Entrevista en La Habana

Compañera de Marulanda: Tenemos prisioneros de guerra y se mantiene la propuesta de canjearlos

Sandra y Marulanda

Sandra y Marulanda

Con su viaje a Cuba, Sandra vio por primera vez el mar.

Con su viaje a Cuba, Sandra vio por primera vez el mar.

Credito: Juventud Rebelde

La Habana, diciembre 2 - La insurgente colombiana Sandra Ramírez, miembro del equipo negociador de las FARC en las conversaciones de paz con sede en La Habana, afirmó que ese grupo rebelde tiene "prisioneros de guerra", por lo que mantiene vigente la propuesta al Gobierno colombiano de canjearlos.

"Sí, nosotros tenemos prisioneros de guerra y los vamos a entregar, pero que el Estado nos devuelva a los nuestros que están allí, en las prisiones", declaró Ramírez en una entrevista que publica hoy el diario cubano Juventud Rebelde.

"En combate capturamos policías, soldados. Es distinto: son prisioneros de guerra porque son capturados en combate. A ellos se les respeta su integridad física, sus creencias y sus derechos humanos", precisó.

La insurgente, que fue compañera sentimental del desaparecido fundador de las FARC, "Manuel Marulanda Vélez" o "Tirofijo" (1930-2008), agregó al respecto: "mantenemos ese proyecto (el canje) porque es lo que nos permitiría buscar, precisamente, cómo logramos que los compañeros que se están pudriendo en las cárceles del país, regresen".

Según Ramírez, quien se incorporó a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia hace 32 años, hay aproximadamente 700 insurgentes prisioneros y precisó que "también existen 8.000 presos políticos y de conciencia".

A continuación la entrevista completa


Tiene la misma dulzura en los ojos y en las maneras que cuando la conocí junto a su compañero y líder de las FARC-EP, Manuel Marulanda, un día del verano del año 2001.

Caía un aguacero digno de Macondo, y Sandra, sin interrumpir la entrevista que mi colega Luis Enrique y yo le hacíamos al máximo jefe de la guerrilla, se comportaba apenas como una atenta anfitriona que iba y venía brindándonos ahora un «tintico» para sacarnos la humedad; al ratico, un plato con frutas… Solo después, nos acompañaría en el almuerzo.

Ahora está tan menuda como entonces, cuando el ancho zambrán, abrazándole la cintura, la hacía lucir aún más delicada. El pelo corto le sienta bien, pero se me antoja más adusta que con la trenza cayéndole sobre el hombro. La sonrisa no le ha cambiado: es igual de amplia.

La similitud del contexto marca ambos encuentros. Entonces tenían lugar las negociaciones entre las FARC y el ejecutivo de Andrés Pastrana en San Vicente del Caguán, y la existencia de una zona de despeje había facilitado a los reporteros llegar sin tropiezos, por largos y accidentados terraplenes, desde el campamento del Comandante Raúl Reyes hasta donde nos esperaba Marulanda, en la llamada Casa Roja: una rústica pero confortable estancia con pisos de madera y tejas color grana, con habitaciones listas para recibir el visitante que debiera pernoctar.

Ahora también se habla en Colombia de paz, y Sandra forma parte de la delegación guerrillera que ha venido a La Habana para dialogar con el Gobierno de su país. Es la primera vez que, en conversaciones de este tipo (estas son las cuartas), hay mujeres. Pero ella, modesta, parece no darse cuenta de que para los demás es toda una personalidad, rodeada, además, por el halo legendario del jefe insurgente.

No esconde su alegría de estar en Cuba y conversar con su pueblo, al que admira. Este viaje constituye la primera ocasión en que abandona las montañas y la selva en las que se internó hace 32 años, cuando se hizo a la vida guerrillera. De modo que estar en la Isla también le ha posibilitado conocer el mar.

«En el río es distinto; ya una está acostumbrada. En el mar, una de repente siente como que está perdida».

Diana, la joven de 22 años que la acompaña y es parte también de la representación de las FARC-EP —son 13 compañeras—, comparte la conversación que iniciamos como viejas conocidas y a la que se han sumado, de pasada, dos amigas cubanas. El diálogo sencillo entre mujeres nos hace olvidar de momento que el encuentro era para una entrevista.

Que si «como más nos gusta el café allá es poniendo el polvo sobre el agua hirviente en una olla, sin dejarlo bullir…». Que «como es para tantos (claro, habla del campamento) solo lo dejamos asentar» y no lo pueden pasar por el colador, como hacían las abuelas cubanas antes de que llegaran las cafeteras, les explico... Que si «allá también las muchachas se enamoran» y hay algunas que sufren requiebros de amor y «ahí nos vienen contando después que aquel ya no las quiere… ¡Eso sí, cada quien se lava su ropa!», ríe.

Gradualmente, cuenta, se ha ido dando la participación de la mujer en la guerrilla.

«En los últimos años se ha agravado la situación en Colombia. Ha habido falta de apoyo del Estado en educación. Hay muchísima mujer que logra sacar la secundaria y no tiene otra opción de vida que casarse; no puede estudiar, que es lo que la dejará ser alguien en su vida. Entonces: se van para la guerrilla. Y hemos tenido una gran afluencia a nuestras filas. Contamos más o menos con un 40 por ciento de mujeres; están preparadas, con un nivel bastante aceptable, y se desempeñan en diferentes cargos. Tienen responsabilidades a nivel de comandos, de dirección, de mandos medios».

—¿Debemos entonces entender que se suman sin una identificación ideológica?

—A la guerrilla se llega por voluntad. Cada cual elige ingresar porque quiere. Cuando ya se está dentro viene una etapa de preparación en la que se les enseña el por qué se lucha, por qué hay ricos y pobres. Por qué existen las FARC-EP y de dónde venimos.

—¿Es el mismo motivo por el cual hay tantos jóvenes?

—En Colombia estamos en una etapa de bastante crisis. La brecha entre los ricos y los pobres es mucho mayor. Eso quiere decir que las causas que han generado el conflicto social y armado están intactas. Entonces, hay bastante joven que no tiene qué hacer. No puede estudiar. No hay trabajo ni en qué desempeñarse, y una opción es la guerrilla. Pero hay también mucho joven perseguido porque sus padres fueron apoyo nuestro, o fueron comunistas; porque no estuvieron de acuerdo con el sistema o protestaron; o porque su papá o su mamá fueron líderes campesinos. Esos jóvenes con tradición de familia luchadora llegan a nuestras filas porque son perseguidos. No se les permite otra cosa.

—¿Todavía se estudia en los campamentos?

—El estudio es permanente. Hay que elevar el nivel en cada uno de los combatientes para que se abran al mundo y aprendan; y uno aprende por medio de la lectura. En ningún momento hemos frenado que todos se preparen. Si usted quiere ser enfermera, hacia allá se encamina su especialización; si quiere ser odontóloga, si quiere trabajar en radiocomunicaciones…».

—¿Cómo se puede hacer eso en medio de una guerra?

—No todos los días estamos en confrontación. Tenemos etapas de la vida en que podemos estar en áreas donde tenemos cierta tranquilidad. Nosotros buscamos y aprovechamos ese momento para esa etapa de formación, para que los combatientes estén en constante estudio; que sientan que por amor estamos trabajando y dando nuestra vida por una causa justa.

—¿Podemos decir que hay ahora más combatientes que hace cinco años?

—No manejamos cifras públicamente. Pero cada día entran nuevos. Existen más de 60 frentes guerrilleros y otras unidades a nivel de compañías móviles. Y hay compañeros de 60, 50, 40, 30 años; tenemos jóvenes de 20 que están llegando permanentemente.
El accidentado camino hacia la paz

—Algunos dicen que las FARC están ahora conversando porque son menos fuertes, en atención a la pérdida de cuadros importantes en los últimos tiempos...

—Desde su fundación, las FARC han tenido como premisa la búsqueda de una salida política al conflicto armado. Buscamos la paz, pero la paz con justicia social. Esa ha sido siempre nuestra vocación y nuestro pensamiento.

«Desde 1983, en que se inician las primeras conversaciones con el Gobierno de Belisario Betancourt, nuestra propuesta fue buscarle una salida política al conflicto.

«En el 84 hubo resultados: cese el fuego después de la firma de los acuerdos de La Uribe. De esas reuniones con el Gobierno de Belisario Betancourt surge la Unión Patriótica, un movimiento al que la oligarquía no le permitió florecer, porque lo barrió a tiros. Tenemos más de cinco mil militantes asesinados o desaparecidos en Colombia. Eran líderes sindicales, de comunidades, y también, por supuesto, las FARC habían puesto una cuota en su fundación: delegó compañeros para que se hicieran al movimiento, motivaran a la gente y ayudaran en su conformación. Nos dejó una experiencia atroz, negativa para Colombia, porque fueron revolucionarios asesinados.

«Luego vienen las conversaciones con el Gobierno de César Gaviria, que se dan en Caracas y luego en Tlaxcala. El Gobierno se levanta de la mesa. No hubo acuerdos. Más tarde fue el proceso con Pastrana y vivimos la zona despejada, que fue muy importante para las FARC, porque nos dimos a conocer. Le mostramos al mundo que la resistencia del pueblo colombiano seguía vigente con las mismas banderas desde que se fundó.

«Más recientemente tuvimos ese Gobierno fascista, violento, de Álvaro Uribe, que no daba participación a nadie absolutamente. Para él era todo bala. Hubo muchos líderes asesinados, el fenómeno de los falsos-positivos: ciudadanos secuestrados a los que vestían de guerrilleros y les ponían cualquier nombre cuando en realidad eran civiles secuestrados y desaparecidos.

«Uribe cerró totalmente las puertas. No dejó a las organizaciones sociales hablar. Además, recibía la ayuda de los Estados Unidos: en dinero, en asesores, en tecnología moderna; con nosotros se hizo un experimento en lanzarnos tecnología de punta. Y la guerrilla resistió ese embate que perseguía acallarnos, pero no lo logró.

«Por supuesto que nosotros hemos recibido golpes, y recibimos golpes.

«Ahora, con el Gobierno de Juan Manuel Santos, comenzamos de nuevo a conversar. En medio de toda esta confrontación nos envía razones para intentar un diálogo. Siempre hemos estado dispuestos. Pero en ningún momento porque estemos debilitados. Estamos presentes aquí en la búsqueda de una solución al conflicto que vive Colombia».

—El problema agrario es el primer punto de la agenda. ¿Qué trascendencia tiene ese tema en el conflicto?

—El origen del movimiento armado es la tierra. ¿Por qué? Porque a partir de la violencia que se recrudece en 1948 entre el bipartidismo (liberales y conservadores), viene el desplazamiento de millones de colombianos, y los latifundistas se apoderan de sus tierras. Empieza a surgir el movimiento guerrillero. Nuestra base, nuestro origen está en la tierra. Y por eso es el primer punto. Partimos de que la tierra es poder. Y proponemos una reforma agraria que le dé a los campesinos su tierra. Pero reforma agraria es más: si el campesino tiene su pedazo de tierra debe tener mercadeo, salud, créditos, el Estado debe darle lo que necesite para que produzca. Es un principio que proponemos.

—¿Por qué en un momento determinado inician la retención de civiles?

—Una organización político-militar como la nuestra requiere gastos. Nosotros tenemos una ley, la 002, donde se estipula que a quien tenga un patrimonio superior a un millón de dólares le exigíamos el pago de un impuesto para la paz, así como ellos pagan un impuesto para la guerra. A aquella persona que se negaba a darlo, la reteníamos.

«Sin embargo, a partir de un proceso interno, tomamos en febrero la resolución de no más retenciones económicas. Hemos tenido errores en torno a esto. Entonces decidimos buscar nuevas formas de hallar los recursos que necesitamos para la organización. Nos financiamos con la ayuda de muchos compañeros, pero también en nuestras áreas cultivamos para autoabastecernos, y vender».

—Y los secuestros de políticos, ¿qué fin perseguían?

—La clase política es la que hace las leyes, y no beneficiando a los pobres: las hace favoreciendo a los ricos. Pensamos que había que hacerles sentir el peso de la tragedia que vive el pueblo colombiano. Ellos viven en otra Colombia. Y el hecho de tenerlos también era para que ellos nos devuelvan a nuestros compañeros presos en las cárceles, y reconozcan que somos un factor político en el país: un factor al que no se le escucha, al que se le cierran todas las puertas. Ya todos han sido entregados.

—¿Sigue vigente por parte de las FARC-EP la propuesta de un canje?

—Mantenemos ese proyecto porque es lo que nos permitiría buscar, precisamente, cómo logramos que los compañeros que se están pudriendo en las cárceles del país, regresen.

«En combate capturamos policías, soldados. Es distinto: son prisioneros de guerra porque son capturados en combate. A ellos se les respeta su vida, se les respeta su integridad física, sus creencias. Se les respeta sus derechos humanos. Con ellos también buscamos el canje. Sí, nosotros tenemos prisioneros de guerra y los vamos a entregar, pero que el Estado nos devuelva a los nuestros que están allí, en las prisiones».

—¿Cuántos son?

—Calculamos que hay aproximadamente 700 compañeros nuestros, pero tenemos datos de que también existen ocho mil presos políticos y de conciencia. A muchos no se les ha realizado proceso y no hay definición de qué tiempo tienen que pagar. Y pasa y pasa el tiempo. No todos son guerrilleros, hay muchos compañeros de apoyo acusados de serlo. Son compañeros que viven en los campos, que pasa uno y le dan un vaso de agua; nos ofrecen una comida o un racimo de plátanos. Por ese hecho ya son judicializados. Les dicen guerrilleros o que son apoyo logístico de las FARC, pero son civiles. Hay muchísimos compañeros civiles que están en las cárceles del país.

—¿Y extraditados?

—Tenemos tres compañeros: Simón Trinidad, Sonia e Iván Vargas. Ellos tres fueron extraditados durante el Gobierno de Uribe. Nosotros no estamos de acuerdo con la extradición. Consideramos que constituye una entrega total de la soberanía de Colombia. ¡Cómo es que un país como Colombia no pueda juzgar a sus conciudadanos! Si es que Simón Trinidad tiene delitos, en Colombia hay leyes, hay un poder judicial que puede juzgar a quienes han cometido delitos. Es un apátrida el que entrega a sus conciudadanos para que sea otro país el que los juzgue.

—También se les ha acusado de estar vinculados al narcotráfico…

—Una mentira dicha mil veces tiende a volverse realidad. Las FARC, por donde quiera que transita, encuentra muchos cultivos de coca. Pero, ¿por qué esos campesinos tienen que cultivarla? Son desplazados de sus tierras por la violencia. Han perdido sus cultivos y sus animales, y han sido relegados a lugares donde lo que se da es exactamente la coca.

«Los han obligado a traspasar la frontera agrícola, a ir a territorios lejanos, de difícil acceso. ¿Qué puede hacer un campesino sin ayuda del Estado, sin ayuda de nadie? Si llega un extraño y le dice: “Si usted siembra tal cosa, le compro esa mercancía”, ¿qué se está haciendo?: obligando a ese campesino a sembrar un producto que no beneficia en nada a la sociedad, y solo sirve para que él subsista. Vende la coca y de ahí come, de ahí se viste, de ahí tiene para la salud si se enferma. ¿Y dónde está el Estado colombiano? En ningún momento se ve, en ningún momento se toca.

«Nosotros cobramos un impuesto, pero no al que la siembra, sino al que viene a comprar el producto. A ese se le cobra un impuesto, así como lo cobramos al comercio, a la cerveza, a la ganadería. Al que viene a comprar lo producido de la coca, se le cobra un impuesto.

«Y proponemos la sustitución de cultivos ilícitos. Si el campesino tiene qué cultivar, tiene mercado, subsidios y créditos, no tiene necesidad de cultivar la coca.

«Por otra parte, Estados Unidos, el primero que nos acusa, es uno de los países más consumidores de narcóticos. Tiene un promedio de 25 millones. Y su economía gira en torno a las ganancias del narcotráfico».

—En tiempos de Uribe se habló de desmovilización de los grupos paramilitares y de reincorporarlos a la sociedad. ¿Es el paramilitarismo un fenómeno terminado?

—Los paramilitares son un engendro del Estado colombiano. Son grupos que este creó para que cometieran los actos que no podía hacer el Ejército, porque es una institución. Si querían una región «limpia», se la daban a los paramilitares.

«Con el Gobierno de Uribe cobró un auge muy grande el paramilitarismo. Para lavar esa imagen, hizo una pantomima. Los desmovilizados eran muchachos de la calle que recogían, los vestían, les daban un arma y los entregaban. Y decían que eran paramilitares que se estaban desmovilizando. Falso. El paramilitarismo sigue vigente en Colombia. Sencillamente se les cambió el nombre. Ahora les llaman Águilas Negras, Los Rastrojos, pero es el mismo paramilitarismo que sigue vivo. Son las mismas fuerzas militares de Colombia».

—¿Por qué en estos días se insiste tanto, de cara a las conversaciones de paz, en la participación popular?

—Una mesa de diálogo en que se sienten dos fuerzas sin el pueblo, no es mesa. Las FARC-EP no están allí para buscar solución política para ellos: se sientan a conversar porque es una exigencia de las organizaciones sociales, del pueblo colombiano que le demandó tanto a las FARC como al Gobierno sentarse a conversar, buscarle una salida política a este conflicto que hay por la tierra desde hace muchísimos años.

«No hacemos nada la guerrilla y el Gobierno solos en la mesa. En Colombia hay causas sociales y está la gente; y entre todos es que construiremos la patria nueva con paz. Sin ellos, no podemos. Sin ellos no somos nada como fuerza insurgente. No somos nada sin el pueblo».
Con Marulanda en el día a día

«Al lado de la camita está la trinchera», cuenta Sandra mientras compartimos la tercera taza de café. Aunque el de la tacita cubana sea mucho más fuerte y oscuro que el «tintico» grande, ligero y aromático de Colombia, ella y Diana beben a la par mía.

Cuentan de la frescura y de la tranquilidad de la selva, aunque obviamente esté siempre la incomodidad de las hormigas bravas y la amenaza de las serpientes venenosas, que obliga a los guerrilleros a dormir en camas levantadas sobre altos pilotes, cubiertos con polietileno negro para si hay lluvia.

Cuando el compañero de guardia grita: «¡Bombarderos!», la orden es saltar a la trinchera como quiera que estén. La bomba tarda unos cinco o seis segundos en estallar, así que hay que darse prisa. Infinidad de veces Sandra se ha ido a ella sin las botas.

Si no están en combate, «la levantada» es a las cuatro y media y de ahí, directo a las aulas, donde un compañero les lee. Van en lo oscuro, «por caminitos. Absolutamente nadie alumbra; está prohibido porque la luz es un referente para los aviones de inteligencia».

A las cinco y treinta hacen gimnasia; luego, a formación para recibir orientaciones y dar parte al jefe. Como aún no ha amanecido y no pueden encenderse los fogones porque no puede haber luz, ahí toca «el tinto». Con pan, si hay. A las siete y media u ocho, el desayuno. Y luego, la distribución de tareas y el aseo del campamento, entre todos.

Así comienza cada jornada, en una rutina solo rota los domingos. Entonces ven películas, hay lavado de ropa, peluquería.

«A veces hacemos un bailecito de dos horas, en el día. Y si hay un traguito, es para todos. Solo dos o tres. La pasamos rico. También hacemos horas culturales-recreativas en que inventamos juegos; ahora le estamos dando vida de nuevo al teatro».

—¿Usan celular?

—Está absolutamente prohibido. Puede servir para localizarnos. Se tiene, porque lo necesitamos, pero con medidas. Se usa para una misión. Controlado.

La conversación fluye tranquila hasta que me atrevo a hacer la pregunta que he reservado para el final. Sabía que le costaría la respuesta. Carraspea, traga en seco, y me doy cuenta de que necesita fuerzas. Le brindo agua, otro traguito de café, y alejo por un momento la grabadora.

—Desde que nos vimos en el año 2001, ¿cuánto ha cambiado la vida para ti como mujer y como guerrillera?

—Son difíciles las palabras… Ha dado un vuelco grande mi vida. Inicialmente estaba al lado del «camarada» Marulanda. Tengo 32 años en la guerrilla, y la mayor parte de esos años fueron al lado de él. Cuando falleció (víctima de un paro cardiaco) en el año 2008, sentí profundamente su pérdida.

«Pero, afortunadamente, en las FARC contamos con la solidaridad y el apoyo inmenso que me dieron todos. Lo sentí en ese momento de profundo dolor. Y después, poco a poco una va viviendo otra vida. Ya sin el compañero es otro proceso que una empieza a vivir. Pero vamos bien en todo este trabajo que nos ha tocado, con el legado del “camarada” siempre presente.

«Con sus enseñanzas, con su vida linda que me enseñó; con el amor con que él hacía las cosas, con su entereza, su sencillez, su firmeza; su modestia en todo momento. Su amabilidad y su forma de ser, especial con todo el mundo: ¡esa manera de conversar, de reír! Eso nos ayuda. Eso me ayuda a mí, personalmente, en todo».

Marina Menéndez Quintero
[email protected]

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