"El Gobierno y el campo juegan a
polarizar. Al polarizar sin politizar, lo que hacen es manipular", dice
Alfredo Pucciarelli, doctor en Filosofía, profesor consulto de la
Facultad de Ciencias Sociales (UBA) e investigador del Conicet.
Dedicado hace años a investigar y analizar la sociedad argentina,
Pucciarelli sostiene en esta entrevista que el conflicto rural
introduce nuevos elementos en "una histórica disputa por la renta" en
la Argentina, pero sin llegar a explicitar modelos opuestos de país, es
decir, sin darle contenido político a la pugna.
–El conflicto agrario, ¿expresa un enfrentamiento entre proyectos
sociopolíticos y productivos antagónicos o una mera disputa coyuntural
por rentas extraordinarias?
–En la esencia del enfrentamiento hay una forma contemporánea de
restablecer una histórica disputa por la renta, una puja que en su
momento fue la base de la organización sociopolítica de la Argentina.
Pero ahora tiene una característica nueva: nunca antes esta disputa por
la renta se dio entre un conglomerado de clases y el Estado. En
general, la disputa enfrentaba a clases sociales del mismo sector o de
sectores opuestos. Que "el campo" plantee una alternativa de uso y
distribución de la renta in toto, incluyendo desde campesinos pequeños
hasta grandes propietarios, y aun a rentistas financieros... esto es
realmente novedoso. Pero no expresa una contraposición de modelos de
país, sino dos visiones de cómo la renta excedente debe ser distribuida.
–¿Pero eso no implica modelos diferentes?
–Podría evocar modelos distintos, pero en ninguno de los sectores de
la confrontación hay una propuesta explícita de qué hay detrás de la
puja por la renta. Como la pugna política está vacía, lo que hay es una
disputa por ver quién derrota a quién en torno de las retenciones. En
el caso del Gobierno, la pobreza conceptual con que está manejando el
conflicto es patética. La envergadura del conflicto social requiere un
tratamiento más sofisticado y sutil. Después de haber propuesto durante
años que la base de la organización social es la apropiación individual
de los beneficios privados, la idea de la apropiación de la renta por
parte del Estado requiere un tratamiento previo. Si durante décadas el
Estado dice que el modelo consiste en acumular individualmente, en ser
lo más extractivo posible y hacer de la competencia el principio de la
organización social, y de golpe, ese mismo Estado, sin decir "agua va",
plantea que se va a apropiar de la renta para redistribuirla, sin decir
a quién ni dentro de qué modelo... la cuestión está muy mal planteada.
Por eso no se expresan modelos, sino dos visiones groseras. En el caso
del Gobierno, por lo dicho. En el caso "del campo", la visión es
grosera porque no puede ser de otro modo. La reivindicación que unifica
a los distintos sectores agrarios no es más que la defensa de la renta
diferencial. ¿Quién se queda con la renta diferencial? Nosotros. ¿Por
qué? Vaya uno a saber. Eso no lo discuten. Ahora, el Gobierno tampoco
discute para qué necesita esa renta. Detrás de ambas propuestas hay una
alta cuota de insinceridad que impide tratar el conflicto como una
confrontación de modelos de sociedad. Ninguno de los contendientes
genera discursos relativamente complejos que permitan entender el grado
de virulencia que se está viviendo. El Gobierno y "el campo" juegan a
polarizar. Al polarizar sin politizar, lo que hacen es manipular.
–¿Cómo se produce la irrupción de un nuevo sujeto como "el campo"?
–En el sector agrario hay dos fenómenos claves. Uno es la
desaparición de los chacareros pobres. Otro es que los que
sobrevivieron están en condiciones de obtener un nivel de rentas que
los coloca mucho más cerca de la clase media que de la pobreza: es
trabajo familiar altamente remunerado, sin capacidad de acumulación,
pero con muy buen pasar. De ahí para arriba viene toda una escala que
combina trabajo familiar con trabajo asalariado, con inversión de
capital, y se va incrementando la capacidad de acumulación. Todo esto
se potencia con la renta extraordinaria, que genera arrendatarios en la
cúpula y arrendadores en la base. Se invierte la relación. El
arrendador de la base es un campesino, o un trabajador familiar, o un
pequeño o mediano productor muy próspero en este momento. Como muestra
la historia, lo que empuja el protagonismo social y la defensa de
reivindicaciones propias es la prosperidad, y no la pobreza. Hoy hay
chacareros más acomodados que tienen cada vez más para perder y, a la
vez, más para ganar. También tienen más instrumentos para la lucha
social. En los últimos años, los productores se tuvieron que adaptar a
que desaparecieran las juntas de granos, que eran un modo colectivo de
resguardarlos y de que el Estado se hiciera cargo de su estabilidad
económica. "Ahora que me las estoy arreglando solo, me dicen que tengo
que cederles mi renta", piensan hoy. Tenemos una nueva situación
económica y una nueva manera de ver la cuestión, producto de la
desaparición del Estado como ente protector de los puntos más débiles
de la cadena productiva. Esto es lo novedoso que muestra el conflicto.
–¿Cómo se vinculan las particulares características de la
controversia con lo que usted describe en sus estudios como el "ciclo
involutivo" o el proceso de "degradación de la democracia"?
–En la historia de nuestro país, la dinámica de la confrontación
política de las clases sociales ha tenido una característica muy
marcada: los sectores populares utilizan su mayoría para construir un
poder político alternativo al poder socioeconómico concentrado. La
voluntad de las mayorías se expresa en gobiernos populares que plantean
reivindicaciones redistributivas, simbólicas y materiales. Por lo
tanto, un aspecto central de la confrontación entre los sectores
populares y las clases altas y medias altas se da alrededor del rol del
Estado. Cuando la democracia funciona, antes o después aparece un
movimiento popular que plantea reivindicaciones redistributivas. Como
las clases altas y medias altas no tienen capacidad de generar un
proyecto político que dispute la supremacía electoral, entonces juegan
a la ingobernabilidad. Esto es histórico: comienza con el desgaste,
sigue con la desorganización y termina con el golpe militar. De ahí
viene el fantasma que hoy le ronda a mucha gente, incluso a muchos
intelectuales cuando hablan de...
–De un "clima destituyente".
–Claro, pero hoy hay una enorme diferencia: acá no va a haber golpe
militar. Acá tenemos un conflicto social con características
relacionadas con una democracia degradada. Las clases medias y altas,
los sectores concentrados del capital, la gente que salió con las
cacerolas en Recoleta, ahora sabe dos cosas. Que electoralmente nunca
van a poder desorganizar a tal nivel a los sectores populares como para
que no puedan buscar un camino alternativo, aunque sea tan precario
como el kirchnerismo. Y, por lo tanto, que la tarea primordial para
ellos es desgastar para impedir que el Estado gestione una
redistribución que, del lado del Gobierno, funciona más como un eslogan
que como una política real. Es una forma muy efectiva por el nuevo tipo
de democracia que tenemos, donde hay un actor central en la degradación
político-institucional: los medios de comunicación, dominados por los
mismos poderes concentrados de la sociedad. Los medios generan un
sentido común social que, como bien ha señalado Nicolás Casullo, opera
sobre la cultura política. Son las ideas que ahora están apoyando los
reclamos de no redistribuir la renta, es la visión antipolítica, pro
empresaria, antiestatal, que se ha logrado construir como consenso
general. Por otro lado, la degradación de la democracia hace que los
partidos políticos no tengan prácticamente nada que hacer en todo esto
y que no haya ningún espacio donde discutir seriamente el modelo
nacional, la relación entre el agro y la industria, por qué el agro
tiene que pasar renta diferencial a la industria, y por qué la
industria tiene que generar alternativas productivas que justifiquen
esa transferencia de renta.
–Si el rol de los partidos se diluyó, ¿por qué Kirchner busca apoyarse en el PJ?
–Más allá de lo que se plantee Kirchner, el PJ es como una
conjunción de fantasmas del pasado, que vuelve ahora a escena pero sin
capacidad de construir consensos. Este es otro aspecto de la
degradación de la democracia: el vaciamiento de la política. Hoy la
política se efectúa sin proyectos y, como decíamos, ocultando las
verdaderas intenciones. Kirchner opta por el PJ por la gobernabilidad.
La cuestión que enfrenta cualquier elenco ejecutivo que pretende
gobernar sin seguir a pies juntillas el dictado de los grandes poderes
es siempre construir un poder político institucional. El Estado en
Argentina ha sufrido tal proceso de descomposición que lo primero que
se planteó Kirchner al asumir fue construir la autoridad estatal. Ahora
bien, el apoyo que brinda una compulsa electoral es absolutamente
insuficiente para reconstruir el Estado. El mandato popular, aunque sea
masivo, es débil. Terminado el día de la elección, queda el elenco
gobernante por un lado y la sociedad por el otro, sin nada en el medio.
Si no hay la construcción de un poder desde la posición del Gobierno,
no se puede gobernar. El primer proyecto de Kirchner fue la
transversalidad, construir un poder político que fagocitara a lo mejor
de los partidos tradicionales y arrinconara al resto. Pero ese proyecto
resultó condicionado por la necesidad de gobernar día a día. Es un
problema de tiempos: cuando, por la dinámica cotidiana, la
circunstancia se come al mediano plazo, los proyectos de construcción
alternativos se disuelven. En ese sentido, hay un punto de quiebre en
la elección de 2005: cuando Kirchner derrota al duhaldismo, el aparato
del PJ le dice "acá estamos nosotros, somos tu partido" y él se decidió
por un aparato que le garantizaba la gobernabilidad y ganar elecciones.
Ahora, la normalización del partido significa darle una nueva forma a
la alianza que ya había constituido. La pregunta es si ese aparato
partidario pensado para contener la conflictividad social y, a su vez,
proyectar políticas electorales, sirve para gestar un polo popular de
apoyo a una política de redistribución de la riqueza y modificación de
las relaciones de poder. Para decirlo en términos piadosos, creo que
ése es un viejo anhelo que se fue quedando en el camino.