En su discurso de este martes tras la derrota, trasmitido en vivo
por las cadenas estadounidenses, Bush ratificó todos y cada uno de los
lineamientos de su política exterior ante cada pregunta de la prensa,
poniendo el énfasis en la continuidad de la "guerra contra el terrorismo", a la
que calificó como el pilar esencial de la defensa de la "seguridad nacional" de
EEUU.
Durante el acto (y entregando la cabeza del jefe del Pentágono a
modo de "prenda de paz" con los demócratas), George W. Bush, anunció la
renuncia del secretario de Defensa Donald Rumsfeld, fuertemente criticado
por su papel en Irak, que será sustituido por el ex director de la Agencia
Central de Inteligencia (CIA), Robert Gates.
Y
para qué no haya dudas sobre la continuidad de la "guerra
contraterrorista" Bush encabezó una conferencia de prensa junto a Rumsfeld y
Gates.
"Porque nuestro interés estratégico de largo plazo y la seguridad
nacional están en riesgo, y porque tantos nuestros hijos e hijas estadounidenses
que sirven en las fuerzas armadas están expuestos al peligro, no dudé cuando el
presidente me pidió regresar al sector público", señaló Gates.
Gates, como Rumsfeld, es un hombre del riñón histórico del "clan
Bush", dirigido por el padre de W, George, ex presidente de EEUU y ex
director de la CIA, a quien los expertos consideran el verdadero "presidente en
las sombras" de EEUU.
Precisamente Rumsfeld y el vicepresidente Cheney, considerados los
"jefes políticos" del lobby judío neoconservador que controla la Casa Blanca,
conformaron hasta ahora los dos blancos estratégicos a voltear por los
demócratas en su guerra con los republicanos por el control del poder y de los
negocios de la Casa Blanca.

Junto con la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, Rumsfeld
y Cheney conforman el "terceto del poder estratégico" en la Casa Blanca imperial
de los halcones, razón por la cual George W. Bush vino resistiendo hasta ahora
las embestidas de los demócratas para forzar la renuncia del secretario de
Defensa.
Con su jubilación, Rumsfeld se convierte en la primera víctima de lo
que los expertos ya proyectan como una guerra despiadada y sin cuartel
que sobrevendrá tras el triunfo de los demócratas, y que va a tener como
epicentro al Congreso de EEUU.
En
ese escenario, y a caballo del triunfo electoral, hoy los demócratas ya
liquidaron y sacaron del medio a Rumsfeld, y ahora van por la cabeza de
Cheney (el "tutor político" de W) , para, finalmente, con el camino
despejado, concentrarse en el blanco central: George W. Bush.
Tras su triunfo electoral, los demócratas van por el "Watergate"
de Bush: el CIA-gate, las
denuncias de corrupción ante la justicia, las torturas, los muertos y los costos
de Irak, van ser utilizados por los demócratas, en control de los resortes
parlamentarios, para impulsar la desestabilización institucional de Bush,
y quizás hasta su juicio político antes de que termine su segundo
mandato.
Es
una guerra a plazo fijo: que ya se desató con el control de los
demócratas sobre la Cámara de Representantes, y casi seguro del
Senado.
En
las antípodas, Bush y los halcones, les van a responder, como siempre, con el
"terrorismo" de Bin Laden y Al Qaeda siempre dispuesto a aparecer de la mano
de la CIA.
En
el centro del tablero, y como estrellas centrales, Líbano, Gaza, Irán y Corea
del Norte, definen el teatro de operaciones de la guerra por el control de la
Casa Blanca entre los halcones republicanos (lobby judío de derecha) y los
demócratas liberales (lobby judío de izquierda).
Y
ahí se verá, que es lo que realmente cambió en EEUU con las elecciones del
martes.