américa; un discurso fundamentado en el mestizaje, en la diversidad cultural, en las voces indígenas, en la lucha afrodescendiente, en el movimiento obrero y el sindicalismo, en el paisaje indómito del sur, en las luchas ancestrales de nuestros pueblos por su plena liberación, en el respeto a la pacha mama, en la música popular, en los movimientos urbanos, en la emancipación femenina, en la reivindicación de los sexo género diversos y en todo lo que nos sustenta como cultura nuestroamericana.

No ha sido fácil derrotar, o por lo menos oponerse al discurso opresor y hegemónico de Hollywood y CNN, con su gente rubia, de clase media alta, sus ciudades de primer mundo, su violencia y el consumo desbordado como corona del éxito social.

Pudiéramos ubicar una contradicción de relatos entre el imperialismo norteamericano y los pueblos del sur que aspiran su independencia y unión.

Por una parte, el discurso del consumo, de la guerra, de la aceptación del capitalismo como modelo cumbre de la humanidad que tiene a USA como su centro… y la por la otra, que es la nuestra, la resistencia al dominio, el amor a la tierra, la emancipación definitiva, la unión y la solidaridad, la diversidad cultural y el futuro de paz y justicia social.

En quince años le hemos restado espacio a esta falsa estética preciosista que nos hace esclavos de su sistema, dándole rostro y rastro a los millones de oprimidos que se levantan con dignidad.

En el marco de esta contradicción de relatos, el surgimiento de teleSUR juega un papel determinante en el avance de los nuestros, oponiendo con fuerza nuestras voces a las suyas, nuestra belleza, que es genuina, a la de ellos, que es una farsa.

En el caso venezolano hemos dado pasos importantes con el sistema de medios públicos, con las editoriales alternativas y las del estado que han difundido ampliamente nuestra literatura clásica y contemporánea, también con el apoyo a los medios comunitarios y la apertura de salones y museos a un gran número de artistas plásticos nacionales… es verdad, hemos avanzado, pero aún falta construir la hegemonía.

Esta hegemonía no se debe restringir al control de los medios de comunicación y del aparato cultural en general, que de por sí es muy importante, sino que debe evidenciar nuestros signos, nuestras maneras, nuestra esencia de cara a la construcción de un relato que nos exprese.

La revolución debe ser ética, por su carácter socialista y liberador, pero también debe ser estética porque es eminentemente cultural.

A decir del filósofo Fernando Buen Abad, la esencia de esta estética debe ser la verdad, y ésta surge de las entrañas del pueblo, de sus luchas por la justicia, que es liberación plena, unión y construcción del socialismo.


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