Nuestro Chile, país en movimiento

El terremoto era previsible. Los estudios del Departamento de sismología de la U de Chile, habían alertado que era probable un terremoto de gran magnitud en la zona del siniestro, sin día, hora o mes, solo que había que tener en cuenta esa predicción.

El maremoto era previsible. Todos los grandes movimientos telúricos que tienen sus epicentros en el mar o en la costa inmediata, vienen acompañados de Maremotos o Tsunami. La historia reciente de estos siniestros en Chile, así lo comprueban.

Estando de acuerdo que no se pueden evitar los Terremotos y Maremotos, Sí se puede y se deben minimizar sus efectos sobre la población y la infraestructura del País. El Gobierno tiene esa responsabilidad.

Existe un número suficiente de boyas (Detectan Tsunami) en el litoral Chileno. Son sofisticados mecanismos de EEUU, que entregan información a satélites estacionarios y que solo son recibidos por una repartición militar Norteamericana llamada NOA. Desde allí, se les informa a los países involucrados. Según las informaciones de prensa. Los EEUU informaron a la institución de la Armada Chilena llamada CHOA con tiempo suficiente, para dar la Alerta de Tsunami a la ONEMI y de ésta a todo el país. La ONEMI no dio la alerta y en un confuso incidente informa a las radios que no hay peligro de Tsunami. Los dimes y diretes entre la ONEMI, la Presidenta Bachelet, el CHOA y la Armada de Chile, no pueden esconder la triste realidad que son ellos los responsables directos de la muerte de cientos de compatriotas ahogados por el Maremoto.

La Alerta de Tsunami se debería haber dado aún sin la confirmación del NOA, CHOA y Los EEUU. No hay explicación ni escusa que exima de responsabilidad a todos los involucrados, especialmente al Gobierno de la Concertación, que es la primera autoridad del país.

El drama del terrible siniestro acontecido, no puede ocultar el lado “B” del nuestro Chile actual. El cataclismo del sábado 27 de Febrero evidenció al país real, al escondido, al que está debajo de la alfombra, al que no se lo muestra en las postales, al que los poderosos no quieren ver. Vimos después del sismo, en las noticias de la televisión, a varios Chiles. El de las grandes ciudades como Concepción, al de las caletas de pescadores, pueblitos campesinos y al de los balnearios de las Regiones afectadas. Nos dimos cuenta que las autoridades no reaccionaron a ningún tiempo. Todo parecía que se había dejado a la ciudadanía a su suerte. Los grandes supermercados, los mayoristas en alimentos y negocios afines fueron cerrados por sus dueños. Las compañías de electricidad, de teléfonos y agua potable colapsaron, nadie tenía planes de emergencia y ningún responsable, se movilizó para organizar el caos y dar cierta seguridad y conducción al pueblo aterrado. Solo vimos a bomberos y a los Carabineros sin órdenes, que trataban de ayudar, en medio de la crisis, el descontento y el drama.

El pueblo pobre, asustado y hambriento, fue a los hipermercados de alimentos a buscar comida, medicinas y vituallas, nadie quería venderles ni entregarles nada, nadie quería repartir nada, nadie les daba instrucciones de nada. Los pobladores y parte de las capas medias se mezclaban en el dolor y la necesidad de agua, leche, frazadas y pañales para los niños. Nadie los organizaba y todos ellos, como una turba silenciosa, asaltaron las cortinas y rejas que guardaban la comida, y sacaron todo lo que había. Muchos lumpen y delincuentes se aprovecharon del caos y robaron lo que pudieron, pero ésta realidad no puede esconder que fue el pueblo espontáneo de las grandes ciudades los que por angustiosa necesidad, hicieron trizas a la sacrosanta propiedad privada.

En los pequeños pueblos y caletas de pescadores fue distinto. Poco y nada quedó en pié, y después de bajar de los cerros, se organizaron para sobrevivir, seguramente la cultura de sindicatos y luchas del carbón antiguas, les mostraron el camino de la organización social, para enfrentar esa inmensa calamidad. Las comunicaciones enmudecieron y al parecer, hasta las Fuerzas Armadas no pudieron enlazarse entre sí. Lejos quedaban las imágenes de los terremotos de antaño, cuándo los militares sin armas, se ensuciaban sus uniformes de fatiga, con la tierra de los escombros que febrilmente sacaban de las casas desplomadas, cuándo todo un pueblo organizado y solidario enfrentaba en forma digna las calamidades de la naturaleza.

El Gobierno actual, el que viene y el gran empresariado nacional, optó de acuerdo a su naturaleza. Llamó a Ejército para que impusiera el orden y defendiera la propiedad privada. El estado de excepción, el toque de queda y la militarización de las regiones, fueron las respuestas del mercado a nuestros pobres de la ciudad y el campo. Son los designios del modelo y la barbarie del gran capital en el poder.

El neoliberalismo de la Dictadura y el de sus administradores concertacionistas cambiaron a Chile. De uno solidario, colectivo, político, organizado y clasista, a uno totalmente opuesto. El caos social tiene ese signo. La contrarrevolución neoliberal sabemos, partió con los “tratamiento de Shock” (Golpe de Estado y golpes económicos liberales), pasó por el desmonte de todas las formas institucionales y jurídicas que garantizaban la satisfacción de demandas sociales y reconocían ciertos derechos a los trabajadores y sectores populares. Redujeron a los trabajadores y organizaciones sociales a meros individuos afectos a las reglas del Mercado. Solo se reconocen derechos económicos individuales, nunca colectivos o sociales. (Sometieron, neutralizaron y atomizaron la base social y política del país.)

El Estado renunció a su función política de crear espacios ciudadanos. No educa cívicamente ni se ocupa de la promoción social o comunitaria, solo el asistencialismo es la consigna nacional. Renuncia a todo proyecto país que no sea el del capital y en la cultura del Chile, predomina lo anti-solidario y el individualismo extremo.

El conjunto de las nuevas condiciones ideológico-culturales, la represión política, cultural e ideológica y las transformaciones económico-sociales, buscaron obligar a que los sujetos políticos populares muten en sujetos sociales y éstos últimos se reduzcan a meras categorías estadísticas. Fue un verdadero proceso de involución. Dado lo extremo del cambio operado en el País, la cuestión fundamental es que los sujetos dominados, están sumidos en un proceso de fragmentación objetiva y neutralización subjetiva. Se han disuelto- en los hechos- a los sujetos de la cuestión pública o política. Es el prólogo de lo acontecido aquí.

El impresionante reality, creado por los medios de comunicación desde el día del evento sísmico, genera una visión apocalíptica, dirigida principalmente a instalar en la conciencia colectiva de la población, una serie de ideas fuerza que nos retrotraen en el tiempo al fatídico año 1973 y a la Dictadura Militar. Remarcan como línea editorial, que el caos y el pillaje hacen que la ciudadanía clame la intervención de las Fuerzas Armadas para poner orden y salvar al País. Pareciera que una “mano mora” y un pauteo certero, fuera la avanzada del Gobierno del capital que viene.

Será fundamental que se levante un muro de conciencias solidarias y organización social, para hacer frente al terremoto ocurrido y a la gran marejada ofensiva, del nuevo poder que se instala. Se tiene que romper la lógica de la imposición Neoliberal sobre la cultura y sistema instalado. Será necesario terminar con la atomización, el individualismo y la fragmentación de nuestra sociedad. Porque si los trabajadores construyen un sentido común comienzan a transformarse en sujeto social, y en sujeto colectivo. Cuando este sujeto se reconoce como tal y tiene intereses comunes, estamos frente a un proceso de constitución subjetiva como fuerza social.

La reconstrucción del país deberá ir de la mano con la reconstrucción del espíritu y la historia de nuestro pueblo. Toda organización social, desde la más pequeña a la más grande, de la más simple a la más compleja, es una puñalada certera al modelo y sistema que nos oprime.

Se debe seguir el ejemplo de las pequeñas caletas de pescadores de las Regiones en desgracia. La población debe organizarse para defender sus derechos y para dirigir la reconstrucción de sus pueblos y cultura de vida. Deberemos construir ese poder social de los despojos del Tsunami, con comisiones autogestionarias de alimentación, del agua potable, de la construcción de viviendas, de los nuevos emplazamientos, de la autodefensa y la relación alternativa con el poder local.

Deberemos emerger de lo profundo para reconstruir un nuevo Chile.

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