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En días pasados un querido compañero de lucha me preguntaba acerca del
sonado caso de la muerte del preso cubano Orlando Zapata Tamayo, como si
desease escuchar una censura mía por ese lamentable incidente.
Francamente, se quedó esperando mi reprobación, no porque yo sea
insensible a las dimensiones humanas de lo acontecido, sino porque más
allá estoy igualmente harto de la hipocresía y del ensañamiento,
ideológicamente motivado, que hay contra Cuba con el tema de los
derechos humanos.
Por ejemplo, mientras se monta toda una campaña
mediática y diplomática de censura a Cuba desde Wáshington, Bruselas y
Madrid por la muerte de Zapata, ni una palabra se ha pronunciado sobre
la aparición en Tolosa, Francia, del cuerpo sin vida del militante
independentista vasco Jon Anza, quien según familiares, amigos y
abogados, fue secuestrado, torturado y asesinado por las Fuerzas de
Seguridad del Estado español como parte de su “guerra sucia” contra la
izquierda abertzale del País Vasco.
Unos y otros se rasgan las
vestiduras morales cuando se trata de hablar de los “presos políticos”
de Cuba, pero callan inmoralmente cuando se trata de denunciar las
ejecuciones extrajudiciales que protagonizan gobiernos de países como
Estados Unidos o Colombia, reclamar sobre el trato de los presos
políticos puertorriqueños en cárceles estadounidenses, o las torturas y
demás maltratos que reciben los detenidos en el campo de concentración
que mantiene Estados Unidos en Guantánamo. ¿Será que unos prisioneros y
unos muertos valen más que otros?
Dice al respecto el reconocido
jurista argentino-mexicano Oscar Correas: “Ahora resulta que los pájaros
les tiran a las escopetas: países corruptos, crueles, guerreros,
terroristas –no más piénsese en Hiroshima- ladrones, asesinos, son los
que dictan cátedra sobre democracia y sobre derechos humanos. ¡Los
europeos hablando de derechos humanos! Pero si no han terminado de pedir
perdón por los crímenes contra el tercer mundo. Y mucho menos han
devuelto ni una gota de la sangre de nuestra gente, derramada en honor
de la ‘civilización’ europea. ¡Los norteamericanos hablando de los
derechos humanos en Cuba! ¿Y Guantánamo? Si hasta oficializaron la
tortura para esos presos (¿será mejor la prisión de Guantánamo que las
prisiones en Cuba?)”.
A propósito de la controversia en torno al
caso Zapata, el escritor uruguayo Eduardo Galeano llamó la atención
sobre cómo se tiende a mirar a Cuba “con una lupa que magnifica todo lo
que interesa a sus enemigos…, mientras la lupa se distrae y no alcanza
ver otras cosas importantes y que los medios de comunicación no hacen
por informar”. Asimismo, indicó con la mayor honestidad, que lo que ha
sucedido en el caso de Zapata y lo que está ocurriendo ahora con otro de
los presos cubanos, el periodista Guillermo Fariñas, son cosas
“importantes y desgraciadas” ante las cuales el gobierno cubano debería
“tomar nota, pues son señales de alarma en cuanto a signos de
descontento popular que deberían impulsar los cambios que la revolución
necesita”.
Lo preocupante es que también a veces a la izquierda
se le está extraviando la lupa, en lo que sólo puedo interpretar como
resultado de una penetración subliminal de ese discurso “políticamente
correcto” que ha estado tan en boga en tiempos recientes. El problema no
es tanto que sintamos, al igual que Galeano, una inquietud honesta por
lo ocurrido, sino que nos sumemos, de forma ingenua, subjetiva y
acrítica, a la aplicación discriminatoria y selectiva que se hace de los
estándares de los derechos humanos en el caso de Cuba.
La verdad
sobre los derechos humanos en Cuba está cargada no sólo de razones
abstractas sino que, sobre todo, de realidades históricamente concretas.
Puntualiza Correas que Cuba es “una sociedad mucho más homogénea que
ninguna otra capitalista, un amplio margen de seguridad, salud y
educación PARA TODOS, un país cuyo índice de mortalidad infantil está
mejor que el de EE.UU. y donde nadie se muere de hambre -excepto que
quiera por razones políticas. Lo dice alguien que convive todos los días
con el hambre de los niños mexicanos”.
Los hechos históricos en
Cuba siempre han estado cargados de gritos de guerra, sangre derramada,
heridas aún abiertas, pero sobre todo del temor real y siempre presente
de que sus sueños y logros se hagan cenizas y que su Revolución sucumba
ante los rigores del tiempo y la desidia de sus enemigos, tanto externos
como internos. El dolor, el sufrimiento y las privaciones permanentes
de los cubanos sólo permiten razonar hasta cierto punto, sin que pierda
su única posibilidad para sobrevivir: el sentimiento básico de
auto-conservación. Se lo digo yo que viví cuatro años allí y, entre
otras experiencias, sufrí con el pueblo cubano la voladura de un avión
civil por un terrorista que continúa bajo la protección de ese
autoproclamado paladín de los derechos humanos: el gobierno de Estados
Unidos.
En Cuba aprendí que la historia es, como bien advierte el
filósofo francés Michel Foucault, un orden de batalla que requiere
pensar y actuar estratégicamente para sobrevivir y prevalecer en
nuestros deseos emancipadores. Lo demás son abstracciones tal vez
políticamente correctas pero políticamente inconsecuentes, por cuanto la
realidad siempre termina por imponer implacablemente sus condiciones
mediadas por relaciones de poder. Bajo éstas, no existe una equivalencia
real entre fines éticos: por lo menos desde mi humilde perspectiva, el
beneficio privado nunca podrá equivaler al bien común; ni el derecho a
la propiedad privada podrá estar por encima del bienestar general.
Yo
no me hago de ilusiones: ciertamente la democracia y el Derecho en Cuba
son perfectibles, como ciertamente la democracia y el Derecho de todos
los demás en este planeta nuestro. Sin embargo, nunca la democracia y el
Derecho han podido perfeccionarse en condiciones de guerra y necesidad.
Cuba vive en ese sentido bajo un estado y economía de guerra y de
necesidad que imponen sus propios imperativos-categóricos, muchas veces
distintos a los que podrían articularse potencialmente a partir de un
contexto de paz y desarrollo sin cortapisas.
Ahora bien, vale la
pena considerar la advertencia que nos hace el compañero Oscar Correas
cuando de hablar de la democracia en Cuba se trata: “¿Que tienen que
superarse y llegar a la democracia? ¿Quién dice? ¿Quién les ha
preguntado? ¿Por qué no se dedican a superar a los norteamericanos,
oprimidos por razones de clase, DE RAZA, y que mandan como borregos a
sus chicos a la guerra contra quienes nada les han hecho? Y añade:
“Entienden por ‘democratizar a Cuba’ que Cuba tenga un régimen de
partidos políticos. ¿Me podría alguien dar algún ejemplo de régimen
partidocrático que Cuba debería imitar?”
“¿Por qué Felipe
Calderón y el sistema mexicano, en el que no cree ni la cuarta parte de
la población, es democrático, y el sistema cubano no? Dejémonos de
sonsear. Partidocracia, cleptocracia, ¿para qué? Nos dicen que el hambre
acabará cuando haya democracia. Que los cubanos comerán bien, y
hablarán a gusto, cuando haya elecciones partidarias. ¡Dejémonos de
sonsear!”, concluye Correas.
Por esa razón me niego a dejarme
someter al chantaje ideológico de aquellos que pretenden alimentarnos un
sentido de culpa por reconocer la superioridad moral de la Revolución
Cubana, y por defender con uñas y dientes el derecho de su pueblo a
defender también, con uñas y dientes, su derecho humano inalienable a la
libre determinación de su presente y futuro. Para ello Cuba actúa
conforme al derecho internacional que le ampara como nación soberana,
más de lo que se puede decir de Estados Unidos.
En fin, no
podemos perder de vista que el orden civil cubano es un orden de guerra,
no porque lo haya decidido así sino porque así se le ha impuesto
criminalmente. Ahora bien, Cuba se defiende sin bombardear o invadir a
otros pueblos, no desaparece o somete a sus enemigos a torturas físicas,
y menos pretende imponerles a otros a la fuerza cómo deben pensar y
vivir. Lo único que pide es que se le permita vivir en paz y conforme a
aquel modo de vida que soberanamente ha decidido darse.
